espejismos

Para renovar el DNI, a M. le hacen falta dos fotos, con el miedo que le dan. Ahora tendrá que observar su rostro, comprobar si permanece o no intacta su identidad en esos ojos hundidos, si son suyas esas arrugas, confirmar que ha venido a parecer lo que estaba previsto que fuera. El paso del tiempo tiene en la fotografía a uno de sus aliados más implacables. La realidad asusta menos que su reflejo, o, mejor dicho, que su fijación. Huye M. de su rostro cada día, evita su mirada en el espejo, pero si alguna vez sucumbe a su poderoso encantamiento, si se encuentra por fin consigo misma, se alza, pierde el miedo, recupera el ánimo y el valor. Como instrumento para medir los estragos que el tiempo ejerce sobre nosotros, el espejo es menos intimidatorio porque su bondad consiste en reflejar lo inmediato. La fotografía, sin embargo, es rotunda, y si provoca en nosotros ese temor al tiempo que ha pasado es porque nos hace recordar cómo éramos. El espejo, no. Su artificio es tan reversible que el feliz encuentro con él depende en parte de nuestra mirada, de un instante de ánimo. En ese instante de valor, a M. le parece que para el espejo no hay nadie más hermosa que ella. Por lo demás, la diferencia entre esos dos modos de ver es una cuestión de matiz: en el espejo tememos ver lo que somos; en la fotografía, lo que hemos perdido.

Diámetros de 30, 40 y 50 cm.

Contacto: eladiore@yahoo.es

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