Familias(I)

Cuando mi hermana Angelita olvidó a su hijo recién nacido en casa de la Nieves, todos estábamos allí. Al princípio, sólo estaba la Nieves, mi hermana Angelita y Kike, mi cuñado. El niño no cuenta. Mi hermana Angelita salió de la casa tan tranquila, como si mover el mundo fuera cosa exclusiva de los demás. Entonces, (lo recuerdo ahora como si lo estuviera viendo), oyó los gritos de la Nieves que, desde la puerta de su casa, sin poder aguantarse la risa gritaba “Angelitaaaa, el niñoooo!!!”. Mi hermana se giró y se echó las manos a la cabeza, combinando dos o tres emociones tan distintas entre sí que aún hoy, cuando mi cuñado, mi hermana Esperanza, que se incorporó al acontecimiento más tarde, y yo contamos por enésima vez la anécdota, somos incapaces de definir. Ni mi hermana tampoco. El relato de este acontecimiento fundamental en el anecdotario de la familia es siempre fuente de regocijo. Como mi hermana Mercedes, cada vez que se cuenta siente una falta de protagonismo inmerecida para su jerarquia, hay una versión del hecho que la sitúa junto a la Nieves, en la puerta, compartiendo con ella el asombro, el desconcierto y las risas. Y en una variante de la misma versión es mi hermana Mercedes quien grita Angelita el niño y mi hermana Nieves quien comparte con ella el asombro, el desconcierto y las risas. Nos avenimos bien, no nos peleamos por esas cosas. Incluso si mi hermana Reme, rompiendo todas las reglas, afirma ser a ella y no a mi hermana Angelita a quien se le olvidó el niño. Como somos una familia unida, somos también del parecer que recordar el acontecimiento y compartirlo, no basta, que hay que estar también allí. Es probable que ese afán de estar presente, de haber estado presente en un acontecimiento compartido con regocijo por otros tenga más de una explicación sentimental. Nos agregamos como partícipes a un recuerdo para consolidar los fuertes lazos que nos unen, o bien al revés, para generar ilusoriamente los que nos ha costado tantas veces establecer, o cuando la memoria, o el olvido, presiona sobre nuestra sensación de desarraigo y nos sentimos vulnerables, desasistidos, tontamente dejados de lado. Con otros acontecimientos, sin embargo, ocurre todo lo contrario, queremos borrarnos, desaparecer de aquel recuerdo, eliminar esa presencia que año tras año nos obliga a revivirla con amargura. El acontecimiento ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un suceso penoso, una lacerante pesadilla que convoca sus propios fantasmas sin esperar a que la familia esté reunida. La cosa, entonces, ya no tiene tanta gracia, y recordar, entre todos, aquello que nos hace sentir de nuevo vergüenza o desolación incide en nuestro ánimo, lo disipa, y deseamos con todas nuestras fuerzas no haber estado nunca allí. En nuestra familia no pasa, porque estamos muy unidos y no tenemos nada de qué avergonzarmos, pero algunas veces ocurre que recordar algo y desear no haber estado allí va más allá de la simple vergüenza. O haber estado o creer haber estado y no ser admitido dada la inesperada magnitud de la tragedia. No en nuestra familia, que está muy unida, pero sí en la de William Burroughs, por ejemplo, cuyo hijo afirmó siempre estar presente en el asesinato de su madre mientras que su padre lo negaba.

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Compasión

Fui a verle al hospital. Las enfermeras decían que era un hombre de carácter difícil. Querían decir que era un paciente insoportable, desagradecido. Todos los turnos lo confirmaban. Insultaba y escupia la comida a la cara de quien se la daba. Escupía, no tenía otra cosa que lanzar, escupitajos y dardos verbales, palabras soeces, obscenas, una agresividad combinada con silencios eléctricos, fortuitos, como si una luz se apagara súbitamente en su interior. Atarle no hacía falta atarle, no podía moverse, la hidrocefalia normotensiva le había paralizado el aparato psicomotor, le dolían las piernas, la espalda y los hombros con el simple roce de la sábana. La debilidad en la que se encontraba no permitía la aplicación de una terapia inmediata. Había que esperar. Mientras tanto, le suministraban calmantes y analgésicos para mitigar el dolor. Cuando este desaparecía, gruñía e increpaba al enfermo que tenía de vecino, o gritaba, simplemente, y era un grito, decían las enfermeras, con una fuerza que parecía venir de otro ser que habitaba dentro de él mientras el de él se consumía, un grito de resentimiento y de odio que resultaba estremecedor. En las dos semanas y media que llevaba ingresado no había recibido la visita de nadie, quien iba a venir. Los vecinos tardaron dos dìas en echarle de menos. Para ser más exactos: sus pasos en la escalera, los sonidos de la radio o la televisión tardaron dos días en ser echados de menos. Llamaron a los bomberos y accedieron al interior. Lo encontraron inconsciente, pero milagrosamente vivo, con la cabeza boca abajo sobre un charco ya seco de vómitos. Cuando llegué al hospital estaba medio dormido y respiraba con dificultad. Me reconoció, pero no tenía fuerzas para transmitírmelo con palabras, y de tenerlas, le hubiera resultado dificil encontrar las adecuadas. Aquella misma tarde, la tarde del rescate, una brigada del ayuntamiento limpió y desinfectó el apartamento. La suciedad se comía todos los rincones de la casa, los pies se pegaban al suelo, costaba respirar en medio de aquel olor fuerte y agrio que se había adherido como un parásito a las paredes y los muebles, a la alfombra raída, a las lámparas, al aire. A todo menos a él, que salía cada tarde, decían las vecinas, hecho un pitillo, envuelto en una nube de colonia infantil a pasear por el puerto. Pocos, de entre esos vecinos, le querían. Pocos no, ninguno. Como mucho, logró sin proponérselo un pacto de indiferencia con algún indiferente, que siempre los hay. Con el resto encontraba permanentes razones para discutir, insultar o amenazar. Le pegaron, más de una vez. Era un viejo insolente, irrespetuoso y mal hablado. Me quedé de pie, al lado de la cama, mientras sentía cómo su respiración fluía con esfuerzo ayudada por el oxigeno. Ni siquiera en ese estado de indefensa lasitud era posible hallar en su rostro un mínimo grado de bondad. Tenía la fama que tenía, ganada a pulso, hecha a base de martillazos y despropósitos desagradables. Por segunda vez me preguntó la enfermera si era su hermano y por segunda vez le mentí. Rellené un formulario, marqué positivamente unas casillas y lo firmé. Tuvo, tiene hijos, dos o tres, de tan desconocido paradero como su mujer, que también la tuvo, en un remoto pasado hecho trizas para siempre. No había nacido para trabajar, ni para ser padre, solo servía para tener mal humor, ganas de estar siempre en los bares, incubando desprecios y violencias con las que luego desbarataba la frágil paz del hogar. No sé si le dije que me alegraba de verlo, sin ironías. Con esfuerzo, desvió la mirada hacia el lado de esa voz que parecía venir de algún remoto recuerdo y alzó levemente la mano, buscando el calor de la compasión que no merecía. La cogí, con indiferencia, con la misma indiferencia con la que antes había rellenado el cuestionario y la mantuve un rato entre las mías, midiendo el tiempo. Entonces, abajo, en el campo de fútbol iluminado por el sol radiante ví cómo jugaban unos niños y apreté su mano. Al fin y al cabo, por qué si no estaba yo allí, el único testigo de quien alguna vez tuvo inocencia, en las antípodas de este frío y desolado territorio donde ya no queda nada por recuperar. Nada. El definitivo instante en que debió por fin comprender. Minutos después, su pulso dejó de latir.

Reciclajes

Lunes , 9 de agosto. 2010

En el portal de al lado vive una negra. Es joven, más bien baja, viste faldas cortas. La he oído hablar y habla un castellano nítido, fluído, coloquial, pero no sé de donde es. No me llama la atención su belleza, ni me siento atraído por su cuerpo, de piernas musculadas y espaldas masculinas. Me gusta el color de su piel. Es de un negro pulido y seco, como gastado, como erosionado. La piel, no. El color. La piel es joven, tersa y fina. Parece el color de su piel el de una de esas guerreras subsaharianas que fecundan las ensoñaciones de los opiómanos, seres incorpóreos, fabricados con arena, que habitan insólitos laberintos excavados en inestables dunas. Desde arriba, desde mi balcón, en las noches de farolas llenas, su figura encarna una composición metálica, ardiente y magnetizante. Alrededor de ella, de su falda blanca y de su camiseta de tirantes también blanca, bailan los ciegos aspirantes del deseo. A ellos los pongo aparte. Son gritones, exhibicionistas, provocadores pasivos. El afortunado es un grandote de camisa sin botones, probablemente más alto que pesado. De todos, el más callado. Escupe despacio y fuma sin avisar. Con ese se va siempre, luego, más tarde, al final, cuando la plaza empieza a entregarse a la silenciosa voracidad de la noche. De día, apenas se les ve.

 

Martes, 10 de agosto. 2010.

En el mismo portal donde vive la negra viven también unos marroquíes. Por debajo de mi balcón, su terraza queda expuesta al escrutínio de mi mirada, pocas veces inocente. Pero los veo poco. A veces juntos, cuando toman té o huyen del sofocante calor del interior. Pocas. El verano no aprieta. En solitario, tienden la ropa o se apoyan en la vieja baranda de obra y hablan por el móvil o  extienden una esterilla y rezan. Con corrección, sin aspavientos, discretamente. Uno de ellos duerme ahí. Por la mañana, cuando me levanto y salgo al balcón, lo veo. Veo una sábana que cubre lo que parece ser un cuerpo, como un sudario escondiendo una materia que no puede ser revelada, sólo intuída, las marcas leves de un muslo, las de un hombro, el duro contorno de una espalda. Por detrás de la cabeza, un teléfono móvil, rojo. Lo que sería a los pies, unas zapatillas. Como un muerto perfectamente preparado para resucitar. O como un nuevo pasajero del tiempo, una aparición sin papeles, un fantasma sin fronteras.

OPERACION TORTOSA.UN DIARIO     Eladio Redondo    Ed. Beltrónica. 2012

 

Lámparas recicladas.  Madera y papel japonés.  Contacto: eladiore@yahoo.es

El vacío

Ayer nos levantamos algo más tarde. El sol estaba muy alto y cruzaba el cielo una negra bandada de panderetas. Desayunamos en la cocina, como siempre, mientras leíamos los periódico digitales y escuchábamos la radio. Antes de comer nos dimos un chapuzón en la balsa y tomamos el aperitivo a la sombra de las moreras, junto a la jaula de los urogallos. Y también como siempre, tras la dulce siesta al compás de las hamacas, el largo paseo hasta la roca negra. Vanos fueron nuestros esfuerzos para ponernos de acuerdo sobre el malestar que nos aflige, y aunque en lo esencial tenemos sentimientos convergentes, nos distancian puntos de vista distintos, pero no insalvables. En contra de nuestra costumbre, prolongamos el paseo hasta más allá de la encrucijada y, también en contra de nuestra costumbre, regresamos por un camino inédito que se nos hizo pesado y largo. Como era demasiado tarde y ya había poca luz, acordamos suspender el habitual partido de tenis. De modo que nos dimos una ducha rápida y luego nos sentamos en el porche a beber cerveza. Estamos seguros de que lo que nos perturba no es necesariamente grave. Nos une ese criterio común, y un deseo tambien común de que las cosas acaben arreglándose solas. Con ese deseo, y ya frente al televisor, acompañamos la ensalada, el pan tostado, el queso y la fruta con unas copas de vino blanco, bien frio. Por las ventanas abiertas entraba el aire tibio de la noche perfumada, y llegaban, de lejos, del otro lado de la valla prendada de enredaderas, los sonidos amortiguados de la ciudad. A esas horas, ambos compartimos el indefinido cansancio que los placeres indolentes imprimen, pero no tanto para renunciar al que mejor nos distrae y más nos une, así que después de ver un capítulo de la serie en la tablet, tumbados en la cama, nos dormimos enseguida. Pasa cada vez más a menudo que en mitad de la noche uno de nosotros se despierte, agitado, y el otro, sin encender la luz, oiga sus pasos y adivine su presencia frente a la ventana en penumbra, atento a esas alegres voces de niños que vienen no sabemos de donde y cuyo misterio nos apesadumbra o nos inquieta. El resto de la noche no transcurre nunca ni del todo en paz, entre nuestros cuerpos maduros se abre un hueco frío y tenso donde conviven sin entenderse la amenaza y el anhelo, quizás porque sentimos que somos felices, pero no soportamos ya esta dicha que empieza y termina aquí, en nosotros.

2017-07-16 12.33.10

El vacío Collage.  Papel japonés sobre papel natural.  Contacto: eladiore@yahoo.es

De lo artesano bajo los efectos del metamizol, paracetamol, diazepam, pantoprazol y tramadol.

El trabajo en el taller es por lo general gratificante. La monotonía de cortar, pegar, coser o ensamblar encierra un pausado ritmo a modo de mantra que facilita la reflexión tranquila y el curso plácido de la memoria. En la fase previa, cuando hierven las ideas y la imaginación dispara sus ambiciones, el estímulo de la creatividad procura sentimientos y emociones sobre los que el trabajo del artesano encuentra un segundo fundamento a su bienestar. Entre una fase y otra no hay pausas, las ideas no pueden esperar, no deben esperar, no saben esperar. Esperar es cosa de las herramientas. Una herramienta noble alcanza ese grado altísimo de utilidad cuando duerme en paz sobre la mesa, cuando está quieta, inerte, a la espera pertinente de su movilización. La idea la pone en movimiento, y conservar esa nobleza es entonces responsabilidad del artesano. Sobre la mesa de trabajo, el oficio establece entre una y otra un princípio de fusión, y cuando lo creado surge, el objeto encarna las virtudes y las imperfecciones de un ritual no por repetitivo, menos único, pero en sentido estricto, no original. Algo así lo es cuando el hecho creativo devuelve su resultado al origen, al caos del que es hijo. No es la prioridad de la artesanía. Al contrario, en la belleza de su funcionalidad hay un pacto permanente con el orden vivo de las cosas y de los hombres. Y así como el arte sublima la materia para hacerla menos alcanzable, la artesanía opera su transformación para convertirla en necesaria.

De la colección de Herméticamente Recto  Contacto: eladiore@yahoo.es

Introducir título

Hace años escribí un cuento en el que un hombre buscaba con afán un objeto y no lo encontraba. Registró todos los rincones de su casa, desde los armarios de la cocina hasta los de la ropa, pasando por los cajones de las mesitas de noche, el escritorio, la cesta de la ropa sucia y el mueble del comedor. Miró debajo de la cama, debajo de las alfombras, detrás de los cuadros, entre las cortinas, en las bandejas del fogón. Cuando esos rincones accesibles fueron revisados una y otra vez, destripó los cojines, el edredón, las almohadas y el colchón. Sin éxito. Luego arrancó los zócalos de las paredes, levantó el suelo y el falso techo de escayola. Pero el objeto no aparecía. En el cuento no se concretaba para nada la necesidad que el hombre tenía de ese objeto, ni por supuesto de qué clase de objeto se trataba, solo la acción desesperada del protagonista hacía suponer el grado de intensidad que alcanzaba su deseo. Cuando todas las posibilidades de hallarlo parecían abocarlo a la frustración y la derrota, prendió fuego a la casa y observó con cierto placer su destrucción implacable. Finalmente, las llamas se extinguieron y el objeto asomó, brillante e intacto, entre las cenizas. Es un cuento, lo confieso, cuya solución final arriesga una equivocada intención moral. Lo guardé en alguna carpeta, entre otras muchas repletas de papeles la mayoría inservibles, y ni me he vuelto a acordar de él hasta hoy, no sé por qué, pero llevo toda la mañana buscándolo y no lo encuentro. He mirado incluso en los viejos cajones del escritorio, en los del comedor, en la cocina y hasta en el cesto de la ropa sucia. Sin éxito.

Un amor de Marosa

Marosa vino a verme ayer y se trajo sus cosas. Le venía bien, me dijo, estarse aquí unos días, olvidarse de algunos asuntos personales y centrarse en el censo de hombres-lobo que urge de una vez por todas renovar. La tarea no es suya, o no exclusivamente suya, pero sabe que si ella no lo hace, nadie, nunca, lo hará. Y para Marosa, como jefa de AAMM de la policía de la región, es indispensable actualizar ese censo. Cada vez hay menos hombres-lobo en el territorio, la caza furtiva está cebándose en ellos y teme Marosa que sin la protección de la Administración, la especie acabe por desaparecer. Primero, el censo, y luego, si es necesario, áreas delimitadas donde puedan practicar sus metamorfosis sin miedo durante las noches de luna llena. Y sanciones y condenas elevadas a los furtivos, no regañinas ni amonestaciones ridículas que evidencian una total falta de seriedad. “A este paso, nos vamos a quedar sin leyendas”, me dijo Marosa con desconsuelo mientras nos comíamos el arroz. Luego me contó la historia de su romance con Berto, un hombre-lobo de Las Frías con el que estuvo a punto de matrimoniar. Serio y responsable, Berto se transformaba puntualmente a las doce cada mes, en un claro del bosque Umbrío, en el extremo norte de la comarca. Antes de su amor con Marosa, Berto asediaba las cabañas de cabras y amenazaba a los pastores, al estilo clásico. Siguiendo las antiguas técnicas de la licantropía romana, depositaba sus ropas en el suelo y orinaba sobre ellas, para convertirlas en piedras. Pero tenía muchas dificultades con los aullidos. Según Marosa, por una alteración en las cuerdas vocales que la metamorfosis no corregía. Eso le hacía sufrir mucho. El problema, con el tiempo, se agudizó y Berto sufría a solas y en silencio la impotencia de la bestia. No atacaba, no asustaba, dejó de ser un peligro real. Una luna de agosto, en una ronda rutinaria, lo encontró Marosa sentado al pie de un árbol centenario, deprimido, débil, presa de una callada desesperación. Lo llevó a su casa y a partir de entonces comenzaron su romance. Milagrosamente, las noches de luna llena, cuando más encendidos estaban los deseos de ambos, los aullidos de Berto traspasaban la frontera territorial. De modo que Berto recuperó la vitalidad y regresó al bosque, a cumplir con su obligación. Fue entonces cuando iniciaron los furtivos su actividad despiadada, que aún dura, y Marosa tramitó con buena fortuna su traslado a la Selva Negra, donde existe una regulación que lo protege y ampara. “Aún le quiero”, me confesó Marosa. “Las noches de luna llena, sobre todo las de agosto, soy capaz de oir sus aullidos desde aquí. Al menos sé que está bien”. Nostalgias así despiertan en Marosa una poderosa ternura, pero se le pasa enseguida.

Relojes para licántropos  Cartón y papel Nobel   Contacto: eladiore@yahoo.es  

Ave de paso

Se sienta frente a mí una mujer. Es un ave de paso. Viene, come de mi mano, y se va. Antes de que se vaya, mucho antes de que se vaya, yo ya la espero. La espero mientras llueve, mientras nieva, mientras tengo las manos frias. Vuelve en abril y trae tormentas que no deseo. Aún así, le limpio las alas, le lavo el pelo, duerme feliz en mi cama de barro. Pero se cansa. Se cansa pronto y de todo. De las tardes lentas, de las noches largas, de los besos densos. Añora el cielo y añora las distancias, los meses sin mí. Me ama mientras vuela.

MUJERES SENTADAS   Eladio Redondo  ed. Beltrónica   2012

 

 

La nueva vida

Me sentía angustiado, terriblemente angustiado, uno de esos días en que el abatimiento y la soledad, por no decir el dolor, se te clavan en el alma y ves tu presente lleno de nubarrones. Me senté en una terraza, al sol, y pedí un café con leche. Hice una foto del cruasán y la subí al facebook: “Desayunando, con un café calentito!!!” No encontraba sentido a la vida, ni encontraba tampoco razones para esperanzarme. Los días pasaban, uno tras otro, y no traían más presagios que desventuras y decepciones. Entré en el centro comercial y me entretuve viendo escaparates. Al final, me compré un par de camisetas, unos zapatos y un yo-yo, por comprar algo. Hice unas fotos de las camisetas y los zapatos y las subí al facebook. “De compritas!!!” Salí de nuevo a la calle y crucé la gran avenida. El zumbido de los coches es insoportable. Los ruidos, el jaleo, los humos. Me ponen histérico. En días así, se te pasan por la cabeza los peores pensamientos, los más siniestros. Por distraerme un poco, entré en el parque y me senté en un banco, de espaldas al lago. Me hice un selfie y lo subí al facebook: “De relax con los patitos, más feliz que una perdiz!!!” Sólo de pensar que mañana, otra vez, tendría que volver al trabajo, me entraban náuseas. Ocho horas allí, encerrado, viendo todas esas caras tristes y amargadas de gente haciendo las mismas cosas aburridas que tú. Sólo de pensarlo, me deprimía. Pasé luego por delante de un puesto con libros y me detuve. Me aburre leer, pero me aburre más tener que hacer la comida, así que les eché una ojeada y acabé comprando el último libro de Paulo Coelho, aunque seguro que es una mierda. Mientras preparaba la comida, hice una foto de la portada y la subí al facebook: “La felicidad no te busca, te encuentra”. Después de comer, me eché la siesta, que fue larga. No me gusta porque luego te levantas mal, con pesadez de todo, apático, sin ganas de hacer nada, ni siquiera soy capaz de distraerme con las tonterias y las gilipolleces que pone la gente en facebook. Mi foto de Paulo Coelho tenía 500 me gusta, casi tantos como la del cruasán. Y eso que yo creía que la gente no leía. Pero no se me iba de la cabeza lo mal que estaba. Qué sentido tiene vivir seguir así, sin Ana, sin los niños, sin las comidas de mi suegra. Salir a la calle me ayudaba, pero no lo suficiente. Todo es tan igual, tan gris, tan insípido. Mandé un guasat a Juanan y otro a Pedro y quedamos en el café nuevo. Hacía algún tiempo que no los veía, pero ví que les seguían yendo bien las cosas. Nos pedimos unas cervezas y charlamos un poco, pero la conversación la interrumpían a menudo los mensajes en los móviles. Al final, era al revés, y sólo de tarde en tarde los mensajes en los móviles eran interrumpidos por la conversación. Así que nos despedimos y nos fuimos, pero antes nos hicimos una foto, los tres sonrientes y felices. Esperé un poco hasta llegar a casa y cenar, porque arrastraba todavía un vago sentimiento de tristeza o de pesar. Antes de irme a dormir, la subí al facebook: “Con Juanan y con Pedro, disfrutando de la nueva vida”.