Carlota von Humboldt, viajera (Rl5)

DSCN1250“Una condición tan fácil de cumplir, le digo la verdad, que era fácil cumplirla, muy fácil, yo tengo todos los carnés, todos los requisitos legales, aquí en la ciudad donde usted me ve aunque no lo parezca soy un hombre respetado y respetable, que de mí depende en mucho el poco prestigio que tengamos fuera, el molino, el lavadero y el acueducto romano, todos a mi cargo y bajo mi supervisión, la mujer me pedía eso, sólo eso, un aval legal, qué cosas, no esperaba yo encontrarme con dificultades tan pequeñas, una mujer aventurera, que recorría el mundo sola, que andaba de acá para allá sin nadie y con lo puesto, libre de ataduras pero atada a su pasado por la estrecha vía de la genealogía administrativa, me expreso creo que bien, no?, una mujer de índole interesante con un  perfil genético larvado en oscuras oficinas de ministerios y organismos públicos, padre, abuelos, gloriosos antepasados algunos de los cuales sellaron bulas en remotas regiones del Imperio Austrohúngaro, habrá oído hablar de él, no?, un imperio grande, muy famoso, en su tiempo uno de los más importantes si no el que más, Carlota von Humboldt, si hasta el nombre, le digo la verdad, hasta el nombre me parecía el más bello de los nombres, ni más ni menos que Carlota, ni más ni menos que Humboldt, su padre era alemán y su madre francesa de la parte de Aquitania, una mujer según me dijo Carlota pasiva y longeva con fortísimas inclinaciones a  la lascivia piramidal, una tendencia hoy desterrada y aun proscrita pero muy común y corriente en la Francia rural de entonces, y muy curiosa y muy fácil y muy rápida de ejecutar en viejos molinos y lavaderos y acueductos romanos, ahora que, también se lo digo, una actividad cansada y poco rentable en términos de goce, quizá entonces si lo fuera, eran otros tiempos, pero ahora no, le digo la verdad que yo pienso que ahora no, en fin, es lo de menos, yo tenía los carnés y Carlota estaba dispuesta a dejarse guiar por mí en ese recorrido en el que tan interesada estaba, le aburro?, si le aburro me lo dice, le cuento todo esto porque me da usted confianza y parece usted una persona atenta y considerada, en esta ciudad no contamos con gente así, muy poca, qué va, yo mismo, una persona humilde pero responsable de las tres factorías históricas de la ciudad, las que le han dado la poca fama y el renombre que tiene más allá de nuestras fronteras, y con cierto poder, también se lo digo, pues ni siquiera yo tengo personas a las que confiar mis secretos o mis aflicciones, mire, mire usted a su alrededor, no ve cómo comen todos?, no amigo, no, es muy difícil encontrar aquí personas con las que compartir intimidades, podría darle algunos ejemplos, pero no tengo más vino y, usted sabe?, algunas veces pensé que Carlota tampoco era una persona de fiar, yo la quería, la quise, sigo sintiendo por ella un amor que es muy grande, muy grande y que creo yo que me va a durar siempre, pero es tan difícil encontrar gente en la que confiar, no sé, no me haga mucho caso, en el fondo mi ofício se asemeja mucho al de un guardián, quizás no sea otra cosa que un guardián, yo creo que soy un guardián, mire, aquí tengo las llaves de los edificios que custodio, son antíguas, le gustan?, son bonitas, esta es la del molino, quiere que le cuente lo que pasó en el molino?”.

Continuará (si mi amigo está interesado en lo que pasó en el molino)

Armaritos para llaves    Materiales: cartón y papel nobel   Medidas: 20cm×14cm  Contacto: eladiore@yahoo.es

llámalo(RL4)

Sesimbra Fevereiro de 20130409Continué. Le conté al pakistaní lo que mi amigo me había contado a mí, que a partir de ese día estableció con ese hombre una amistad sólida y duradera. Sergio era un hombre de corpachón redondeado, barba enmarañada y sonrisa preliminar. Hablaba apenas sin mover los labios, con ademanes torpes y lentos, a veces daba la sensación de estar hablando no él sino alguien dentro de él que hilvanaba un discurso precipitado y confuso, un ventrílocuo sin preparación técnica, un aficionado, un mangui. La expresión de sus ojos, sin embargo, era tierna y transparente, no del todo en ese instante de vino y desconsuelo en el que la sensibilidad afloraba envuelta en una turbia película de lágrimas, en ese instante no, pero se adivinaba, se preveía. Empezó a contarle su historia en un tono desmayado, con pausas que dilataban la narración innecesariamente. A mi amigo no le importó, está acostumbrado a escuchar, sabe cuándo un silencio es saludable e higiénico y cuando no, conoce esa clase de silencio hueco que oculta verdades hueras y el silencio sintético, el blindaje dogmático e impenetrable al que se aferran los que tienen poco o nada que decir, un silencio inútil, estéril, absolutamente desaconsejable. El de Sergio era un silencio virtuoso y complacido, abierto, una solución impresa al pie en una página de acertijos. En esos intervalos, Sergio se servía vino, se enjugaba los ojos, lanzaba una mirada vacía al techo o se atusaba la barba, donde siempre encontraba algún resto de comida camuflado en ella. Callaba, sí, pero decía cosas. Finalmente, adquirió un ritmo de lánguida letanía y desarrolló la historia de un tirón, con ese sonsonete mecánico que le hacía parecer un autómata controlado a distancia: “Hace unas semanas conocí a una mujer, una mujer muy hermosa nueva en la ciudad, yo al menos no la tenía vista, esta ciudad es muy pequeña, nos conocemos casi todos, es difícil encontrarse con alguien y no reconocerlo, no asignarle un barrio una tienda o una cervecería, era nueva, acababa de llegar de París y estaba de paso, sola, visitando nuestra ciudad por unos días, conociendo sus gentes y sus costumbres de primera mano porque odiaba los viajes rápidos y organizados, le repelían, era guapa y sabía decir las cosas con gracia, tenía salero, pensé al verla que era una mujer seria de la que podría enamorarme sin faltarle al respeto, eso ante todo, luego ví que además era graciosa y sabía contar chistes inéditos en una ciudad pequeña como la nuestra, donde las novedades llegan cuando llegan con cuentagotas y la prensa casi no existe y la televisión se apaga y los terremotos inmovilizan, se lo digo con toda franqueza, me enamoré de ella así sin más, la ví allí, sentada en la taberna del puerto, con su paraguas chino medio roto, sus horquillas en el pelo y su rebeca de plástico verde sobre las rodillas y me pareció una venus moderna que me hechizó a mí yo un hombre de solvente indiferencia y frialdad en las cosas del amor me enamoró, solo con verla, que no es lo peor, porque luego te acercas más y la conoces de cerca y aún es peor conocerla de cerca, te sale sin querer una pregunta que nunca has hecho y ves unos ojos que te atrapan como un abismo irremediable y sientes vergüüüüeenza pero no te importa, ya lo que pase ya no depende de tí y ella saca un mapa y me pregunta donde está el lavadero antiguo y el viejo molino y el acueducto romano y yo siento un privilegio raro y sorprendente porque yo, mire usted por donde, yo soy el vigilante del viejo molino y encargado municipal en el lavadero y gestiono desde el patronato el mantenimiento del acueducto, trabajos modestos mal pagados que dicen mucho de mi amor por esta ciudad olvidada de todos, claro, le digo a ella, esos lugares están aquí y aquí y aquí le digo a ella señalando tres puntos en el mapa, yo puedo enseñárselos si usted quiere si quiere que se los enseñe, le dije, y ella dijo que vale, sí, quiero, pero con una condición”.

Continuará (si Sergio acepta la condición)

el pakistaní encendió las lámparas (RL3)

Hasta que un día la pareja dejó de venir. O al menos, mi amigo no la veía. Podían estar en otra mesa, más lejos, fuera del alcance de su vista, pero no era probable, se había acostumbrado a tenerlos cerca y de un modo inconsciente, casi mecánico, encontraba cada día un hueco donde sentarse, muy próximo a ellos. A las personas que están muy solas a veces les ocurre, la ironía es un disparo que no siempre cruza el aire en línea recta, su velocidad es lenta, caracolea o sortea atajos o tropieza consigo misma y vuelve atrás, a su lugar de origen, a la mano que apretó el gatillo. Cuando dejó de verlos, mi amigo sintió que su soledad era mayor de lo que era antes, de modo que se alegró mucho al ver que un día, a pocos metros de donde él estaba comía, solo, el hombre días atrás felizmente enamorado. Comer es una manera como otra cualquiera de decir que se come, pero el hombre no comía. O comía poco, muy poco. En su bandeja, el pequeño plato de arroz hervido estaba intacto y la carne de pollo desmigajada, extendida aquí y allá en pequeños trozos apenas mordisqueados. La botella de vino, sin embargo, estaba casi vacía, y el semblante del hombre, triste y apesadumbrado. Los días siguientes fueron una repetición casi calcada de esa imágen, con la variante única de que las botellas de vino iban progresivamente aumentando. Un día quiso la casualidad que ambos se sentaran frente a frente. El hombre seguía sin comer, cada vez más pálido, cada vez más triste y ojeroso, cada vez más borracho. Es lo que tiene el amor, que te embriaga de alegría o te emborracha de pena. Porque el hombre estaba borracho de amor, le dijo a mi amigo. La confianza entre los dos se dio de manera natural, sin apenas prólogo, una intimidad surgida de repente al calor de dos necesidades complementarias: la de hablar y la de escuchar. Por lo general, la naturaleza de mi amigo tiende a inclinarse hacia la segunda, en eso consiste para él el placer de estar en buena compañía. En cambio, la naturaleza del enamorado triste o dichoso pide el monólogo, la perorata exultante o la retahíla desconsolada. Como la del borracho. Por uno de esos azares extraños que muy pocas veces en la vida se dan, mi amigo y el hombre iniciaron una amistad que duraría muchos años, toda la vida, pero eso nos aleja ahora de lo esencial, no nos vayamos por las ramas…”En ese punto, el pakistaní me interrumpió. No quería ni mucho menos ser ingrato, la historia le estaba interesando mucho y le entretenía mucho mi manera de contarla, es más, esperaba obtener de ella, dijo por cuarta vez, mucho. Yo creo que sus palabras exageraban en todo, pero como estaban dirigidas a abrir una pausa de avituallamiento, agradecí su amabilidad. Sin levantarse del sofá, dió un par de sonoras palmadas en el aire y al poco rato se abrió la puerta. Descalzos, vestidos con chalecos de seda sin abotonar y pantalones bombachos, entraron un par de jóvenes con turbante y depositaron sobre la mesita una bandeja colmada de manjares, varias botellas de vino caliente y humeantes tortas de pan recién hecho. Después, se desplazaron por diferentes rincones del cuarto y encendieron un sinfín de lamparitas estratégicamente colocadas en zonas de penumbra, un enjambre de luces de colores que embriagaba dulcemente los sentidos. El pakistaní me dijo que comiera a mi antojo, sin ningún pudor, estaba convencido de que el proyecto, del cual ya me podía considerar parte integrante, no tendría efectos indeseables sobre mi persona como, al parecer, daba a entender la historia que estaba contando sobre mi amigo. “Pero bueno, no es conveniente dictaminar un juicio sobre un desenlace que aún desconocemos. Siga, siga con su historia, por favor, le escucharé con mucha atención”.

Continuará (Cuando terminemos de comer)

Lámparitas de mesa. Medidas variadas. Malla metálica , cartón y papel japonés. Contacto eladiore@yahoo.es

las libretas son para escribir (RL2)

La cosa iba en serio, no quería perder esa oportunidad. La habitación era la habitación de mis sueños, lo tenía todo, la luz, las vistas, la cítara, un instrumento que desde niño deseé aprender a tocar. Todo. Tenía que contestar que sí, con rapidez y firmeza, evitar cualquier señal de duda contenida en una respuesta ambigua. Me parecía un signo más de incertidumbre preguntar por la clase de proyecto que me proponía. No era conveniente. Era necesario evitar a toda costa cualquier amago de vacilación. Además, podría proponérselo a otros, descartar mi opción, destruir en un instante la ilusión recién nacida. La posibilidad de esa pérdida me produjo un temor absurdo e infantil. Ahora o nunca. Reprimí a tiempo el leve carraspeo de los titubeantes y le dije que sí, claro que sí, le dije, naturalmente que sí, me disgustaría mucho que una negativa mía hiciera posible el fracaso de su proyecto, puede usted contar conmigo, no quiero que me suceda a mí lo que le sucedió a un amigo mío. Me salió sin querer, la última frase me salió sin querer, consecuencia inevitable de quien está poco acostumbrado a la confianza de los demás. Pero ya estaba dicha. Creí, por un instante, que mi dulce y brevísima estancia en la habitación de mis sueños había llegado a su fin. El pakistaní me miró como se mira a quien por torpeza ha dejado escapar lo mejor que la vida le podía dar. Con conmiseración, con tristeza, con amarga decepción. Hice un último esfuerzo por corregirme, balbuceé unas palabras ininteligibles, casi me pongo a llorar. Y qué le pasó a su amigo?, oí que me decía, en un tono de imprevisible curiosidad. Me sentí renacer. Qué poco sabía yo y que mal interpretaba los mecanismos de la psicología indoeuropea. Adelante, me dije, adelante, no vuelvas a cometer el mismo error. De modo que empecé a contarle la historia:”Un amigo mío, uno de los mejores que tengo, viajó con poco dinero a una ciudad del Sur, una ciudad sin calles asfaltadas, sensible a los terremotos, permanentemente ahogada en su propia luz y no muy grande, abierta a un pequeño mar sin ambiciones. El carácter de sus gentes le era grato, sus modestas viviendas acogedoras, su puerto pesquero un rincón de calma y tranquilidad. Se quedó. Escaso de recursos como estaba, se acostumbró a comer en grandes establecimientos de comida a granel, un tipo de locales endémicos de esa zona en los que por precios más que módicos cubría su necesidad básica de alimentación. Las salas eran grandes, atestadas de mesas alineadas de un extremo a otro, siempre llenas y ruidosas por necesidad. Inconvenientes superables, nada que no se pudiera asumir con el bolsillo vacío.Mi amigo, persona buena pero poco inclinada al trato social, por lo general comía solo, depositaba su bandeja en un hueco libre de la mesa y callaba y comía sin más. Casi cada día, y a pocos metros de él, se sentaban, frente a frente,un hombre y una mujer de edades inalcanzables con feos síntomas de enamoramiento. Comían mal, bien pero a disgusto, con los dedos de las manos entrelazados sobre la mesa llena de migas, mirándole ella con ojos de muñeca hinchable y él con ojos de muñeco hinchado, o viceversa. Disfrutando, en suma,de una tardía y transitoria felicidad terrenal. Con algo de envidia, mi amigo miraba esa botella de vino compartida entre humanos y se sentía tiernamente ridículo. Amaba a la gente, claro que sí, y la respetaba, naturalmente que también, pero abusaba y de negativa manera del sarcasmo. No es perdonable, pero no lo podía evitar. Hasta que un día…

Continuará (cuando llegue el día)

Libreta de autor. Medidas 9.5cm×7.5cm. Edición original. Precio de salida 1€

las libretas son para escribir (RL1)

Me hospedé al llegar a Lisboa en una habitación reservada con antelación. En internet, las fotos de casi todas las habitaciones se ven bonitas. Los detalles no se aprecian. Se aprecia el tono general, la disposición más o menos correcta del mobiliario, la falta de luz o su exceso. Contaba con televisión, conexión a internet y derecho a cocina. Estaba la ficha escrita en inglés, pero fácil, asequible incluso para mí. El centro quedaba a diez minutos a pie, había una estación de metro a tiro de piedra, una iglesia con su plaza y una casa de caridad. Esto último no lo ponía, lo vi luego. Tampoco ponía que era un barrio fértil en soledades, pero aún no he encontrado uno que no lo sea. En fin, la habitación era una buhardilla y no tendría ni cinco metros. El armario y el escritorio, siameses enganchados por la pierna, encajaban difícilmente bajo el techo inclinado. La cama, enfrente, también encajaba. Sin necesidad de andar nada, abrías una puerta que daba a un pequeño balcón desde el que veías los tejados de Lisboa. Eso me gustaba. La cama era confortable, para qué mentir, y si no hacías otra cosa que echarte en ella todo el día y cerrar los ojos la sensación que conseguías era de suite. En la mesita de noche había una lámpara, pero no había enchufe. El único enchufe que había estaba entre el armario y el escritorio, detrás de la pata que los unía, y encima del primero, el televisor, pero no lo podías encender porque el cable no llegaba, y si intentabas, como intenté, bajar el televisor hasta el escritorio, entonces lo que no llegaba era el cable de la antena. La cocina estaba al final de un pasillo que estaba al final de un pasillo. Era la cocina de la familia. Yo nunca cociné, aunque hubiera podido hacerlo. Sólo ponía los yogures y el queso en la nevera. Vivían en la casa un matrimonio con un hijo pequeño y un señor con bigote y barriga con aspecto de suegro. Pakistaníes. La mujer era hermosa. Miraba de lado, con ojos de prohibición. Por la mañana, al coger mis yogures, yo la veía haciendo pan y decía para mí: qué hermosa es esta mujer que hace el pan. La cocina no era muy acogedora, más bien era oscura y cenicienta, pero los trajes de la mujer le daban un regocijante esplendor. Su marido era una persona amable y atenta. Me propuso que me quedara a vivir con ellos para siempre, si quería. Le dije que me lo pensaría,tampoco tenía otra cosa que hacer. Hablaba en inglés, muy parecido al de la ficha, pero me costaba un esfuerzo mayor poderlo entender. En todo caso, asentía cortésmente a lo que decía, o negaba, según fuera el caso. Me dijo que estaba trabajando en un  proyecto muy interesante. Me dijo que el proyecto en el que estaba trabajando estaría culminado en breve. Si quería, me dijo, podía unirme a él. Ya veré, ya veré, le dije yo. Entonces me cogió de la mano, abrió una puerta de una habitación que se encontraba a su espalda y me hizo entrar. La habitación era grande, confortable y luminosa. El suelo estaba alfombrado, la cama cubierta con dosel, un juego de sofás forrados con terciopelo miraban a la calle a través de grandes ventanales con arcos de herradura. En un rincón había una cítara apoyada en un cojín y una mesita con dulces, dátiles y almendras tostadas. Llegaban de la calle gritos y voces que se asemejaban al murmullo de  un río fértil y manso. Me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás y se sentó a mi lado. “En ningún sitio estarás mejor que aquí”, me dijo, dando a entender que aquella habitación podía ser mi nuevo hogar. “Te quedas o no?”

Continuará (si me quedo)

LIBRETAS.  Grandes: medidas 15cm×21cm   Pequeñas 11cm×15cm

MATERIALES: cartón gris y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es