Notas para combatir el aislamiento. Séptimo domingo.

Me dijo una madre amiga un día que me imaginara un mundo sin niños. Me lo imaginé. Terrible, casi como ahora: calles vacías, parques vacíos, escuelas vacías. Así que he ído hoy expresamente al pueblo vecino para presenciar esa explosión de alegría. Comprar el periódico, ponérmelo bajo el brazo y hacer como que vuelvo a casa. Tal vez salí demasiado pronto porque no había ni un solo niño. Yo pensaba que la ansiedad del encierro provocaría un aluvión temprano de multitudes enanas. Qué poco conozco la rutina doméstica de las familias. Pero mantenía la ilusión. Giro sobre mis pasos, compro otro periódico y espero a ver, la experiencia bien vale una multa. Nada. Al final, decepcionado por las expectativas, ya me íba. Espera, allí, al fondo, en aquella desolada explanada de tierra se ve algo. Un niño pequeñín protegido con mascarilla circulaba en su bicicleta mientras el padre consultaba su móvil. Ni un sólo ruido, nada, todo tan en silencio como los rastrojos secos y el aire triste y quieto del pueblo. Me he ído enseguida, cariacontecido. Le diré a mi amiga que se imagine el mundo con un solo niño, a ver qué le parece.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto viernes.

Me digo al iniciar el paseo que tal vez esté allí la misma luz. Era la luz de un cambio de era, cuando emergía aquel silencio magmático que era también heraldo de un estado de excepción. Los corazones confinados en su caja torácica por tiempo indefinido y las almas pegadas al paladar, donde el miedo deja su rastro áspero al pasar. Pensaba encontrar allí la misma luz de aquel día, hoy, porque empiezan poco a poco a oirse los latidos enjaulados y sabe la boca un poco mejor, a miedo aún, al fondo de un trago largo de esperanza, pero miedo aún. Allí en el camino en alto estaba aquella luz, sobre un matojo de hierba verde que la contenía. Un verde que ya era de alegría, aunque fuese incipiente, imposible de ver. Creía que al volver allí la encontraría, la misma luz y el mismo tesoro escondido en esa luz. A la misma hora en que todo estaba igual, menos la luz, estaba también yo allí, contento de que una parecida luz habitara en mí.

Notas para combatir el aislamiento. Sexto domingo.

A veces los hermanos de la gente llaman a sus hermanos y se interesan por ellos y por su salud, conversaciones cortas que indican una falta de costumbre, sólo el hecho de llamar, el hecho de pensar en llamar o incluso el hecho de acordarse de un hermano a quien llamar es también una falta de costumbre que se da entre hermanos, hermanos que han estado ahí siempre, toda la vida cada uno con sus vidas a distancias remotas o cerca, los hay que cerca, los hay que a la vuelta de la esquina, y se han llamado nunca y cada mucho tiempo han dedicado un pensamiento el uno al otro, un pensamiento breve, fugaz, la imágen del hermano aparece en el recuerdo de uno y rápido, sin dar tiempo a que cuaje una mínima añoranza se va, desaparece, si acaso y no sin lenta frecuencia saben el uno del otro por notícias que otros parientes o conocidos difunden, ni siquiera mensajes en forma de abrazos o besos que a través de intermediarios transmitan que el afecto sigue ahí, no, simplemente notícias escuetas que recuerdan simplemente que simplemente están ahí, uno allí y el otro aquí, desacostumbrados a requerirse sin saber mucho en qué momento y por qué empezaron sus vidas a difuminarse en un olvido mutuo sin causas aparentes, vaciando la memoria antes de tiempo, llenando antes de tiempo la vida de ausencias que nadie puede llenar porque cada amor perdido u olvidado o no requerido es una ausencia irrellenable, y ahora, sin saber cómo ni por qué ni hasta cuándo, entre el abismo abierto entre los dos por los dos, entre el abismo que los separaba, un nuevo abismo en forma de puente une a ambos y desde la vuelta de la esquina o dede la remota distancia regresa a cada uno de ellos el recuerdo del otro, y permanece más tiempo y a pesar de la falta de costumbre, del vacío y de la ausencia mutua, vencen su pudor y se llaman, hablan corto y poco, no saben decirlo y pese a no saber y contra la falta de costumbre se dicen que se quieren.

Notas para combatir el aislamiento. Quinto jueves.

7.45 a.m. Anoche, cuando me acosté, se metió conmigo en la cama una inquietud que los sueños no han podido disipar. A veces, para evitar pensar sobre lo que nos preocupa, nos vamos a la cama con la esperanza de encontrar resuelto el asunto al despertar, sin implicaciones y sin esfuerzo. Es una variante más o menos plácida de la consulta con la almohada. La cama es el lugar donde las batallas parecen librarse solas. Pero cuando te despiertas y abres los ojos , o sin abrir los ojos, sientes que el dinosaurio de Monterroso aún sigue ahí. De modo que tomas una primera nota, a vuela pluma, y bajas a desayunar.

9.20 a.m. Parte del asunto es que para un aficionado a escribir, dos cosas son necesarias, mejor dicho, tres: tiempo, aislamiento y tema del que poder hablar. Vendrán luego las ideas, el tono, el género y todo lo demás, pero si no hay tema, no hay nada sobre lo que escribir. Desde esa perspectiva, el Confinamiento proporciona las bases para la creatividad.

10.35 a.m. Lo sabemos muy bien. EL Confinamiento es la consecuencia de una situación dramática que afecta a unos más (muchos) y a otros menos. En el fondo, la sociedad carga con todo, vamos a decirlo así, pero el sufrimiento se reparte de modo desigual entre las capas que conforman su esfera. Y por extensión, el Confinamiento también es desigual. Cuando a un aficionado a escribir se le regalan las herramientas para hacerlo en un clima de tragedia y desigualdad, aún no siendo insensible e indiferente a lo que acontece, o tal vez por no serlo, tiene entre sus manos un problema moral: escribo o no cuando los demás sufren?

1.10 p.m. El clima de tragedia y desigualdad no es sólo de ahora, es de siempre, y si no había reparos en escribir sin perjuicio de la moral, no debería haberlos tampoco ahora. Esa línea de argumentación podría llevarnos lejos, y quizás darnos la razón al final, así que la abandonamos. Por primera vez creemos que “nuestro mundo” se tambalea, porque por primera vez todos compartimos una sensibilidad única hacia un drama que desigualmente nos afecta por igual. En cierto modo, pero sólo en cierto modo, ha explotado la burbuja de la individualidad. La del aficionado a escribir, también, lo que nos lleva de nuevo a preguntarnos: no es el aficionado a escribir que escribe sobre lo que pasa alguien que aprovecha el drama de todos para satisfacer su necesidad de escribir?

4.30 p.m. Entre la pregunta de las 10.35 a.m. y la de la 1.10 a. m., aunque son parecidas, hay una diferencia de grueso matiz. Escribir mientras las cosas suceden no es lo mismo que aprovecharse de las cosas que suceden para escribir. Se puede entonces escribir de otras cosas, hablar de algo distinto a lo que sucede y resolver por el camino corto la solución al problema. Pero es un camino muy corto y a lo mejor no aguantaría el largo plazo. Vamos a escribir de cualquier cosa mientras está sucediendo lo que está sucediendo?

6.10 p.m. El resultado de lo que uno escriba, dependerá mucho de su talento. Escribir no es sólo una cosa de voluntad. La necesidad de escribir se siente, pero alcanzar un grado aceptable de calidad no depende de querer escribir, sin más. Ni la cantidad ni el contenido, aquello de lo que se escribe. Más allá de eso, la escritura se ha de abordar siempre, sea cual sea el tema que se aborde, sin sentimiento de culpa. Al producto literario, independientemente de su calidad, lo salva su honestidad.

6.50 p.m. El aficionado a escribir que no escribe porque pesa sobre él el sentimiento de culpa, hace bien en no escribir. Cuando la decisión de escribir está tomada, está tomada, y la decisión es de riesgo porque el texto honesto exige respeto, consideración y empatía, sea cual sea el género que elijamos. Tales virtudes circulan también al margen de la escritura, y, si no las poseemos, podemos adquirirlas dando valientemente el salto.

8.40 p.m. En estas circunstancias, lo más perdonable de un producto literario serìa que fuese banal. Si el manejo inhábil de los conocimientos que tengamos provoca heridas en la dignidad de los que sufren, eso ya sería más difícil de perdonar. Apelar a nuestra falta de intencionalidad no sería suficiente. La única disculpa suficiente sería saltar de nuevo, con mayor riesgo si cabe, hasta demostrar que, pese a los errores, el acto de escribir es para nosotros un acto de amor.

10.05 p.m. Acabo de cenar. Poco, no tenía mucha hambre. Ahora que paso estas notas a limpio y estoy a punto de programar su publicación, una nueva inquietud me asalta. Es la misma y no lo es. Sea como sea, cae sobre mí como una niebla que emergiera de las heladas aguas de un lago. Tengo la impresión de que estas reflexiones están justificando un sentimiento de culpa, y que el sentimiento de culpa es incompatible con la honestidad. Entonces, a quién estoy engañando? Lo tendré que resolver. Pero ya es tarde, lo consultaré con la almohada.

Notas para combatir el aislamiento. Cuarto miércoles.

Pienso ahora en Lisboa, en la plaza de la Figueira y en la terraza del bar en la que me solía sentar los días de sol, al mediodía, cuando las mesas empezaban a llenarse y el gentío joven y forastero se deshacía de sus jerseys. Desde donde estaba alcanzaba a ver las viejas buhardillas y el plantel desordenado y polvoriento de las flores en los balcones. Y alrededor de mí, en toda la extensión de la plaza, el bullício a la vez melancólico y alegre de la multitud sin prisas. Y pienso también y también ahora en Buenos Aires y en aquella cafetería de la calle Corrientes, donde me citó Claudia una tarde de lluvia plana, y, a pesar de todo, las aceras estaban intransitables y las librerías y los teatros estaban llenos y era a pesar de todo posible y hasta necesario besarse en medio de la muchedumbre. Y en París pienso también ahora, en la estación de Saint-Lazare, joven como nunca antes había sido, fumando de pie un gauloises para celebrar la angustia feliz de mi existencialismo recién estrenado, sumergido en aquella luz horizontal y ruidosa por la que se desplazaban compactos y apremiantes los menestrales, los oficinistas y los trasnochadores. Y en Montevideo y en su plaza Matriz donde Adriana me cantaba sus tangos pienso ahora, en el centro de aquel círculo de gente desorientada nos disolvíamos y corríamos después para alcanzarnos entre coches que pitaban y tumultos que vociferaban consignas y realidades y decirnos no, basta, esto es el final. Y, sin embargo, si los fantasmas del pasado quisieran, hoy, ahora, pasearían a sus anchas por esos escenarios simultáneamente deshabitados.

Notas para combatir el aislamiento. Tercer jueves.

Hay libros que mueren en nuestras manos apenas nacer, al cabo de unos días. Libros que mueren sin ser enterrados piadosamente en estantes polvorientos, al lado de otros libros tambien muertos entre los que puedan encontrar el consuelo de los siglos vacios. Se dejan por ahí, en cualquier sitio, a la intemperie o no, expuestos en cualquier caso a una inclemencia injusta. La lluvia moja sus hojas y el viento las arrastra hasta el horizonte del olvido. Un libro es siempre el resultado de un parto doloroso, y si su destino ha de ser morir pronto, merece cuando menos un entierro digno. Además, dice mucho de nuestra humanidad lectora darles la oportunidad de la resurrección. Que estén en sus tumbas, tranquilos, alineados en la oscuridad hueca del estante sin la esperanza ya de nada, hasta que una mano redentora los devuelve de nuevo a la vida. A veces, la resurrección demuestra que aquel libro fue enterrado prematuramente, que el libro, aunque de un modo casi imperceptible, respiraba, pero le prestamos poca atención porque había mucho donde elegir. En el mejor de los casos, no lo dejamos ahí, tirado, en medio de la indiferencia y el desconsuelo. Con el tiempo, alguno de esos libros, desde su tumba, un día nos reclama sin que sepamos por qué. Lo cogemos, lo abrimos y sólo con leer un párrafo ya nos damos cuenta que los muertos éramos nosotros, que seguimos muertos y que es el libro el que ha venido a rescatarnos y no nosotros a él. Que esperaba este momento, aguantaba en su nicho la ágonica respiración de unas frases que quería entregárnoslas hoy, ahora, con una humildad que nunca aprendimos al leer. Ha venido a rescatarnos, qué ironía, justo cuando el viento nos arrastra también hacia un horizonte de pesar. Para que nos enfrentemos a él. Murió pronto, nada más nacer, pero viejo y arrugado, y lo enterramos sin más. Era sólo un libro.

Notas para combatir el ailamiento. Tercer lunes.

Los amigos y conocidos con los que hablo están bien (toco madera). La familia, también ( más madera). Más o menos todos tienen sus historias que contar. Como este maldito día de lluvia no me deja salir al camino a recoger material de inspiración, cruzo datos y analizo cuidadosamente las conversaciones mantenidas hasta ahora con ellos (lo tengo todo grabado, por su seguridad). No doy nombres por secreto profesional. Es lo menos importante. Lo que importa es el muestreo, la finalidad última de esta crónica (hoy toca crónica), es valorar el estado de ánimo general de aquellos a los que queremos. Ya adelanto una conclusión: están las cosas muy mal. Uno de mis amigos se queja de no tener calle. Vive en el campo, como yo, y sus ventanas dan a un extenso y arbolado terreno por donde no pasa ni dios. Tiene todo lo necesario, luz, agua, comida y televisión, pero se queja de no tener una calle y vecinos en los balcones con los que poder compartir jolgorio solidario y aplaudir. Dice que es lo que echa de menos, compartir jolgorio y solidaridad. No hay derecho, se lamenta. A los que se suben por las paredes les digo que aprovechen la oportunidad, que se fijen en su primo, que es escalador, y tiene toda la casa acondicionada para la práctica alpina. No se van a encontrar en otra. A los de los niño los comprendo, pero no tengo ningún consejo que darles. Que prueben con la tablet o con la play, a ver si se entretienen en algo, pero lo dudo mucho, los niños de hoy en día lo úmico que quieren es estudiar. Estudiar, estudiar y estudiar. Habría que tomar medidas. Los que sí me parecen admirables son aquellos que hacen en sus casas lo que hacen todos los días, se las apañan para marcarse unas rutinas y cumplirlas, luchan por no caer en la atrofia y la desesperación. Se levantan, se sientan en el sofá delante de la tele y no se vuelven a levantar en todo el día, ni para beber un vaso de agua, salvo los fines de semana, que no tienen nada que hacer. Son los únicos que teletrabajan. Tendríamos que aprender todos de ellos. No me parece bien, pero se lo perdono porque en el fondo tiene buen corazón, el caso de una sobrina que colabora en tareas solidarias repartiendo comida a ancianos confinados y pocos recursos: se queda con las tabletas de chocolate. “Es mejor que no se las coman, me dice, que tienen mucha azúcar”. Casi me convence, siempre pensando en los demás. Y siento decirlo, pero esta crónica no sería una cronica si no denuncio un caso familiar muy cercano, por muy doloroso que me resulte: el primer día de confinamiento, mi hermana pequeña le dijo a un empleado del súper que arrastraba una hilera de carros que no los colocara, que le iban a hacer falta. ¡Veinte carros! Con su acción, muchos clientes tuvieron que hacer la compra guardando los artículos en los bolsillos. Eso no está bien, hermana pequeña. La buena noticia es que ayer mismo me llamó otra sobrina de Madrid diciendo que habían encontrado a la niña. Llevaba dos días perdida porque habían estado jugando al escondite. Me sorprendió mucho porque viven todos juntos en una sola habitación, pero no le quise preguntar nada porque bastante tiene con lo que tiene. Y luego están los que se aburren, los que no saben qué hacer y desaprovechan el tiempo. Lo único que se les ocurre es escribir crónicas tontas y no hablan de los problemas reales. Si al menos escribieran poesías bonitas…

Notas para combatir el aislamiento. Segundo lunes.

Lo que había escrito ayer ya no vale para publicarlo hoy. Lo que escribí ayer es una toma falsa que, en el mejor de los casos, puede arrancarnos unas risas no mañana, ni pasado ni al otro ni al otro, con mucha suerte al final, cuando acabe esta pesadilla indeseable. Pero hoy no. De un día para otro la realidad, como nunca, siendo machaconamente igual, es distinta, y hoy, lo que escribí ayer, ya no tiene gracia, incluso tiene poca gracia, incluso tengo cierta vergüenza de que haga gracia, no quiero ser gracioso. Incluso ahora que escribir se ha convertido en algo urgente y las ideas son precarias y las palabras también lo son. El texto es una materia frágil e inflamable que puede arder hoy, instantáneamente, aunque haya estado expuesto ayer a la lluvia y al granizo. Lo de ayer ya no vale para hoy y lo de hoy es muy poco probable que valga para mañana. Instante a instante se diluye en su propio significado la frase recién engendrada, se come a sí misma y se destruye. Veo retorcerse esa frase y ser devorada por su propia agonía, muerta antes de nacer, enterrada antes de ver la luz y, sin embargo, qué otra cosa puedo hacer que no sea escribir, qué esperanza me queda si no es escribir.

Notas para combatir el aislamiento. Segundo sábado.

C me regalaba libros a menudo. Comprados por él mismo, para mí, o usados, de su propia biblioteca o de las de otros. A ninguno de ellos les faltaba nunca una dedicatoria o una frase en la que me expresara su cariño o un deseo de felicidad o de mejora cuando los días florecían turbios. Me conocía bien y sabía de la capacidad que los libros tienen para animarme, pero aquello no suponía que el libro acabara gustándome ni tan sólo que acabara leyéndolo. Era el libro, el objeto, y el afecto contenido en su gesto, lo que hacía sentirme bien. Ahora, cuando entre amaneceres y ocasos planean sombras de amenaza, C ya no está aquí para restablecer mi ánimo con su fórmula mágica y sencilla. Por eso, ayer, me dio por buscar en los estantes de mi biblioteca aquellos ejemplares que formaron parte de un presente esperanzador. Por tenerlos en las manos, por ojearlos y por hacer con ellos un balance fragmentario de una memoria común. Y por leerlos, también por leerlos, confiado de hallar en sus páginas el aliento de lo vital. Entonces ocurre que de entre esos libros abiertos ahora al azar emergen pruebas que confirman hechos corrientes olvidados: tikets de alguna compra, billetes de tren y de autobús, entradas de algún concierto, cosas así. Restos de un antiguo naufragio cotidiano apresados en la ordenada vorágine de la letra impresa.Con algún esfuerzo, la memoria podría hurgar en esos restos, rascar en su costra desgastada o pulida y extraer de ellos el débil hilo que marque la ruta de un deseado viaje atrás en el tiempo. Así que, con pausado afán, tomo los libros de uno en uno y escudriño en su interior y extraigo y deposito sobre la mesa esas arqueologías pobres entrañadas de secretos. Entre los puntos de libro, hay uno que destaca porque es grande y blanco, con un grabado en relieve de suaves geometrías orientales sobre el que hay una frase, escrita por la mano de C, en tinta azul. Pertenece a un cuento de William Goyen, incluído en un volumen de sus cuentos completos, editados en castellano por Seix Barral. ” Porque ahora estaba seguro de que todo sucedería después de un largo silencio y una espera de los sentidos”.  Recuerdo la tarde en que me lo regaló porque llovía y llovía, y eran para nosotros tiempos de tristeza impaciente en cuerpos plenos de deseo pero ya no tan jóvenes. Parecía una frase escogida para aquél momento, y no parecía tener más virtud que aliviar aquel instante. Pero no. Hoy, esa frase se abre y se extiende, crece, construye un gran paraguas en el que cobijarnos de este diluvio cuya fuerza se incrementa día a día. Un regalo que C me hizo hace años, pero que me volvió a entregar ayer.