cafés y literatura

Me gustaría irme de vacaciones a un café. Un café que tuviera todos los periódicos, con pequeñas sillas de madera con vistas a una calle ancha, despejada y arbolada, sin coches aparcados. O frente a un pequeño puerto en la costa de cualquier mar en calma, con viejas redes y lámparas de vidrio colgando de los rincones, ambientado con meláncolica música de mandolina, desde donde cada tarde viera llegar menudas embarcaciones cargadas de peces brillantes. O frente a un lago. Un café emplazado en una gran pérgola de madera, con largas viseras de ratán, rodeado de césped y adornado con macizos de rosas, vigilias y aves del paraíso. Con un solo camarero vestido de blanco que se interesaría por mi vida y me contaría la suya. O un café con una gran terraza abierta a un bulevar de tránsito humano poco agitado, pero vistoso, con parejas jóvenes que beben vermús y hombres maduros sin relojes. La ciudad no importa, ni importa el país ni el continente en el que estén. O un  café abierto día y noche, sin interrupción, en el que demoraría las horas de la tarde bebiendo té frío, debajo de un ventilador de zumbido seco y monótono, un café de mesas a menudo vacías, atendido por camareras a turno partido que me seducirían con su encanto, su sensualidad y su gracia y acabarían cogiéndome solo cariño

Eladio Redondo        Operación Tortosa. Un diario.           Ed. Beltrónica. 2012

Café del Jardim da Estrela

Café en el Bairro Alto

Café de la Cinemateca

Estuches con bolígrafo. Materiales: cartón y papel natural. Medidas: 24cm×7cm

Contacto: eladiore@yahoo.es

 

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Pessoa, desempapelado

Beber, fumar y escribir no son actividades incompatibles. Ni incompatibles, ni inseparables. En Lisboa, como en cualquier parte del mundo, los poetas encuentran en el humo y en el alcohol inspiración o refugio. O simplemente fuman o simplemente beben porque simplemente escriben. Decía Alberto Caeiro que escribía poemas no por ambición, sino porque era su manera de estar solo. No ignoramos que no fue de su maestro Caeiro de quien tomó Pessoa su afición por la bebida, pero deducimos, por lo que sabemos, que sí bebía a la manera en que aquel escribía. Muchas veces de pie, apurado, huyendo probablemente del acoso de sus fantasmas. O del agónico e imposible amor. Dicen que el abuso del aguardiente blanco provocó su muerte prematura. Sus poemas, sin embargo, le han concedido la inmortalidad.

POSAVASOS.  MATERIALES: cartón y papel noble. MEDIDAS: 10.5cm×10.5cm

Contacto: eladiore@yahoo.es

nostalgia de lisboa

Hay en Lisboa un jardín donde van a llorar las mujeres que lloran. Es una tapada, un jardín cerrado. Abre de once de la mañana a siete de la tarde, todos los días, menos los domingos. Para las mujeres cuya pena sobrepasa el límite de lo tolerable, han habilitado en el recinto un palacio de cristal, completamente circular, donde es posible expresar a través del llanto los sentimientos menos transparentes. Las mujeres que lloran por poca cosa, por costumbre, o las que lloran por primera vez, por experimentar, tienen que comprar ellas con su dinero los pañuelos. Para las mujeres que lloran con convencimiento y causa justificada se ha instalado en la garita de la entrada un dispensador de moqueros corrientes. Si están perfumados o son de lino, de seda o de algodón, tienen que pagar un suplemento. Es la norma no penetrar en el recinto sin pañuelo, sea de la clase que sea, y está permitido dejarlos abandonados en los bancos, o en el suelo, después de acabado el llanto. Ha ocurrido alguna vez que una mujer que venía al jardín por experimentar, luego no ha llorado. No pasa nada, la primera vez no cuenta. Si otro día vuelve y reincide tiene vedada su entrada al recinto para siempre, una medida correcta y acertada que evita malos ejemplos. Tampoco está prohibido que las mujeres hablen entre sí mientras practican el llanto, pero han de hacer para ello uso de los senderos, en los bancos hay que sentarse exclusivamente para llorar. Y para quienes desean un lloro íntimo y reservado, están las pequeñas capillas individuales, con reclinatorio y escabel, a un precio algo superior a lo que vale un pañuelo. Consta en el libro de registro que es en los días de sol cuando el jardín está lleno, cosa que es razonable y al mismo tiempo no lo es. Si alguien ve llorar a una mujer en las calles de Lisboa, es porque es domingo.

Eladio Redondo.  “ULISES EN LISBOA”.   Editorial Beltrónica. 2014

Cajas para pañuelos

MEDIDAS: 25cm×12cm×8cm

MATERIALES: cartón gris y papel nobel