La literatura viaja en regional express

Cuando la mujer con el perrito baja del tren y se pierde en el horizonte definitivo del paso subterráneo, yo sigo con la imaginación sus pasos y la acompaño hasta el autobús urbano en que ha de subirse, bajo con ella en un barrio periférico, entro en un portal oscuro y maloliente y accedo, a su lado, a un estrecho apartamento de dos habitaciones, discretamente higiénico y decorado con gusto pobre. Imagino comidas rancias, visitas muy esporádicas, una radio encendida, una televisión apagada, una bata siempre puesta, olor a café, olor a flores marchitas, olor a perro encerrado. Sé que cuanto más imagino, más me alejo de la mujer que viajaba en el tren con un perrito, más lejos estoy de la verdad de esa vida definitivamente disuelta en un paso subterráneo. Y, sin embargo, tengo el convencimiento de haber creado, a partir del alejamiento de esa verdad, la vida de una mujer que existe, una mujer que vive en un barrio periférico, en un apartamento estrecho y oscuro de escaleras malolientes y penumbras ácidas. Una mujer madura cuya soledad comparte poco, que gasta poco dinero porque no lo tiene, que no sale de casa porque tiene pocos sítios a donde ir, que intenta reirse y no puede, que llorar también le cuesta, y que a veces también sonríe, involuntariamente, sonríe, y no sabe por qué. Una mujer que no tiene gatos pero tiene un perrito al que un día, mientras sonríe sin saber por qué, introduce en una cesta y abandona la casa y se sube con él a un tren, a cualquier tren.

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Libretas para escribir en un regional express. Contacto: eladiore@yahoo.es

los diarios de Danilo Manso

Las huellas que de su vida deja Danilo Manso en la red no son comprobables. Sus versos, los poemas que se le atribuyen, los cuentos que dicen que escribe, tampoco. Danilo se pasea y circula entre los que le seguimos como lo que es, un ser simultáneamente verídico y conjetural. Sólo para los que firmemente no creen en él, no existe. Para nosotros, los que no existen, son los que no creen en él. Va y viene, aparece y se esconde, estuvo aquí y ahora no está. Yo recojo de él lo que me sirve y lo que se me antoja, me gusta encontrarlo allí donde algún día a mí me hubiera gustado estar, en travesías, en hoteles, en ciudades grandes, en autobuses nocturnos, en paises remotos, en parajes montañosos. El siguientre fragmento forma parte de su diario. Como de la mayoría de sus textos, existe la sospecha de que hablando abiertamente sobre él, camufla sus múltiples huídas. O no. A lo mejor no y esta vez era el amor quien de verdad huía, y no él.

“En esta casa en la que ahora estoy no duermo. Comer, tampoco como mucho. Hago algunas cosas, casi todas sin provecho, y el día se me pasa con una tensión paralizante, de largo recorrido. Pese al silencio, oigo de manera constante el ruido de motores, máquinas y vehículos que no son imaginarios. A veces un avión marca en el cielo los límites de esa realidad. Más arriba, en los montes, obreros embarrados trabajan con cables bajo una lluvia invariable. Por los caminos enfangados suben y bajan las vacas, lentas, con ese paso de plomo como animales hechizados. El paisaje, entre tanta nube, es de un verde doliente, de pastos exuberantes, bosques de eucaliptos en sacrificio temporal y cabañas de piedra de soledad milenaria. Una violencia indefinida late, subyace bajo esa idílica estampa pastoril. Abajo, en el pueblo, la vida se hace con las sobras del día anterior, como algunas de mis comidas, como los sueños de este amor que va languideciendo…”

Libretas. Diarios. Nuevos modelos. Contacto: eladiore@yahoo.es

mi hermano Valentin

A mi hermano Valentin siempre le gustó hacer cuentas. Desde pequeño. Sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. En el cajón de la cómoda, en su casa, hay un montón de libretas llenas de números. De joven, al terminar de trabajar, sacaba el cuaderno por las noches y aplicaba su talento incalculable. Un día sí y otro también. A mi me resultaba extraordinario el despliegue de ese afán sin ambiciones. Mi hermano hallaba en la matemática básica un placer riguroso y mecánico, primitivo, un gozo más próximo al vuelo de la fantasía que al laberinto de lo abstracto. Haciendo cuentas mi hermano era feliz. Se compró una bicicleta y también fue feliz, pero menos. Coleccionó cochecitos, cacharros y monedas extranjeras y también fue feliz, y dichoso, y abrumadoramente comprendido, pero menos. Hacer cuentas se le dió siempre bien. Echarlas, no. Nunca sospechó que una acertada combinación de números propiciara una obtención de benefícios, o que se hallara en un cálculo equivocado el origen de un desarreglo, de una carencia, de una desventaja. En el resultado de una operación escrupulosamente hecha encontraba todo su valor, ahí la vida marcaba sus fronteras, más allá de eso era imposible correr más riesgos. Entre el 0 y el 9, en un implacable y metódico ejercício de aritmética, cabían los sueños de un hombre bueno. Los sueños, las nostalgias, las privaciones, el amor o la esperanza asumían el destino señalado en un cruce de números. Al alcanzar la raya, todo se detenía. Todo menos la bondad, que sumaba sin restar y multiplicaba dividiendo. Una bondad inmensa, infinita que no para de crecer en estos días de cábalas dificiles.

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Libretas en papel italiano   MEDIDAS: 17,5cm×14,5cm  contacto eladiore@yahoo.es

las libretas son para escribir (RL1)

Me hospedé al llegar a Lisboa en una habitación reservada con antelación. En internet, las fotos de casi todas las habitaciones se ven bonitas. Los detalles no se aprecian. Se aprecia el tono general, la disposición más o menos correcta del mobiliario, la falta de luz o su exceso. Contaba con televisión, conexión a internet y derecho a cocina. Estaba la ficha escrita en inglés, pero fácil, asequible incluso para mí. El centro quedaba a diez minutos a pie, había una estación de metro a tiro de piedra, una iglesia con su plaza y una casa de caridad. Esto último no lo ponía, lo vi luego. Tampoco ponía que era un barrio fértil en soledades, pero aún no he encontrado uno que no lo sea. En fin, la habitación era una buhardilla y no tendría ni cinco metros. El armario y el escritorio, siameses enganchados por la pierna, encajaban difícilmente bajo el techo inclinado. La cama, enfrente, también encajaba. Sin necesidad de andar nada, abrías una puerta que daba a un pequeño balcón desde el que veías los tejados de Lisboa. Eso me gustaba. La cama era confortable, para qué mentir, y si no hacías otra cosa que echarte en ella todo el día y cerrar los ojos la sensación que conseguías era de suite. En la mesita de noche había una lámpara, pero no había enchufe. El único enchufe que había estaba entre el armario y el escritorio, detrás de la pata que los unía, y encima del primero, el televisor, pero no lo podías encender porque el cable no llegaba, y si intentabas, como intenté, bajar el televisor hasta el escritorio, entonces lo que no llegaba era el cable de la antena. La cocina estaba al final de un pasillo que estaba al final de un pasillo. Era la cocina de la familia. Yo nunca cociné, aunque hubiera podido hacerlo. Sólo ponía los yogures y el queso en la nevera. Vivían en la casa un matrimonio con un hijo pequeño y un señor con bigote y barriga con aspecto de suegro. Pakistaníes. La mujer era hermosa. Miraba de lado, con ojos de prohibición. Por la mañana, al coger mis yogures, yo la veía haciendo pan y decía para mí: qué hermosa es esta mujer que hace el pan. La cocina no era muy acogedora, más bien era oscura y cenicienta, pero los trajes de la mujer le daban un regocijante esplendor. Su marido era una persona amable y atenta. Me propuso que me quedara a vivir con ellos para siempre, si quería. Le dije que me lo pensaría,tampoco tenía otra cosa que hacer. Hablaba en inglés, muy parecido al de la ficha, pero me costaba un esfuerzo mayor poderlo entender. En todo caso, asentía cortésmente a lo que decía, o negaba, según fuera el caso. Me dijo que estaba trabajando en un  proyecto muy interesante. Me dijo que el proyecto en el que estaba trabajando estaría culminado en breve. Si quería, me dijo, podía unirme a él. Ya veré, ya veré, le dije yo. Entonces me cogió de la mano, abrió una puerta de una habitación que se encontraba a su espalda y me hizo entrar. La habitación era grande, confortable y luminosa. El suelo estaba alfombrado, la cama cubierta con dosel, un juego de sofás forrados con terciopelo miraban a la calle a través de grandes ventanales con arcos de herradura. En un rincón había una cítara apoyada en un cojín y una mesita con dulces, dátiles y almendras tostadas. Llegaban de la calle gritos y voces que se asemejaban al murmullo de  un río fértil y manso. Me invitó a sentarme en uno de los cómodos sofás y se sentó a mi lado. “En ningún sitio estarás mejor que aquí”, me dijo, dando a entender que aquella habitación podía ser mi nuevo hogar. “Te quedas o no?”

Continuará (si me quedo)

LIBRETAS.  Grandes: medidas 15cm×21cm   Pequeñas 11cm×15cm

MATERIALES: cartón gris y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es

 

dos poemas de danilo manso

Silvia Fresno asegura en su email haber editado más de cincuenta libros de Danilo Manso en su pequeña y necesariamente modesta editorial artesana. Libros de pocas páginas, más bien folletos, un puñado de hojas primorosamente encoladas, grapadas o cosidas a un cartón o presentadas en cajas o encintadas con más o menos gusto o perfección. Volúmenes, vamos a llamarlos así, hoy inencontrables. La brevedad de los mismos respondía a la necesidad de una edición urgente, práctica y vertiginosa, pero armonizaba a la perfección con el talento, también escaso, del autor. Los siguientes poemas constituyen la totalidad del poemario titulado “Peñas arriba”, con prólogo de la editora y escritos, al parecer,en el otoño de 1989, bajo la permanente protección de un paraguas.

Cuando me mira así,

con esos ojos acostumbrados al triunfo,

es casi una obligación amar a otra,

no vaya a creer que mi dolor es

exclusivamente

patrimonio suyo.

 

Los caballos.

Están por todas partes.

Galopando, al trote, parados.

Son mis fantasmas.

Aparecen entre el barro y la niebla, brillan sus pieles bajo el sol, se funden                                                                                                                          en los aguaceros.

Son hermosos, tristemente hermosos en estos días sin luz.

Me comen las manos, los labios, la bondad,

la siembra equivocada de toda una vida.

MEDIDAS.

Grande: 25.5cm×17.5cm  Mediana: 12cm×16cm  Pequeña: 11.5cm×8.5cm

Papel pintado a mano con engrudo de harina, agua y pintura.

Interior: papel Torres verjurado de 90 gms.

Libretas solo por encargo a eladiore@yahoo.es

escribir

“Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien del libro que se ha escrito, y sobre todo del libro que se está escribiendo. Es imposible.(…) Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es.”

Marguerite Duras.            ESCRIBIR. Tusquets editores. 1984

 

 

Caja con libreta y bolígrafo.

MATERIALES: cartón gris, papel reciclado, papel natural hecho a mano.

MEDIDAS: Caja 24cm×24cm   Libreta 21cm×14.5cm