Cuaderno de verano. Oscura pasión

Años después, no encuentro en ella ningún rasgo físico sugerente o aleccionador. Está más delgada, al filo de lo invisible, ha perdido su cuerpo el dominio de la velocidad. El tiempo parece haber aplicado sobre su dicha una fórmula inconveniente y confusa. Tenía entonces, cuando la conocí, una mirada entre dulce y dura que nunca pedía socorro -la de ahora tampoco-, y que despertaba, sin embargo, sentimientos compasivos. Esta, no. Ya no hay error en sus manos pulidas, blancas, incorporadas por fin a su elegancia fantasmal. Habla más deprisa, con menos orden, quizás porque ya no asimila el lenguaje a la inteligencia. Tiene aquelo que desea, qué importa lo demás. La belleza de antes no es la de ahora. Era aquella cristalina, multiplicada por el fervor constante del agua en su pelo. La de ahora es seca, pálida, impersonal. Parece una puta. Se viste como siempre, bien, pero con menos riesgos, no hay en su ropa ningún signo de atrevimiento informal. Bebe más, fuma más, rie lo mismo por menos. Es otra y es la misma, eso lo sé. Todo lo que me gustaba de ella ya no está, no queda casi nada de lo que fue. Casi nada, algo debe de quedar cuando aún la deseo… y ella conserva la persistente costumbre de decirme que no.

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Cuaderno de verano. Resonancias

Viernes, 13 de Agosto. 2010

El verano no está siendo nada propicio para tus intereses. Parece que, de repente, todo se esté viniendo abajo sin saber por qué y sin poder hacer nada. Tendrás que mantener la calma y la tenacidad que te caracteriza para seguir adelante. Ahora es el momento de ser más fuerte que nunca, sobre todo para esa persona que tanto te necesita. (AKTUAL3, revista mensual de información y entretenimiento. Número 84, agosto de 2010. Horóscopo)

Esta mañana me ha despertado el gallo de los gitanos cantando en el balcón. Durante el día, lo meten en una caja de cartón, en el rellano de la escalera, y allí lo dejan. A veces oigo su canto desasistido e inoportuno, reclamando un poco de atención. No entiendo nada de gallos, pero empiezo a entender algo de gitanos. Llevan en la sangre esas cosas. Como las peleas de gallos están prohibidas, no sé cuándo ni dónde se citan los adversarios ni qué clase de atención o entrenamiento le dan al animal. Probablemente, ninguno. Me da por pensar que, cuando el gallo duerme en el balcón, a la intemperie, al día siguiente hay combate. Cuando canta en el balcón, el gallo se siente más gallo, se hincha orgulloso y reclama el concurso de otros que duermen, igual que él, en diferentes balcones de la plaza. Entonces me pongo los tapones y maldigo mil veces la cabaña avícola y cualquier forma de vida nómada salvo la mía. En cualquier caso, yo ya he empezado mi entrenamiento de ocho semanas por si tuviera que medirme con él inesperadamente, que yo soy gallo en el horóscopo chino, y tal como me está yendo el verano, puede pasar cualquier cosa.

Sábado, 14 de Agosto. 2010

Acostumbran a reunirse en la plaza, alrededor siempre del mismo banco, un grupo de rumanos jóvenes aficionados a tocarse los huevos. Están hechos todos con el mismo molde y se prodigan afectos y maneras que indican la familiaridad que les une. O son hermanos o primos o compañeros de oficio. Visten todos de acuerdo a los patrones de moda que marcan los popes de la mafia, pantalón de chándal, camisetas sin mangas ciñendo las cuadraturas de los torsos, gafas de sol de anchas patillas y pelo casi al rape. Del cuello les cuelgan esas gruesas cadenas doradas que categorizan sus ambiciones de dignidad gregaria. Por lo general, no se sientan, aunque el banco esté vacío. Ellos se mantienen de pie, con los brazos cruzados o con las manos metidas en los hondos y elásticos bolsillos del chándal, donde con visible facilidad alcanzan el escroto y se masajean las bolas mientras imaginan operaciones de contrabando entre fronteras. De tarde en tarde alguien bosteza, da un paso atrás y rompe la perfección del círculo lanzando al aire elegantes y rápidos golpes de boxeo. Sacudido inesperadamente el grupo de su modorra de fantasías, los elementos se despliegan, entonan cánticos y risas y se golpean unos a otros en los hombros con virilidad calculada, transmitiéndose entre si el mensaje y la bravura de sus ambiciones comunes. Darían todo por ser lo que aparentan aparentar, adquirir propiedades, frecuentar el lujo, derrochar fortunas, despertar envidias…mientras tanto, se conforman con lo que son, se reúnen alrededor del banco y se tocan los huevos.

OPERACION TORTOSA (Un diario)  Eladio Redondo  ed. Beltronica

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Cuaderno de verano. Siestas

Se cuentan, entre mis inclinaciones al caos, dejar en verano los libros sobre la cama como si tal cosa y dormir con ellos, bajo la misma sábana, o apartarlos con el pie o abandonarlos sobre mi hombro y rodearlos con el brazo, alzarlos con cuidado hasta mi rostro, que descansa de lado, y conversar con ellos de todo aquello que con belleza o sin ella encierran en su mundo. Y, también, dejar la ropa tal cual me quito, el pantalón, la camisa, una gorra tal vez, sobre el colchón, arrastrándola de aquí para allá, con los pies, mientras me devora un sueño de siesta interminable; o desplazarla, echarla abajo con impulsos ciegos y dejarla allí, por un tiempo, cerca del olvido, lejos de la luz. Con la pereza, también me pasa que dejo latas, vacías botellas de vino, vasos alimentados con ceniza, arrugadas servilletas de papel. A veces aparto algo, desplazo levemente el estorbo, o lo amontono todo en un rincón, lejos o cerca de algún libro, junto a la camisa o el pantalón, en un  extremo de la cama, y me tumbo a mis anchas mientras la tarde disuelve la monotonía del calor. Cuando me visita una mujer, dejo que traiga ella también sus libros, que los extienda, abiertos o cerrados, junto a los míos, que los amontone a su manera, sobre la almohada o debajo o en medio de la cama, que se mezclen y se lean entre sí, y que haga con la ropa que lenta o rápidamente se quita, según, un gurruño de nudos y lazos que aprisionen a la mía, que se fusionen y vivan al margen de nosotros su abrazo, que ardan y se consuman, más allá de las modas; y si, después, bebemos algo, que sus descuidos y los míos se apilen en desordenada confusión al pie de la cama deshecha, que los vasos o las copas, marcados con la huella de los labios saciados, disipen su ebriedad entre los pliegues de una sábana ya rota, que los licores se pierdan o se encuentren y se mezclen luego entre nuestros muslos abrazados. Pero este verano no, este verano viene a verme una mujer a la que no le gusta beber en la cama, es muy ordenada con la ropa y aborrece la lectura. Así es el amor, siempre marca un principio, siempre impone un final, siempre exige un cambio.

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Cuaderno de verano. La foto

No soy amante de las fotografías pero conservo una que le mandé a mi madre, ya anciana, para satisfacer un deseo que la realidad no le concedería jamás. En ella aparece una joven vestida de novia, de oscuro perfil aindiado, moderamente hermosa. Eleva sus ojos tiernos y tristes a un individuo sonriente, repeinado para la ocasión, que recibe su mirada con agradecida magnanimidad. Soy yo. La mujer, ajado el rostro por horas de llanto, vendía su no estrenado vestido de novia en el rastro aquél. Le ofrecí tantos euros por él y añadí a la oferta una suma no menor para compensar la condición del trato. De ese modo pude inmortalizar el momento irrepetible con el que mi madre alcanzaría el sueño de verme dichosamente casado. Mis pocos ahorros se los llevó el coste de esa operación y el alquiler, caro, de mi traje también imposible, pero poco importa el dinero cuando está en juego la felicidad de una madre. Recuerdo que la mujer hablaba poco, con suave acento andino, y que mantuvo durante la sesión de fotos una impasible y humilde reserva. Le entregué al terminar el dinero del acuerdo y la promesa, que cumplí, de regalarle una copia. De aquello hace ahora más o menos un año, y hoy he vuelto a ver a esa mujer, que se ha presentado ante mí llamando a la puerta de mi casa con un niño en brazos. Nos hemos hecho una foto, los tres, y me ha confesado que, después de tantos años lejos de su tierra, la foto le haría ilusión a su madre.

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Cuaderno de verano. Pon la tele, tenemos que hablar

El futuro de las pensiones está amenazado

Amor

No podemos seguir así

Aumenta el número de familias en riesgo

Y tú como si nada  ya lo sé

Ya sé que

Un acuerdo entre fuerzas progresistas

No va contigo pero

Y yo?

La prima de riesgo se mantiene

El control del déficit es prioritario

El número de desempleados desciende

Hasta cuándo crees que podré aguantar

Tus mentiras?

No puedo hacerlo todo yo sola

El partido ha sido calificado de alto riesgo

Y las temperaturas suben en todo el país

No te das cuenta?

Esto se tiene que acabar

 

No nos queda tiempo para más, señores.

Pasen una buena tarde.

 

Tù también, cariño.

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Cuaderno de verano. Voyeur

Alcancé a ver con los prismáticos un brazo levantado a la altura de la cabeza. Los dedos, finos, trenzaban el enmarañado cabello caído sobre unos hombros desnudos. Sorprendidos en un gesto de pícara indolencia, a su tiempo esos labios pedirían más caricias, más minutos, más bebidas refrescantes. Tapaba la visión del ojo izquierdo el largo mechón de un flequillo enroscado como cola de pez, símbolo inequívoco de una lujuria secreta. El derecho fijaba su posición en la negrura de la noche, donde yo me emboscaba. Un salto de cama azul turquesa gravitaba en sedosos pliegues con lentitud lunar, acercándose o alejándose de aquel cuerpo al impulso de mis mareas. A contraluz, la sutil transparencia perfilaba curvas icónicas y senos de gelatina. Una de sus piernas, la derecha, ofrecía al abrirse un ángulo de sombra llamado también de perdición. La otra descansaba firme y recta, ajena a la sincronía de la erótica creciente. Los pies no se veían porque en el suelo había geranios y hortensias y virginias de anchas hojas bajo cuya profusa expansión desaparecían. Debajo del balcón sobresalía un tejadillo metálico prolongado en una finísima linea de sombra que, a su vez, coronaba un rótulo enmarcado en un circuito de neón: MANIQUÍES.

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cuaderno de verano. kafkiana

Comenzó siendo un rumor, pero en nuestro reino todo aquello que acaba finalmente sucediendo empieza siendo un rumor. El rumor decía que vendrían a detenerlos. Nuestra familia estaba asustada, de manera que nos preparamos para lo peor. Los rumores decían que a nuestros hermanos los sacarían de sus casas de noche, amordazados, atados de pies y manos a cadenas ferruginosas, con los ojos vendados, acusados de atemorizar a la población con falsos rumores. Como consecuencia de ello serían llevados ante la Corte de Justícia, donde se les juzgaría y condenaría de acuerdo con la ley, que establece penas máximas para los súbditos que con rumores ilícitos la desacreditan. En nuestro reino, sólo a la ley compete la difusión oficial del rumor. Quien la incumple, es severamente castigado por ello, y según todos los rumores, es la ley quien hizo correr el rumor de que nuestros hermanos son culpables de un delito contra la autoridad de la ley. Es previsible que una legión de temerosos testigos otorgue al rumor carta de veracidad, y más que previsible que la democrática y justa defensa de nuestros hermanos no sea otra cosa que un rumor. La ciudad ha asumido como cierto el cargo de culpabilidad que sobre ellos pesa, y el rumor de que no nos resignamos a aceptar tal injusticia ha comenzado ya a rodar. En este sentido, la ley establece penas muy duras para los cómplices de aquellos que rumorean contra la ley, por lo que todo hace pensar que en breve vendrán a sacarnos de nuestras casas, nos amordazarán, nos encadenarán y seremos llevados a rastras ante un Tribunal de Justicia, que nos considerará culpables de los delitos de colaboración y conspiración. A veces ocurre que un rumor, venido no sabemos de donde, hace creer que son falsos los rumores que acusan a ciudadanos inocentes de generar falsos rumores. Cuando eso ocurre, los afectados mantienen una íntima esperanza de salvación, pero se ven obligados a no manisfestar su regocijo en público. La ley lo prohibe. Si bien con menos dureza, la creencia supersticiosa en esa clase de rumores está igualmente penalizada. Solo cabe esperar, como esperamos nosotros ahora, que en el aplastante silencio de la noche, los golpes que oímos en la puerta sean solo un rumor. En caso contrario, deberemos prepararnos para lo peor.

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