Diciembre, 2016. Notas a pie de feria.

Abro la cortina, un día más. Al tajo. La falta de madurez consiste en no acabar de entender, ni de aceptar, que haya que trabajar para vivir.

Por las mañanas me encuentro casi a diario con ese hombre calvo, presumiblemente viudo, jubilado, cumpliendo su riguroso programa de actividad fisica. Caminando deprisa, con diminutos auriculares en las orejas, los dientes apretados, como si no viera a nadie. Siempre he pensado en él como en un hombre que huye de la muerte, de una muerte tan avara como él mismo, y en ese andar constante, diario y afanoso, el rencor de un hombre cuya venganza sobre los demás se satisface siendo el último en morir.

Si algo no le podemos reprochar a las manifestaciones de odio es su falta de franqueza.

“No tengo capacidad, no reuno condiciones, no soy apto para…” Tranquilo, hombre, para fracasar no se necesita ser virtuoso de nada.

2017-01-16-23-30-12

Contacto : eladiore@yahoo.es

Es mi vecina

Se sienta frente a mí una mujer. Es mi vecina, cría aves de corral. Gallinas, pollos, pavos y otras especies. Su escalera está llena de plumas, cagadas, maiz  y verduras secas y podridas. Hay un olor que tira para atrás. Cría también gallos de pelea. Les ata una cuerda a una pata y los deja colgados del balcón unos cuantos días. “Para entrenarlos”, dice ella. El techo de su casa está lleno de lámparas adornadas con palomas, cuerdas tendidas de un extremo a otro de las habitaciones, pequeños corrales alambrados, comederos de metal y cazos con agua. Ahora tiene el ambicioso proyecto de incorporar patos y gansos. “Tengo la bañera desaprovechada”, me dice, cuando coincido con ella en el maloliente rellano. Naturalmente, no come la carne de las aves que cria, ni de otras aves. Sigue una estricta dieta a base únicamente de huevos. Naturalmente, los suyos propios. “Si es que los encuentro, me dice, que a veces no sé ni donde pongo las cosas”. Tiene en su dormitorio una cama grande donde duerme todas las noches con cinco pavos americanos, menos los meses de octubre a marzo, que se acuesta con Marco Antonio Rosales, “Gallito”, traficante de golondrinas. Y en la mesita de noche, atado con una cuerda a la base de una lámpara de papel japonés, Morón, el gallo que la despierta siempre a las seis. Algunas veces caen de su balcón al mío polluelos o pichones sin orientación, y baja a buscarlos. “¿Por qué no te los quedas?, me dice siempre, así te hacen compañía”. Cómo le digo que no, se los mete en el bolsillo de la bata y se va. Es una buena mujer.

Mujeres Sentadas   ed. Beltronica  2012    Eladio Redondo

 

Lámparas mesita de noche  Papel japonés  Contacto: eladiore@yahoo.es

Nadie encendía las lámparas

El escritor uruguayo Felisberto Hernández pasó una parte de su vida arrastrando maletas. Maletas, pianos, esposas y una madre ineludible. Allí donde su itinerancia de pianista le llevase, siempre habría una pensión barata donde alojar a mamá Calita. El poder de cuatro esposas no bastó para separar a Felisberto de la protección materna. “Lo nuestro es indestructible, esto es para siempre, pero yo tengo que vivir con mamá”, le dijo a Reyna Reyes, su cuarta esposa, unos días antes de abandonarla sin cortesía. La representación fundacional de aquella dependencia la extrae el escritor de sus recuerdos de escuela, cuando deseó vivir para siempre bajo las enormes faldas de su primera maestra. Ese deseo secreto o no tan secreto, marcó el itinerario de su sensibilidad como artista y su pulsión sentimental como amante. Sometido desde niño a la disciplina del piano, donde su introversión halló el primer refugio, Felisberto debuta tempranamente como concertista y rueda por cafés, colegios y sociedades civiles de Uruguay y de la provincia de Buenos Aires, cosechando éxitos de remuneración escasa. Antes, el cine de su barrio le contrata para musicalizar en directo películas mudas. Como se verá, siente fascinación por todo aquello que no hable. Su otro talento, el de escritor, combate en sesión de noche con el de músico y logra emerger en forma de pequeños libros publicados por él mismo y acogidos con honesta comprensión por su círculo de amigos. Muchos de sus cuentos nacen de su experiencia como músico, como los incluidos en el volumen Nadie encendía las lámparas, publicado en 1947, cinco años después del abandono definitivo del piano y de la que fue su segunda mujer, Amalia Nieto. Siempre nos quedará una pensión barata, suponemos sin suponer que le diría a su madre. Mi mujer y yo hemos leído esos cuentos y hemos flipado. En ellos, los objetos participan de la trama con la misma autoridad que el resto de los personajes, una condición impuesta de manera natural por el artista, que halla en la naturaleza inerte de las cosas el depósito de la memoria y de los sentimientos. Patrícia Medeiros, la novia que peor perdonó sus rarezas, describe esa lenta y extraña aprensión de Felisberto hacia el mundo real, que le lleva a acudir a las citas media hora antes, tiempo a veces insuficiente para reconocer el espacio y los objetos, sin lo cual su seguridad se derrumbaría. El balcón, por ejemplo, narra la historia de una joven enamorada de su balcón, y, en Mi primer concierto, la admiradora de un concertista de éxito transmite su emoción a un singular acompañante: “cajita de música, es él”. Lejos de ser infantiles, estos cuentos son misteriosos y raritos, cuando no crípticos, pero nos atrae de ellos la enfermiza musicalidad de su prosa inexperta. Quizás porque mutiló involuntariamente su formación académica, la sintaxis de Felisberto no alcanza el aprobado por los pelos de algunos críticos. Para nosotros, esa ingenua y aparente naturalidad merece un sobresaliente. Y un premio honorífico el sistema taquigráfico de su invención, que facilitó otro escondrijo original a su personalidad inhibida. Del agrado de mi mujer es El comedor oscuro, un relato del que extrae lecturas que ensanchan la picardía de su optimismo, no sé por qué. A mí, en cambio, me gusta Muebles El Canario, que se lee muy bien y se acomoda con facilidad a mis ocurrencias y disparates. Muy lejanamente, el lector de olfato adiestrado percibirá el aroma de los sanatorios psiquiátricos en Menos Julia, sutilmente impregnado de la hermosa locura de Felisberto, quien sintió una moderada atracción por sus abismos. Y para los lectores de sueño difícil, recomienda el que esto escribe Las dos historias, con cuya lectura venció el insomnio de manera inmediata y fulminante. Es el más abstruso, enigmático y narcótico de todos, aunque no el menos bello. Tenemos que acabar. Ha notado mi mujer la débil influencia de un escritor al que Felisberto leyó con devoción desganada. Esas huellas son poco visibles en los cuentos, pero de su encierro voluntario en aquel sótano cedido por Reyna Reyes, sin otra cosa que una mesa, una silla y algo con lo que escribir, arriesgo una opinión que mi mujer comparte: hizo realidad el deseo de Kafka. De los escritores sudamericanos, quizás sea Felisberto el más genuino entre los menos recordados, y el menos recordado entre los más puros. Su figura y su obra circulan en una zona de penumbra de la que felizmente emergen, en esta casa, cuando alguien enciende una lámpara. Casi siempre, mi mujer. Yo suelo estar todo el día en la pensión, con mi madre.

Lámparas mesa   Modelo Menuti Taula   Contacto: eladiore@yahoo.es

Una historia real

Me encontré con M en la fuente, anoche. Siempre que nos vemos, M me da un abrazo grande, me besa en el cuello y en la boca y me coge la cara entre las manos, con fuerza, con alegría, como si quisiera estrujar un coco. Le tengo mucho aprecio, pese a todo. Nos conocíamos de antes, pero fraguamos nuestra amistad en el centro de rehabilitación de hombres separados, donde nos enseñaron a freir un huevo y a administrar nuestra desesperación. A él, su mujer le había abandonado por otro y a mí la mía por otra, en los tiempos aquellos en que un hombre tenía que empezar a espabilarse un poco, por su bien. Tanto a él como a mí, la rebelión nos pilló desprevenidos y el desasosiego y la inquietud, unidos a un angustioso desamparo, propició un início de decadencia que no supimos prever. Cómo íbamos a preverlo, si no habíamos hecho nada malo. El caso es que un familiar mío me agarró un día de las orejas y me ingresó en el centro aquel. “Para que aprendas”, me dijo. M estaba aún peor que yo, y eso que yo casi casi había perdido hasta el habla. Como nos conocíamos de vista, y a mí los hombres grandes y medio brutos siempre me han producido simpatía, conectamos enseguida y entablamos una amistad que, poco a poco, desde que abandonamos el centro, se ha ido fraguando con nuestros encuentros casuales en la fuente. A Dios gracias, yo ya he encontrado mujer, pero a él le está costando mucho, con lo mal que se está solo. En el centro nos enseñaron técnicas de galanteo adaptadas a la vida de hoy, y de ellas he sacado provecho. No así M, que arrastra además el grave inconveniente de las hijas, que no crecen como tendrían que crecer. En el centro te tratan muy bien y te enseñan muchas cosas y muy buenas, pero a un hombre como M, acostumbrado a servidumbres silenciosas, dos hijas para él solo le quedan un poco grandes. Fue porque la mujer no pudo llevárselas a Berlín, por papeles de aquí, y la suegra no las quiso entonces ni las quiere ahora. La suerte mía fue no tener nada. De hijos, digo. Todo es más fácil sin hijos. En el caso de M, un lastre que de manera harto injusta frena su incorporación a la vida sentimental. Mucho mejor hubiera sido para las niñas Berlín, donde el crecimiento de las mujeres es imparable. De modo que, para M, nuestros casuales encuentros en la fuente constituyen hoy por hoy su único motivo de alegría. Yo por mí le daría trabajo en el taller, haciendo lámparas, pero el problema son las niñas, que donde las metemos.

Lámparas de techo. Modelo Menuti. Contacto: eladiore@yahoo.es

El destino siempre viaja con nosotros

Lo que me contó aquel amigo me recordó la historia de las mil y una noches en la que el jardinero del rey, atemorizado por la mirada de la Muerte al cruzársela una mañana en el mercado, pide a su soberano caballos con los que huir a Ispahan. Por la tarde, el rey se encuentra con la Muerte y le pregunta por qué había amenazado con su mirada al jardinero. La muerte le contesta que su mirada no fue de amenaza, sino de sorpresa al verlo allí, pues esa noche debía tomarlo en Ispahan. Lo que me contó aquel amigo me lo contó en un bar de Rawn, ciudad a la que había llegado huyendo de la vejez, con la que se encontró cara a cara en la barra de otro bar, en un barrio de la ciudad de donde él provenía. Después de una vida disfrutada en libertad, sin ataduras ni responsabilidades convencionales, a la edad de cincuenta años vio la rota dentadura de la vejez, sus arrugas mal cosidas, su traje descuidado, su soledad triste e infecunda. Tuvo miedo y echó a correr. Nunca le habían parecido tan imprescindibles el amor, la compañía de una mujer  y un techo seguro bajo el cual amortiguar su deterioro. Pensó que allí, en Rawn, encontraría todo aquello que antes había rechazado. En Rawn, las mujeres tienen fama de hermosas, la vida en sus jardines y sus plazas es alegre, y luminosa y segura y acogedora la paz en el interior de sus viviendas. Había pasado el tiempo. Mi amigo, poco acostumbrado a los mandamientos del amor, conoció a varias mujeres en cuya conquista fracasó-debido, me dijo en un arranque de sinceridad, a la práctica egoista de aquella libertad que en otro tiempo disfrutó de modo exclusivo. Alquiló en las afueras un piso barato, pequeño y con poca luz, y sobre él fueron pasando los años triste y desconsoladamente. Allí, en aquella barra del bar donde el azar, después de muchos años, quiso que nos encontráramos, la vejez, la que menos deseaba, le había dado por fin alcance, incluso un poco antes de tiempo. Estaba solo, descuidado y olía mal. Al preguntarme cual era la razón que me había traído hasta Rawn, le dije que en realidad estaba de paso, que Rawn era una parada más de las muchas que debía hacer hasta llegar a Lur, mi destino final. Me dijo que nunca había oído hablar de esa ciudad y le confesé que yo tampoco. Voy a una ciudad que desconozco, le dije, porque desconozco también de lo que huyo. No era cierto. También yo había encontrado los fríos ojos de un perseguidor implacable y huía de él. Para no abrumarle con pedanterías, omití argumentar mis palabras con otras de Blanchot, en las que el escritor reduce la literatura al ámbito del silencio y el anonimato y en ella desaparece, para que la muerte, o peor aún, la eternidad, no encuentren en su día nadie a quien llevarse. Solo le dije que allí, en Lur, por ser una ciudad que no existe, quizás fuera posible escapar para siempre de los fantasmas de la realidad. Lo dije convencido, pero la mirada oscura y desarraigada de mi amigo, como un pozo de sombra en el que se reflejara la mía, me atemorizó. Di por terminada la escapada y regresé a mi taller. Mejor, me había dejado algunas lámparas sin hacer.

Lámparas de techo. Nuevos modelos. Papel natural sobre metal. Contacto: eladiore@yahoo.es  Más modelos en categoría lámparas

La mujer transparente

Rosario Jarro es autora de un solo cuento. Danilo Manso, socio fundador de la revista D.O. BELTRONICA, le pidió una colaboración para el ya mítico número 0 de aquella publicación. La escritora accedió a la demanda a cambio de que el propio Danilo instalara unos visillos de Holanda en el salón de su casa, conseguidos en un intercambio similar con un editor de Rotterdam, interesado en incorporar a la autora a una nómina antológica de cuentistas de un solo cuento. Desde entonces, el relato ha sido publicado innumerables veces en distintos medios y en soportes variados, lo que ha permitido a Rosario Jarro obtener recompensas con las que incrementar su patrimonio doméstico. Para su publicación en HERMETICAMENTE RECTO, la ya casi octogenaria escritora ha solicitado un par de apliques de pared, con flores y mucho color, con los que alegremente iluminará el sombrío pasillo de su casa. El acuerdo ha sido inmediato. El relato de Rosario ensaya un tema universal, presumiblemente contado aquí y allá de mil maneras diferentes, pero escrito de un modo sencillo, original y único, en su juventud, por esta dama venerable. Como creemos por encima de todo en el valor de lo inútil, porque creemos en la literatura, es fácil adivinar cual de las dos partes ha salido más  beneficiada con el cambio. El relato lleva el título que da nombre a esta entrada, y esta es la transcripción del manuscrito original:

Una mujer vivía sola. Su mundo era muy pequeño, una pequeña campana de cristal hecha de rutina en la que como una autómata flotaba cada día. Hacía mucho tiempo que había decidido algo: no encontrarse nunca con sus ojos en los espejos. Pero una mañana, sin saber por qué, no cumplió esta norma. Y sus ojos se encontraron con sus ojos. Notó algo extraño, algo impreciso, como si su figura no tuviera una línea definida, como si su silueta se difuminara ligeramente. En los días siguientes fue estudiando este extraño cambio, al que siguieron otros más: poco a poco, y sin saber por qué, notó que sus compañeros de trabajo cada día se dirigían menos a ella, apenas sí la saludaban cuando cada mañana se deslizaba como un pequeño fantasma por la oficina; en los comercios, los dependientes nunca parecían oir lo que les pedía y siempre era la última en ser atendida; el autobús que cogía a diario dejó de parar si ella era la única persona que esperaba en la parada. Su voz se volvía más y más débil, apenas un susurro, como el del viento que rozaba las ramas vacías de los árboles aquel invierno, igual de gris y triste. Cada día, la imagen que le devolvía el espejo era más translúcida, más difuminada, casi transparente. Una tarde salió a la calle. Llovía y en las aceras la gente se apresuraba. Algunos la flanqueaban, otros la empujaban, había quienes incluso pasaban a través de ella. Nadie la veía. Ella se buscaba en los ojos de los demás y sólo encontraba miradas vacías. Fue entonces cuando comenzó a llorar. Lloraba como nadie había llorado antes y al llorar ella misma se convertía en lágrimas. Al final solo quedó un pequeño charco en el suelo, hecho de lágrimas y lluvia, que los peatones esquivaban para no mojarse los zapatos.

Apliques de pared   MEDIDAS: 3ocm×30cm  MATERIALES: papel natural sobre hierro.     Contacto: eladiore@yahoo.es

 

 

 

el pakistaní encendió las lámparas (RL3)

Hasta que un día la pareja dejó de venir. O al menos, mi amigo no la veía. Podían estar en otra mesa, más lejos, fuera del alcance de su vista, pero no era probable, se había acostumbrado a tenerlos cerca y de un modo inconsciente, casi mecánico, encontraba cada día un hueco donde sentarse, muy próximo a ellos. A las personas que están muy solas a veces les ocurre, la ironía es un disparo que no siempre cruza el aire en línea recta, su velocidad es lenta, caracolea o sortea atajos o tropieza consigo misma y vuelve atrás, a su lugar de origen, a la mano que apretó el gatillo. Cuando dejó de verlos, mi amigo sintió que su soledad era mayor de lo que era antes, de modo que se alegró mucho al ver que un día, a pocos metros de donde él estaba comía, solo, el hombre días atrás felizmente enamorado. Comer es una manera como otra cualquiera de decir que se come, pero el hombre no comía. O comía poco, muy poco. En su bandeja, el pequeño plato de arroz hervido estaba intacto y la carne de pollo desmigajada, extendida aquí y allá en pequeños trozos apenas mordisqueados. La botella de vino, sin embargo, estaba casi vacía, y el semblante del hombre, triste y apesadumbrado. Los días siguientes fueron una repetición casi calcada de esa imágen, con la variante única de que las botellas de vino iban progresivamente aumentando. Un día quiso la casualidad que ambos se sentaran frente a frente. El hombre seguía sin comer, cada vez más pálido, cada vez más triste y ojeroso, cada vez más borracho. Es lo que tiene el amor, que te embriaga de alegría o te emborracha de pena. Porque el hombre estaba borracho de amor, le dijo a mi amigo. La confianza entre los dos se dio de manera natural, sin apenas prólogo, una intimidad surgida de repente al calor de dos necesidades complementarias: la de hablar y la de escuchar. Por lo general, la naturaleza de mi amigo tiende a inclinarse hacia la segunda, en eso consiste para él el placer de estar en buena compañía. En cambio, la naturaleza del enamorado triste o dichoso pide el monólogo, la perorata exultante o la retahíla desconsolada. Como la del borracho. Por uno de esos azares extraños que muy pocas veces en la vida se dan, mi amigo y el hombre iniciaron una amistad que duraría muchos años, toda la vida, pero eso nos aleja ahora de lo esencial, no nos vayamos por las ramas…”En ese punto, el pakistaní me interrumpió. No quería ni mucho menos ser ingrato, la historia le estaba interesando mucho y le entretenía mucho mi manera de contarla, es más, esperaba obtener de ella, dijo por cuarta vez, mucho. Yo creo que sus palabras exageraban en todo, pero como estaban dirigidas a abrir una pausa de avituallamiento, agradecí su amabilidad. Sin levantarse del sofá, dió un par de sonoras palmadas en el aire y al poco rato se abrió la puerta. Descalzos, vestidos con chalecos de seda sin abotonar y pantalones bombachos, entraron un par de jóvenes con turbante y depositaron sobre la mesita una bandeja colmada de manjares, varias botellas de vino caliente y humeantes tortas de pan recién hecho. Después, se desplazaron por diferentes rincones del cuarto y encendieron un sinfín de lamparitas estratégicamente colocadas en zonas de penumbra, un enjambre de luces de colores que embriagaba dulcemente los sentidos. El pakistaní me dijo que comiera a mi antojo, sin ningún pudor, estaba convencido de que el proyecto, del cual ya me podía considerar parte integrante, no tendría efectos indeseables sobre mi persona como, al parecer, daba a entender la historia que estaba contando sobre mi amigo. “Pero bueno, no es conveniente dictaminar un juicio sobre un desenlace que aún desconocemos. Siga, siga con su historia, por favor, le escucharé con mucha atención”.

Continuará (Cuando terminemos de comer)

Lámparitas de mesa. Medidas variadas. Malla metálica , cartón y papel japonés. Contacto eladiore@yahoo.es

nuestro hombre en lisboa

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Desde alguno de sus balcones, nuestro hombre en Lisboa observará a diario el tráfico de papeles en la ciudad, tomará nota de lo que en ellos se contiene y lo dará a conocer sin prisas y muchas pausas a la población herméticamente recta. Como acaba de llegar, nuestro hombre en Lisboa no siente aún ninguna nostalgia de su serena y aplicada vida en el campo, todavía no. Añorará su casa más tarde, cuando la ciudad lo mande, volverá a sus cosas más tarde, cuando la ciudad lo diga. Nuestro hombre en Lisboa, de espíritu nómada, ama solo aquellos lugares que prometen un bello y provisional abandono. Por eso se deja siempre, al marchar, una làmpara encendida.

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LAMPARA DE PIE

MEDIDAS: 1,55m de altura  0.25cm×0.25cm de base

MATERIALES: madera y papel natural del Reino de Saba

Contacto: eladiore@yahoo.es