La memoria de la música

Al final de su vida, cuando las carencias empezaron a manifestarse y el deterioro fue gradualmente extendiendo sus dominios, a mi padre sólo le quedaba la voluntad y la capacidad de un canto, una cancioncilla en forma de copla que durante sus últimos días tarareaba, cada vez de manera menos audible. Había que darle de comer, vestirle, lavarle…Mis hermanas lo sentaban en el sillón, frente a una ventana de visillos corridos, y en él se pasaba las horas, quieto, sin solicitar conversación, ni socorros, ni siquiera inmerso en los monólogos propios de un hombre que ya ha perdido casi todo. Sólo cantaba, cantaba esa canción en la que se hablaba de trigo, de promesas y de amor. Una canción, ahora que lo pienso, que lo contenía todo, el fruto de la esperanza y del deseo de vivir y la añoranza sin dolor de lo que se ha vivido, un fruto que sólo la música es capaz de conservar hasta el último instante de nuestras vidas. La música es lo último que se pierde.

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Cajas de música   Contacto: eladiore@yahoo.es

Danilo Manso: orígenes.

El siguiente texto, que no es un poema, ni un fragmento de sus diarios, ni hay constancia de que lo haya escrito con otra finalidad que no sea la de fabricarse una patria en la que no podrá arraigar, un mapa escrito donde nacer, lo ha colgado en su página web un notario, coleccionista de poetas transeúntes y sospechosos. Asegura haberlo recibido de manos de Danilo Manso, quien agradeció con ello la hospitalidad que durante unos días le dispensó. Como de otros de los muchos textos que voy encontrando por aquí y por allá, que aseguran ser de Danilo, y a lo mejor no lo son, de este también podría o debería dudar. Pero si a los demás he acabado otorgándoles fe de verdad, a éste, que lo certifica un notario, aún más.

“Aquí he nacido yo, por lo visto, en este pueblo que si no tiene ya apenas nada de lo que fue, no sé por qué habría de tenerlo yo. Callejones estrechos y callejuelas que suben y bajan entre hileras de casas, unas blanqueadas y otras no. Tengo aún algún recuerdo feliz de una infancia que huye de su definición: el agua fresca de un cántaro cayendo sobre mis rodillas, el trote de una mula sobre un pavimento de cantos y polvo, algunas siestas dulces en desvanes donde el cereal se amontona, la poza de un río sombreada de árboles. Y otros asociados a amaneceres duros, a una madre sin rostro que espolea mi sueño, a una travesía en burro hacia una huerta dominada por el imperio generoso de una higuera. Nada me ata aquí, sin embargo. Esos recuerdos flotan solos, sin arraigo, como secuencias imposibles de una vida sin unidad. Miro con atención, desde la altura del cerro donde el pueblo se levanta, esos campos labrados con esmero y trabajo sin descanso y sé, pese a todo, que un trozo de mi alma es la herencia del espíritu que reina en ellos. El hecho de que yo haya nacido en este pueblo, no tiene mucha importancia, me siento más cerca de aquellas espigas que crecen amarillas, secas, desafiantes y promisorias en los extensos campos que se pierden en estos cuatro horizontes de intensa luz”.

Estuches para notarías, despachos y escritorios.   Contacto: eladiore@yahoo.es

Un café, no muy lejos de aquí.

Para C., que se sabe la otra historia.

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a pisar este bar porque siento añoranza de los cafés largos que con tanta diligencia prepara Mohamed, el de las manos de algodón, pero también por los periódicos, las nubes de humo de los cigarrillos rubios que fuman las chicas desprevenidas, el silencio marfileño de los negros -un silencio de música roto a veces por cortas palabras de madera que suenan y se encadenan como los collares de ébano que cuelgan de sus cuellos-, y la sonrisa de Hannah, enmarcada en la puerta vidriada que separa la barra de la cocina, donde desarrolla, entre constantes vapores de caldos que hierven y mantequilla que se funde, el arte poco común de la cocina gozosa y lúbrica. Arriba, en una salita con biombos, Tessa sirve los ricos platos especiados a funcionarios de curriculos todavía breves, mujeres jóvenes y hombres también jóvenes que intercalan proyectos de ocio en secas y ajadas conversaciones sobre trámites, archivos y registros. Normalmente, cuando yo llego para tomarme mi primer café, ya se han extinguido los últimos ruidos de cubiertos. Entonces, bañada en un sudor mineral de sales picantes, aparece Hannah con su sonrisa blanca, se sienta en mi mesa y enciende un cigarrillo, que fuma con insobornable deleite. Hannah, fervor y mito, oscuro e incombustible carbón vegetal ardiendo siempre en su vientre, gorda y desbordada, abundante, pícara, dulce y hermosa. Inalcanzable, quimérica Hannah. Un safari, su vida. Seis hijos, dos maridos muertos y una ristra de amantes crápulas y viciosos con los que satisface su secreta condición de santa y mártir. Con cincuenta años, Hannah es el estímulo cardinal del aburrimiento que me persigue. Ahora está aquí, sentada a mi lado, y mientras reorganiza su larga, dura y apelmazada cabellera negra, como si la fatiga fuese la única elegancia que la naturaleza ha negado a su distinción natural, me habla sin parar de un gitano, de varios robos, de la policia implacable, de la cada vez más acuciante necesidad de arrebatar el fuego de las manos de esos dioses codiciosos que gobiernan nuestras vidas. Y a renglón seguido, sin pausas, de alguno de sus hijos, o de los inmigrantes que acuden cada día a su casa buscando un lugar caliente donde dormir o con papeles a medio cumplimentar. No sé de donde saca el tiempo, y menos aún las ganas y la energía y esa incansable disposición para vivir una vida con semejante entrega. Me sorprende que, al final del día, le queden todavía fuerzas y voluntad para invitar a una ronda de copas, y de follar, rápidamente, con el amante de turno, en el portal de su casa o en cualquier otro, antes de que comience su ronda de ángel de la noche curando las heridas de los borrachos que son apaleados y robados por jóvenes miserables, o de acudir a las comisarías para auxiliar a las mujeres escapadas vete tú a saber de qué clase de infierno. En realidad, yo la llamo Hannah, y se llama Hannah, pero podría llamarse también ser maravilloso. Sé que algunas madrugadas, para poder alcanzar el sueño, tiene que sentarse frente a una mesa repleta de limones, en la diminuta cocina de su casa, y descargar las energías aún sobrantes exprimiéndolos en sus manos, al máximo, hasta la sequedad. Sin ese vacío físico, total, el descanso no encuentra acomodo en su cuerpo. Y el sueño, que incomprensiblemente no la mantiene más de tres o cuatro horas en la cama. Cuando Hannah se fuma su segundo cigarro, ya con más prisa que con pausa, y vuelve a la cocina, yo sigo todavía tomando cafés y leyendo periódicos, hasta que la tarde se hace muy tarde, casi de noche, y la barra y las mesas multiplican por mucho la bulliciosa babel de lenguas y nacionalidades que en este café concurren.

Posavasos   Nuevos modelos   Contacto: eladiore@yahoo.es

Fue mi mujer

Se sienta frente a mí una mujer. Fue mi mujer. Ahora está muerta, pero de tanto en tanto me visita. Trae con ella una lista de todo aquello que no debo olvidar hacer. Cosas de carácter doméstico, sobre todo. Tirar la fruta y la verdura podrida, fregar las pilas de platos y cacharros acumulados en la cocina, poner una bombilla nueva en el cuarto de baño, vaciar todos los ceniceros con colillas, lanzar al contenedor todas las botellas de cerveza y las de whisky. Intenta también animarme y consolarme. Me trae paquetes de pañuelos perfumados, galletas de chocolate, fruta en almibar y películas del gordo y el flaco. Si me ve muy mal muy mal, hasta me da un paquete de cigarrillos y las cervezas que con tanto rigor me recomienda no tomar. Luego se queda un rato conmigo, no mucho, no es bueno malacostumbrarme. Qué harás el día que yo te falte? me dice, mientras pone agua en una palangana, me moja el pelo y me peina, con la raya en medio. Cuando me echa colonia, invariablemente, me pongo a llorar

Mujeres sentadas    Eladio Redondo   ed. Beltronica    2012

Cajas para pañuelos  Nuevos modelos   Contacto: eladiore@yahoo.es

se hace saber

Cerca de mi casa hay un taller donde se hace saber. El artesano que lo dirige, que tiene conocimientos limitadísimos, por no decir nulos, de otras disciplinas, goza de un prestigio merecido en el gremio. En ese campo, no hay nadie que alcance un arte equiparable al suyo. Han surgido en estos años factorías que lo fabrican en series infinitas, a velocidades nunca vistas, que hacen temer, y mucho, por la prosperidad de su negocio. De momento, los efectos secundarios de aquella industria generan una desmedida proliferación de idiotismo, y se desconoce aún cuando podrán ser controlados y eliminados. De modo que el taller de mi vecino conserva todavía una actividad parcialmente sana y provechosa. Gracias a él, mi taller de cajitas de cartón ha adquirido notable popularidad entre los ignorantes, que con atropellada ansiedad me encargan floridos y monumentales embalajes, convencidos de que el saber que recibirán necesita volúmenes apropiados para contenerlo. El pago es por adelantado. No es que no me fie, pero no puedo esperar toda la vida a que el saber le sea entregado a mi cliente algún día. El artesano que hace saber acepta todos los encargos, sin excepción, pero no puede garantizar la fecha exacta de ninguna de las demandas. Es un trabajo lento y laborioso que requiere grandes dosis de paciencia y de habilidad, y sometido constantemente, y durante mucho tiempo, a pruebas de acierto y error, sin las cuales no es posible obtener un saber minimamente operativo. El proceso puede alargarse si el artesano, obsesionado con la calidad del producto, solicita pruebas a su cliente de haberse caído y levantado siempre, en un número de veces indefinido. Tanto es así, que he tenido que construir un almacén suplementario para depositar las cajas que me son encargadas, que se cuentan por miles, a la espera de que algún día puedan ser rellenadas, cuando el saber esté en su punto. Bien es verdad que aún estoy por entregar la primera, y de esto hace ya muchos años. Si las cosas van por este camino, me veré en la obligación de levantar un nuevo almacén, lo que me exigirá inversiones mayores, una consecuencia no deseable en estos tiempos de incertidumbres innúmeras, como todo el mundo sabe. El no saber ocupa mucho lugar. Para no llegar a un encadenamiento interminable de construcciones, he hecho saber a mis clientes que las nuevas cajas llevarán una fecha de caducidad, y que serán destruidas cuando alcancen ese límite. Creo que eso conducirá, por una parte, a un nuevo hábito en la demanda de saber, que obligará a las personas que lo soliciten a conformarse con un saber sencillo y adaptable a sus habilidades naturales, y le podrá ser entregado antes, y usado, provisionalmente, hasta que las modernas fábricas mejoren los efectos de su producción. Y por otra parte, yo regresaré, poco a poco, a mis inicios de fabricante de cajitas pequeñas, donde me siento más cómodo y, si se me apura, más feliz.

Cajas.  Materiales: cartón y papel batik  Medidas: 14cm×14cm×8cm   Contacto eladiore@yahoo.es

 

crónica de un sueño

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Blog herméticamente recto.artesanía en papel   Despacho de nuestro corresponsal en Lisboa

Algunas galerías comerciales navegan por Lisboa como barcos, igual que un barco navega en alta mar envuelto o disuelto entre jirones de niebla, encantado, habitado sólo por fantasmas atrincherados en sus sentinas. En algunas de esas galerías entro a veces por el gusto de entrar, por curiosidad, para deambular como un fantasma más entre pasillos flanqueados de locales la mayoría de ellos vacíos y abandonados. Pero son los locales que aún mantienen su actividad los que generan en el visitante una sensación de tristeza y desolación irreprimibles. Entro otras veces por necesidad, porque me han llevado hasta ellas pesquisas relacionadas con la compra de algún objeto prescindible que allí estaba seguro de no encontrar, o por obligación, por deber, por el compromiso de cumplir con la palabra dada en un sueño. En aquella galería comercial de Almirante Reis entré por eso, por la palabra dada en un sueño. Una mujer cuyo número de teléfono había encontrado en la página de contactos de un periódico, me citó allí a las diez. Prometí ir. Desde fuera, es un edificio de cristales oscuros que no dice ni que sí ni que no. Dentro, al final de un tramo ancho de escalones resbaladizos, hay una garita circular con un conserje en su interior. Toda la información acerca de lo que el usuario no va a encontrar en ninguno de los cuatro pisos que tiene la galería, es competencia de este conserje. Cuando le dije que mi visita allí se debía al cumplimiento de un compromiso ineludible, sacó una libreta de gastadas tapas con anotaciones y la consultó brevemente. Sin levantar la mirada, con la mano derecha me señaló un pasillo al final del cual había un ascensor. Llegué hasta él, se abrieron las puertas y entré. Extrañado, apreté el único botón que había en el cuadro de mandos y el artilugio, tras una sacudida brusca inició un descenso lento. Durante el trayecto a lo largo de cuatro o cinco plantas, a través de sus puertas acristaladas vi mujeres que se peinaban o maquillaban frente a un espejo, de espaldas a mí, desnudas o semidesnudas; o cómodamente sentadas en un alto sillón de orejas, vestidas con una larga bata de seda ligeramente abierta a la altura de sus pechos, que fumaban o leían o se depilaban las cejas. Mujeres altas y hermosas, rubias o morenas que enjabonaban sus brazos lánguidamente sumergidas en una bañera, o entregadas con mecánica indolencia a un bostezo sensual e inútil. Supuse que al menos una de entre todas ellas sería la mujer con la cual me había citado e intenté, sin lograrlo, detener desesperadamente el ascensor apretando una y otra vez el único botón del cuadro de mandos. Antes de que el ascensor acelerara su caída y se perdiera en una travesía larga y negra como un túnel, vi cómo una mujer de largos cabellos negros, arrimando su rostro a la última puerta acristalada, movía una mano de izquierda a derecha, como queriendo con ese gesto indicar que era ella la mujer con la que había hablado por teléfono o, en realidad, simplemente, como queriendo indicar con ese gesto que me estaba diciendo adiós. Al final, el aparato se detuvo y sus puertas volvieron a abrirse. Salí a una sala pequeña, iluminada por la luz de una lámpara encendida sobre un mueble arrimado a una pared. Había también un sofá, dos sillones y, en el centro, una mesita baja con revistas de alpinismo y catálogos de ferreterías. De una de las paredes colgaba un gran calendario atrasado con la imagen de un camión y a la derecha una puerta que se abrió minutos después de haberme sentado yo, nervioso, en un brazo del sofá. Me sorprendió ver que el hombre que salía por esa puerta era Joaquín, un amigo al que no veía hacía tiempo y al que, tras los primeros segundos de sorpresa, saludé efusivamente. El, sin embargo, parecía estar esperándome. Con el entusiasmo que otras veces le he visto poner en la explicación de cosas que son de su interés o provecho, se entregó de inmediato a relatarme los pormenores de la actividad que yo habría de desarrollar y agradeció el cumplimiento de la palabra dada. Por la misma puerta por la que él había salido me llevó hasta el centro de un almacén oscuro repleto de infinitas estanterías atornilladas y me entregó una llave inglesa. Luego arrastró una caja de madera que contenía tornillos y la colocó frente a mí. Le dije que estaría sólo un rato, hasta que me llamaran para encontrarme con la mujer. El me dijo que trabajara sin prisa, tranquilo, sin apuros, que había tiempo de sobra. Salió y cerró la puerta. Con llave.

Reproducción a escala natural de primitivos archivadores del blog. Pueden pedirse por correo a eladiore@yahoo.es al precio de 1500 ptas. Los originales se conservan en el MUSEO HERMÉTICAMENTE RECTO de la capital lusa.

Carlota von Humboldt, viajera (Rl5)

DSCN1250“Una condición tan fácil de cumplir, le digo la verdad, que era fácil cumplirla, muy fácil, yo tengo todos los carnés, todos los requisitos legales, aquí en la ciudad donde usted me ve aunque no lo parezca soy un hombre respetado y respetable, que de mí depende en mucho el poco prestigio que tengamos fuera, el molino, el lavadero y el acueducto romano, todos a mi cargo y bajo mi supervisión, la mujer me pedía eso, sólo eso, un aval legal, qué cosas, no esperaba yo encontrarme con dificultades tan pequeñas, una mujer aventurera, que recorría el mundo sola, que andaba de acá para allá sin nadie y con lo puesto, libre de ataduras pero atada a su pasado por la estrecha vía de la genealogía administrativa, me expreso creo que bien, no?, una mujer de índole interesante con un  perfil genético larvado en oscuras oficinas de ministerios y organismos públicos, padre, abuelos, gloriosos antepasados algunos de los cuales sellaron bulas en remotas regiones del Imperio Austrohúngaro, habrá oído hablar de él, no?, un imperio grande, muy famoso, en su tiempo uno de los más importantes si no el que más, Carlota von Humboldt, si hasta el nombre, le digo la verdad, hasta el nombre me parecía el más bello de los nombres, ni más ni menos que Carlota, ni más ni menos que Humboldt, su padre era alemán y su madre francesa de la parte de Aquitania, una mujer según me dijo Carlota pasiva y longeva con fortísimas inclinaciones a  la lascivia piramidal, una tendencia hoy desterrada y aun proscrita pero muy común y corriente en la Francia rural de entonces, y muy curiosa y muy fácil y muy rápida de ejecutar en viejos molinos y lavaderos y acueductos romanos, ahora que, también se lo digo, una actividad cansada y poco rentable en términos de goce, quizá entonces si lo fuera, eran otros tiempos, pero ahora no, le digo la verdad que yo pienso que ahora no, en fin, es lo de menos, yo tenía los carnés y Carlota estaba dispuesta a dejarse guiar por mí en ese recorrido en el que tan interesada estaba, le aburro?, si le aburro me lo dice, le cuento todo esto porque me da usted confianza y parece usted una persona atenta y considerada, en esta ciudad no contamos con gente así, muy poca, qué va, yo mismo, una persona humilde pero responsable de las tres factorías históricas de la ciudad, las que le han dado la poca fama y el renombre que tiene más allá de nuestras fronteras, y con cierto poder, también se lo digo, pues ni siquiera yo tengo personas a las que confiar mis secretos o mis aflicciones, mire, mire usted a su alrededor, no ve cómo comen todos?, no amigo, no, es muy difícil encontrar aquí personas con las que compartir intimidades, podría darle algunos ejemplos, pero no tengo más vino y, usted sabe?, algunas veces pensé que Carlota tampoco era una persona de fiar, yo la quería, la quise, sigo sintiendo por ella un amor que es muy grande, muy grande y que creo yo que me va a durar siempre, pero es tan difícil encontrar gente en la que confiar, no sé, no me haga mucho caso, en el fondo mi ofício se asemeja mucho al de un guardián, quizás no sea otra cosa que un guardián, yo creo que soy un guardián, mire, aquí tengo las llaves de los edificios que custodio, son antíguas, le gustan?, son bonitas, esta es la del molino, quiere que le cuente lo que pasó en el molino?”.

Continuará (si mi amigo está interesado en lo que pasó en el molino)

Armaritos para llaves    Materiales: cartón y papel nobel   Medidas: 20cm×14cm  Contacto: eladiore@yahoo.es

manual del distraído

20160427_125416Tengo la feliz costumbre de leer a Alejandro Rossi en abril, un mes en el que revoluciones y amores fracasan antes de florecer. Cada año, por estas fechas, saco Manual del distraído de la caja donde lo guardo y leo algunas de sus páginas. Ningún libro es tan venturoso como éste para leerlo al azar, ningún azar en ningún libro leído al azar es tan ordenado y tan complacido con su lector. El mes de abril es un mes malo, caótico y alegremente pérfido, aunque tarde uno muchos abriles en darse cuenta. Quizás porque es un mes esperanzador y estamos obligados a tener esperanza. Quizás porque si no tenemos esperanzas en abril, nadie tendrá nunca esperanzas en nosotros. El caso es que uno entra en el mes de abril con las viejas ilusiones de siempre, y sale de él con una desilusión renovada y fresca. Alguien me dirá que reserva esos pesimismos para meses más oscuros, más flácidos o más fríos y no seré yo quien se los niegue: soy un pesimista feliz, pero tolerante. También caótico, también malo, también alegremente pérfido. El mes de abril está hecho para mí, aunque tarde uno muchos abriles en darse cuenta. Tal vez por eso la lectura de Rossi por estas fechas conviene tanto. Manual del distraído es un libro que puede leerse al azar, pero no de cualquier modo: la inteligencia, la belleza y el humor sancionan la apatía y el desaliño. Ningún libro mejor que este para satisfacer el placer de apetitos desordenados. Quien entre en sus paginas hallará en ellas ensayos que gozará como cuentos y cuentos que disfrutará como ensayos. Le sorprenderá la realidad allí donde la realidad menos sorprende y la vida le sorprenderá menos que una sorprendente ficción. Todo es lo mismo, todo es literatura. Como la prosa de Rossi es rítmica e irresistible su belleza nunca cansa, el deseo de leer no se desvanece. En todo caso, se para, se deja de leer, por el gusto de distraerse con lo leído. Mi costumbre me hace devolver el libro a su caja antes de que el mes detenga su curso, lo que no es una obligación para nadie. Si yo lo leyera por primera vez, prolongaría su lectura durante el mes de mayo, sobre todo ahora, en estos tiempos en que el mes de mayo empieza a parecerse sospechosamente al mes de abril.

Cajas escritorio. Medidas 22cm×22cm×4cm. Materiales: cartón, papel natural y papel nobel. Contacto: eladiore@yahoo.es

los lapiceros de Danilo Manso

Danilo Manso dejó, al abandonar Lisboa en 1982, una disparatada cantidad de làpices desparramados por la habitación del ático que ocupó durante dos meses, en la rua dos Fanqueiros. Lápices la mayoría de ellos aún sin estrenar, de calibres diversos, de carbones y grafitos diferentes, algunos plastificados, otros cortos, apurados al máximo, con huellas de haber sido mordidos en su extremo, o masticados, como si hubiera estado sólo comiendo lápices. En la habitación no había más muebles que una cama y un estrecho armario desmontable, de cartón aragonés. Podemos suponer que Danilo viajaba entonces ligero de equipaje, y que los lapiceros allí abandonados imponían una carga. Es sólo una hipótesis, nada sabemos con certeza. El hecho de que las cuatro estrechas paredes de la habitación estuvieran saturadas de frases y fragmentos indican el precario desapego de Danilo ante lo material. O una falta de papel o un exceso de delirio. O ambas cosas a la vez. Sabiendo lo poco que aún sabemos de él, no es difícil imaginarlo escribiendo enfebrecidamente en noches dominadas por el insomnio. Astrid Rubio, una amiga del poeta acostumbrada a llegar tarde al lugar del crimen, visitó pocos días después esa habitación, alertada ante la falta de noticias. Antes de que las paredes terminaran de ser blanqueadas, tuvo tiempo de anotar parte de lo allí escrito y memorizar el resto. En su opinión, ese material fundamenta una antología. La editorial Beltrónica, con su asesoramiento, publicará en breve una corta selección de aquellos fragmentos y aforismos. Adelantamos en primicia uno de ellos, y nos adelantamos, también, a los juicios equivocados que puedan derivarse de su lectura. Es previsible que la mala digestión del carbón y la madera inspiraran en grado pésimo al poeta, más, creemos nosotros, que el comprobado empacho de sus lecturas nihilistas. Con todo, el aforismo mantiene, para quien lo sepa ver, el tono de humor resignado y levemente irónico empleado por el poeta en algunos de sus textos más conocidos. En el peor de los casos, una píldora que nos protege del irracional aprecio que hoy el éxito tiene: “Si lo que deseáis es prolongar la agonía del fracaso, no perdáis nunca la esperanza”.

BOTES PARA LÁPICES. Cartón y papel nobel.

Contacto: eladiore@yahoo.es