Amar en Islandia

Aunque era de Paris, vivía en Islandia, y allí la conocí un verano, en un glaciar. Me gustó de ella su bien cortado pelo negro y las cejas, de espesura varonil. Se llamaba Marie y hablaba español con gracia, sin imperfecciones, pero su acento francés conservaba una seductora sensualidad. Viajamos juntos hasta Reykiavik. En el céntrico café Paris, precisamente, nos declaramos nuestro amor. Llovió, hizo sol y un vendaval helado arrasó las indefensas calles de la capital. Bajo el silencio de la nieve, esa misma noche, hicimos el amor. Me habló de sus proyectos y ella escuchó los míos con enamorada atención. Al amanecer, granizó. Desayunamos en la cama, mientras la lluvia azotaba los cristales de las ventanas, e hicimos nuevamente el amor. El sol salió y volvió a ocultarse con rapidez. Quiso que me quedara en Reykiavik, con ella, pero yo le propuse que viniera conmigo a Madrid. No la convencí. Una cortina de aguanieve oscureció las calles como una niebla. Te quiero, le dije, impetuosamente, mientras imaginábamos proyectos en común. Salió el sol un rato y después un viento helado y feroz barrió las calles de la ciudad. Quise besarla y acariciar sus pechos, pero no me dejó. Quizás sea mejor que no volvamos a vernos. Me atraes mucho, pero, no sé, dijo, mientras una niebla espesa se comía la poca luz del día. Con una moderada dosis de cansancio, hicimos otra vez el amor. Luego nos dormimos. Nos despertó un aguacero. Después salió el sol y ella me habló en francés. No la entendí mucho. Se vistió, antes que yo, y me dijo alegremente que sí, que vendría conmigo a Madrid. Por la ventana veíamos caer densos copos de nieve al tiempo que el sol luchaba por abrirse paso entre las nubes. Piénsatelo bien, le dije. Te quiero, pero piénsatelo bien. Pese a todo, el sol no salió. Llovió con fuerza y sobre la ciudad cayó un manto aplastante de oscuridad. Me quedo yo, le dije. No, me voy yo contigo, dijo ella. Bajaron las temperaturas de repente y las calles se llenaron de hielo. Nos metimos vestidos entre las sábanas e hicimos el amor. Te quiero, me dijo, pero es mejor que te vayas solo, necesito pensármelo bien. La densa niebla volvía a cubrirlo todo otra vez. Quizá sea lo mejor, sí, le dije, te llamo desde Madrid. No, ya te llamo yo, me dijo. Tengo frío, tú no? Tengo calor, le dije. Afuera, en la calle, las temperaturas subían y bajaban como una montaña rusa. Por fin, volví a Madrid y al cabo de unos días la llamé. Cómo estás?, le pregunté. Llueve y hace sol, pero esta mañana nevaba mucho. En breve el cielo se nublará. Y tú, qué tal? Bien, hace calor, el anticiclón durará dos semanas. Le dije que la llamaría otra vez, cuando acabase el anticiclón, pero no la he llamado, y  me parece que ella a mí tampoco.

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Días seguidos

Jueves, 6 de octubre

Me quedo en la furgoneta, en la oscuridad de la furgoneta, pensando. Acabo de comprar cuatro cosas en el super y no sé cual de ellas ha hecho sentirme triste. Cuando llego a casa, abro una lata de cerveza y pongo la radio. La aviación rusa bombardea la ciudad siria de Alepo. Me siento en una silla y repaso el tiket de la compra. Parece que está todo bien, no falta nada y agradecen mi visita. He sido atendido por Inma. La llamo. Qué le pasa? Mi tiket, le digo, hay algo en mi tiket que no va bien. En el tiket, en la compra, no sé, hay algo que no va bien. Relájese, relájese me dice Inma. Relájese y haga el esfuerzo de no pensar, disfrute de su compra. Ya, ya pero es que…yo…Inma cuelga antes de que acabe la frase. Me bebo la cerveza y salgo al porche. El cielo está precioso, lleno de estrellas. Estoy seguro de que hay algo en el tiket que no está bien.

Viernes, 7 de octubre

En el camino hacia el río está Santi. Es un hombre mayor, recio, de voz serrrana. Castellano, no sé de donde. Cultiva un trozo de tierra al lado de mi finca. Los veranos los pasa aquí, duerme en la vieja cabaña de techo de paja y come a la sombra de una parra por la que siento envidia. Tiene algo de pastor. En el modo de hablar o de decir y en esa manera inimitable de poner sobre el trozo de pan cortado con navaja la longaniza, sentado sobre un trozo de piedra y mirando a los caminos con nostalgia, como el que mira el polvo dejado por el rebaño al pasar. Bebe en bota el poco vino que bebe, por el gusto de chasquear la lengua más que de beber, creo yo. Ya tiene preparado el morral para irse. Sin nueces, porque este año hay pocas nueces. Y las moscas, que son muy cansinas. No las mata porque tiene con todos los animales un respeto terrenal, pero se harta, naturalmente. Oye las noticias en un pequeño transistor que sale del bolsillo de su chaleco. Pobres gentes, dice, cuando dejan los aviones rusos caer sus bombas sobre Alepo.

Sábado, 8 de octubre

La vecina del huerto pequeño viene a ofrecerme uvas. Tengo uvas, le digo, la parra este año ha sido muy generosa. Siempre me habla con tranquilidad, me trata con cariño y consideración. Me gustaría que todo el mundo fuera asì, sencillo y considerado. Vivo solo, en medio del campo, pero todos los días encuentro a alguien con quien hablar. Y no siempre quiero, y no con todo el mundo quiero hablar. La vida en el campo no es tan salvaje como a veces yo desearía. Ni mucho menos. Me gustaría pintar mi rostro cada día con los signos o las señales de las emociones que siento, como las tribus amazónicas, para que la gente con la que me encuentro sepa ese día cómo me ha de tratar. La vecina del huerto pequeño es la única que sabe leer esas señales, aunque no estén dibujadas en mi rostro. También es la única que, desde aquí, oye el sonido de los aviones rusos cuando bombardean Alepo.

Domingo, 9 de octubre

Antes de salir a pasear por el monte leo un poco. Y después, también. No leo más porque sea domingo, aunque es un domingo lo menos parecido a un domingo que he tenido en mucho tiempo. Me he cruzado en el camino con un cazador y sus dos perros. Yo entraba en un campo de avellanos y él salía. Llevaba unas orejeras para protegerse del sonido de los disparos y la escopeta con el cañón apuntando al suelo, apretada contra un costado. Ha visto usted pasar algún avión ruso? me ha preguntado levantando una de las orejeras, por la que salía un cable. No, le he dicho, rusos, rusos…no, sin saber muy bien lo que decía. Van a Alepo, ayudan al régimen sirio a bombardear Alepo. Y pasan por aquí?, le pregunto, sin abandonar mi ofuscación. Yo me encargo de que eso no ocurra, pero nunca se sabe, peores cosas he visto. Luego ha silbado a sus dos perros y los tres se han adentrado en la espesura. He regresado a mi casa cabizbajo, mohíno, quizás me convendría no leer tanto los domingos.

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Fue mi mujer

Se sienta frente a mí una mujer. Fue mi mujer. Ahora está muerta, pero de tanto en tanto me visita. Trae con ella una lista de todo aquello que no debo olvidar hacer. Cosas de carácter doméstico, sobre todo. Tirar la fruta y la verdura podrida, fregar las pilas de platos y cacharros acumulados en la cocina, poner una bombilla nueva en el cuarto de baño, vaciar todos los ceniceros con colillas, lanzar al contenedor todas las botellas de cerveza y las de whisky. Intenta también animarme y consolarme. Me trae paquetes de pañuelos perfumados, galletas de chocolate, fruta en almibar y películas del gordo y el flaco. Si me ve muy mal muy mal, hasta me da un paquete de cigarrillos y las cervezas que con tanto rigor me recomienda no tomar. Luego se queda un rato conmigo, no mucho, no es bueno malacostumbrarme. Qué harás el día que yo te falte? me dice, mientras pone agua en una palangana, me moja el pelo y me peina, con la raya en medio. Cuando me echa colonia, invariablemente, me pongo a llorar

Mujeres sentadas    Eladio Redondo   ed. Beltronica    2012

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Nadie encendía las lámparas

El escritor uruguayo Felisberto Hernández pasó una parte de su vida arrastrando maletas. Maletas, pianos, esposas y una madre ineludible. Allí donde su itinerancia de pianista le llevase, siempre habría una pensión barata donde alojar a mamá Calita. El poder de cuatro esposas no bastó para separar a Felisberto de la protección materna. “Lo nuestro es indestructible, esto es para siempre, pero yo tengo que vivir con mamá”, le dijo a Reyna Reyes, su cuarta esposa, unos días antes de abandonarla sin cortesía. La representación fundacional de aquella dependencia la extrae el escritor de sus recuerdos de escuela, cuando deseó vivir para siempre bajo las enormes faldas de su primera maestra. Ese deseo secreto o no tan secreto, marcó el itinerario de su sensibilidad como artista y su pulsión sentimental como amante. Sometido desde niño a la disciplina del piano, donde su introversión halló el primer refugio, Felisberto debuta tempranamente como concertista y rueda por cafés, colegios y sociedades civiles de Uruguay y de la provincia de Buenos Aires, cosechando éxitos de remuneración escasa. Antes, el cine de su barrio le contrata para musicalizar en directo películas mudas. Como se verá, siente fascinación por todo aquello que no hable. Su otro talento, el de escritor, combate en sesión de noche con el de músico y logra emerger en forma de pequeños libros publicados por él mismo y acogidos con honesta comprensión por su círculo de amigos. Muchos de sus cuentos nacen de su experiencia como músico, como los incluidos en el volumen Nadie encendía las lámparas, publicado en 1947, cinco años después del abandono definitivo del piano y de la que fue su segunda mujer, Amalia Nieto. Siempre nos quedará una pensión barata, suponemos sin suponer que le diría a su madre. Mi mujer y yo hemos leído esos cuentos y hemos flipado. En ellos, los objetos participan de la trama con la misma autoridad que el resto de los personajes, una condición impuesta de manera natural por el artista, que halla en la naturaleza inerte de las cosas el depósito de la memoria y de los sentimientos. Patrícia Medeiros, la novia que peor perdonó sus rarezas, describe esa lenta y extraña aprensión de Felisberto hacia el mundo real, que le lleva a acudir a las citas media hora antes, tiempo a veces insuficiente para reconocer el espacio y los objetos, sin lo cual su seguridad se derrumbaría. El balcón, por ejemplo, narra la historia de una joven enamorada de su balcón, y, en Mi primer concierto, la admiradora de un concertista de éxito transmite su emoción a un singular acompañante: “cajita de música, es él”. Lejos de ser infantiles, estos cuentos son misteriosos y raritos, cuando no crípticos, pero nos atrae de ellos la enfermiza musicalidad de su prosa inexperta. Quizás porque mutiló involuntariamente su formación académica, la sintaxis de Felisberto no alcanza el aprobado por los pelos de algunos críticos. Para nosotros, esa ingenua y aparente naturalidad merece un sobresaliente. Y un premio honorífico el sistema taquigráfico de su invención, que facilitó otro escondrijo original a su personalidad inhibida. Del agrado de mi mujer es El comedor oscuro, un relato del que extrae lecturas que ensanchan la picardía de su optimismo, no sé por qué. A mí, en cambio, me gusta Muebles El Canario, que se lee muy bien y se acomoda con facilidad a mis ocurrencias y disparates. Muy lejanamente, el lector de olfato adiestrado percibirá el aroma de los sanatorios psiquiátricos en Menos Julia, sutilmente impregnado de la hermosa locura de Felisberto, quien sintió una moderada atracción por sus abismos. Y para los lectores de sueño difícil, recomienda el que esto escribe Las dos historias, con cuya lectura venció el insomnio de manera inmediata y fulminante. Es el más abstruso, enigmático y narcótico de todos, aunque no el menos bello. Tenemos que acabar. Ha notado mi mujer la débil influencia de un escritor al que Felisberto leyó con devoción desganada. Esas huellas son poco visibles en los cuentos, pero de su encierro voluntario en aquel sótano cedido por Reyna Reyes, sin otra cosa que una mesa, una silla y algo con lo que escribir, arriesgo una opinión que mi mujer comparte: hizo realidad el deseo de Kafka. De los escritores sudamericanos, quizás sea Felisberto el más genuino entre los menos recordados, y el menos recordado entre los más puros. Su figura y su obra circulan en una zona de penumbra de la que felizmente emergen, en esta casa, cuando alguien enciende una lámpara. Casi siempre, mi mujer. Yo suelo estar todo el día en la pensión, con mi madre.

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El destino siempre viaja con nosotros

Lo que me contó aquel amigo me recordó la historia de las mil y una noches en la que el jardinero del rey, atemorizado por la mirada de la Muerte al cruzársela una mañana en el mercado, pide a su soberano caballos con los que huir a Ispahan. Por la tarde, el rey se encuentra con la Muerte y le pregunta por qué había amenazado con su mirada al jardinero. La muerte le contesta que su mirada no fue de amenaza, sino de sorpresa al verlo allí, pues esa noche debía tomarlo en Ispahan. Lo que me contó aquel amigo me lo contó en un bar de Rawn, ciudad a la que había llegado huyendo de la vejez, con la que se encontró cara a cara en la barra de otro bar, en un barrio de la ciudad de donde él provenía. Después de una vida disfrutada en libertad, sin ataduras ni responsabilidades convencionales, a la edad de cincuenta años vio la rota dentadura de la vejez, sus arrugas mal cosidas, su traje descuidado, su soledad triste e infecunda. Tuvo miedo y echó a correr. Nunca le habían parecido tan imprescindibles el amor, la compañía de una mujer  y un techo seguro bajo el cual amortiguar su deterioro. Pensó que allí, en Rawn, encontraría todo aquello que antes había rechazado. En Rawn, las mujeres tienen fama de hermosas, la vida en sus jardines y sus plazas es alegre, y luminosa y segura y acogedora la paz en el interior de sus viviendas. Había pasado el tiempo. Mi amigo, poco acostumbrado a los mandamientos del amor, conoció a varias mujeres en cuya conquista fracasó-debido, me dijo en un arranque de sinceridad, a la práctica egoista de aquella libertad que en otro tiempo disfrutó de modo exclusivo. Alquiló en las afueras un piso barato, pequeño y con poca luz, y sobre él fueron pasando los años triste y desconsoladamente. Allí, en aquella barra del bar donde el azar, después de muchos años, quiso que nos encontráramos, la vejez, la que menos deseaba, le había dado por fin alcance, incluso un poco antes de tiempo. Estaba solo, descuidado y olía mal. Al preguntarme cual era la razón que me había traído hasta Rawn, le dije que en realidad estaba de paso, que Rawn era una parada más de las muchas que debía hacer hasta llegar a Lur, mi destino final. Me dijo que nunca había oído hablar de esa ciudad y le confesé que yo tampoco. Voy a una ciudad que desconozco, le dije, porque desconozco también de lo que huyo. No era cierto. También yo había encontrado los fríos ojos de un perseguidor implacable y huía de él. Para no abrumarle con pedanterías, omití argumentar mis palabras con otras de Blanchot, en las que el escritor reduce la literatura al ámbito del silencio y el anonimato y en ella desaparece, para que la muerte, o peor aún, la eternidad, no encuentren en su día nadie a quien llevarse. Solo le dije que allí, en Lur, por ser una ciudad que no existe, quizás fuera posible escapar para siempre de los fantasmas de la realidad. Lo dije convencido, pero la mirada oscura y desarraigada de mi amigo, como un pozo de sombra en el que se reflejara la mía, me atemorizó. Di por terminada la escapada y regresé a mi taller. Mejor, me había dejado algunas lámparas sin hacer.

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La mujer transparente

Rosario Jarro es autora de un solo cuento. Danilo Manso, socio fundador de la revista D.O. BELTRONICA, le pidió una colaboración para el ya mítico número 0 de aquella publicación. La escritora accedió a la demanda a cambio de que el propio Danilo instalara unos visillos de Holanda en el salón de su casa, conseguidos en un intercambio similar con un editor de Rotterdam, interesado en incorporar a la autora a una nómina antológica de cuentistas de un solo cuento. Desde entonces, el relato ha sido publicado innumerables veces en distintos medios y en soportes variados, lo que ha permitido a Rosario Jarro obtener recompensas con las que incrementar su patrimonio doméstico. Para su publicación en HERMETICAMENTE RECTO, la ya casi octogenaria escritora ha solicitado un par de apliques de pared, con flores y mucho color, con los que alegremente iluminará el sombrío pasillo de su casa. El acuerdo ha sido inmediato. El relato de Rosario ensaya un tema universal, presumiblemente contado aquí y allá de mil maneras diferentes, pero escrito de un modo sencillo, original y único, en su juventud, por esta dama venerable. Como creemos por encima de todo en el valor de lo inútil, porque creemos en la literatura, es fácil adivinar cual de las dos partes ha salido más  beneficiada con el cambio. El relato lleva el título que da nombre a esta entrada, y esta es la transcripción del manuscrito original:

Una mujer vivía sola. Su mundo era muy pequeño, una pequeña campana de cristal hecha de rutina en la que como una autómata flotaba cada día. Hacía mucho tiempo que había decidido algo: no encontrarse nunca con sus ojos en los espejos. Pero una mañana, sin saber por qué, no cumplió esta norma. Y sus ojos se encontraron con sus ojos. Notó algo extraño, algo impreciso, como si su figura no tuviera una línea definida, como si su silueta se difuminara ligeramente. En los días siguientes fue estudiando este extraño cambio, al que siguieron otros más: poco a poco, y sin saber por qué, notó que sus compañeros de trabajo cada día se dirigían menos a ella, apenas sí la saludaban cuando cada mañana se deslizaba como un pequeño fantasma por la oficina; en los comercios, los dependientes nunca parecían oir lo que les pedía y siempre era la última en ser atendida; el autobús que cogía a diario dejó de parar si ella era la única persona que esperaba en la parada. Su voz se volvía más y más débil, apenas un susurro, como el del viento que rozaba las ramas vacías de los árboles aquel invierno, igual de gris y triste. Cada día, la imagen que le devolvía el espejo era más translúcida, más difuminada, casi transparente. Una tarde salió a la calle. Llovía y en las aceras la gente se apresuraba. Algunos la flanqueaban, otros la empujaban, había quienes incluso pasaban a través de ella. Nadie la veía. Ella se buscaba en los ojos de los demás y sólo encontraba miradas vacías. Fue entonces cuando comenzó a llorar. Lloraba como nadie había llorado antes y al llorar ella misma se convertía en lágrimas. Al final solo quedó un pequeño charco en el suelo, hecho de lágrimas y lluvia, que los peatones esquivaban para no mojarse los zapatos.

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El tiempo, por si las moscas

Antes que el gazpacho, el bañador y el tinto de verano, antes incluso que la canción del verano, existían las moscas. Según Tito Monterroso, quien aprendió mucho de ellas, son junto al amor y la muerte los tres grandes Temas. El no lo escribe con mayúscula, pero yo sí, por el ridículo afán de corregir al gran maestro. Monterroso, como todo el mundo sabe, es el autor del cuento del dinosaurio, ese en que un pobre dinosaurio, amodorrado por la ingesta exagerada de masa forestal, sueña que es un hombre, casado y con dos hijos, que al despertar de un sueño etílico descubre con sorpresa que la botella aún seguía allí. El original de Monterroso es, desgraciadamente, un gran cuento de siete palabras de dificilísima adaptación al cine. Mi versión dinamita las doctrinas del maestro pero abre la puerta a las esperanzas de los guionistas. Escribir que “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, es poco, y el alcance de su mensaje llega hasta donde llegan los temas que no son grandes Temas. En mi humilde opinión, Monterroso perdió la oportunidad de escribir el mejor microrrelato de la historia si su protagonista hubiera sido la mosca. O la mosca, o el amor o la muerte. Cuando despertó, la muerte todavía estaba allí, por ejemplo. O la mosca. O el amor. Bueno, el amor no tanto, el amor no siempre está ahí cuando uno despierta. Pero un dinosaurio…Sorprende, no digo que no, pero es un impacto sin dolor, intranscendente, adaptable como mucho a las plasticidades del séptimo arte, siempre y cuando la botella aún siga ahí. No. Convengamos en aplicar al dinosaurio atributos prestados del Tiempo, un gran Tema excluído de la trilogía del maestro. Entonces a lo mejor sí, entonces a lo mejor uno despierta y comprueba atónito que la monarquía, esa arcaica forma de gobierno, sigue estando ahí, como un dinosaurio. Entonces a lo mejor sí, es el Tiempo el gran Tema y lo absurdo y lo anacrónico y lo inaceptable sostienen entre líneas su formulación. En ese caso, renuncio a mi versión y le devuelvo a Monterroso lo que es suyo, que ya es de todos. Y el cine nos sobra, con el cuento nos vale. Si no nos quedamos satisfechos, dedicamos el resto del  verano a leer la obra completa del maestro, antes de despertarnos, aunque Monterroso siempre estará ahí. Eso, hasta las moscas lo saben. Y si no, al tiempo.

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Cuaderno de verano. Resonancias

Viernes, 13 de Agosto. 2010

El verano no está siendo nada propicio para tus intereses. Parece que, de repente, todo se esté viniendo abajo sin saber por qué y sin poder hacer nada. Tendrás que mantener la calma y la tenacidad que te caracteriza para seguir adelante. Ahora es el momento de ser más fuerte que nunca, sobre todo para esa persona que tanto te necesita. (AKTUAL3, revista mensual de información y entretenimiento. Número 84, agosto de 2010. Horóscopo)

Esta mañana me ha despertado el gallo de los gitanos cantando en el balcón. Durante el día, lo meten en una caja de cartón, en el rellano de la escalera, y allí lo dejan. A veces oigo su canto desasistido e inoportuno, reclamando un poco de atención. No entiendo nada de gallos, pero empiezo a entender algo de gitanos. Llevan en la sangre esas cosas. Como las peleas de gallos están prohibidas, no sé cuándo ni dónde se citan los adversarios ni qué clase de atención o entrenamiento le dan al animal. Probablemente, ninguno. Me da por pensar que, cuando el gallo duerme en el balcón, a la intemperie, al día siguiente hay combate. Cuando canta en el balcón, el gallo se siente más gallo, se hincha orgulloso y reclama el concurso de otros que duermen, igual que él, en diferentes balcones de la plaza. Entonces me pongo los tapones y maldigo mil veces la cabaña avícola y cualquier forma de vida nómada salvo la mía. En cualquier caso, yo ya he empezado mi entrenamiento de ocho semanas por si tuviera que medirme con él inesperadamente, que yo soy gallo en el horóscopo chino, y tal como me está yendo el verano, puede pasar cualquier cosa.

Sábado, 14 de Agosto. 2010

Acostumbran a reunirse en la plaza, alrededor siempre del mismo banco, un grupo de rumanos jóvenes aficionados a tocarse los huevos. Están hechos todos con el mismo molde y se prodigan afectos y maneras que indican la familiaridad que les une. O son hermanos o primos o compañeros de oficio. Visten todos de acuerdo a los patrones de moda que marcan los popes de la mafia, pantalón de chándal, camisetas sin mangas ciñendo las cuadraturas de los torsos, gafas de sol de anchas patillas y pelo casi al rape. Del cuello les cuelgan esas gruesas cadenas doradas que categorizan sus ambiciones de dignidad gregaria. Por lo general, no se sientan, aunque el banco esté vacío. Ellos se mantienen de pie, con los brazos cruzados o con las manos metidas en los hondos y elásticos bolsillos del chándal, donde con visible facilidad alcanzan el escroto y se masajean las bolas mientras imaginan operaciones de contrabando entre fronteras. De tarde en tarde alguien bosteza, da un paso atrás y rompe la perfección del círculo lanzando al aire elegantes y rápidos golpes de boxeo. Sacudido inesperadamente el grupo de su modorra de fantasías, los elementos se despliegan, entonan cánticos y risas y se golpean unos a otros en los hombros con virilidad calculada, transmitiéndose entre si el mensaje y la bravura de sus ambiciones comunes. Darían todo por ser lo que aparentan aparentar, adquirir propiedades, frecuentar el lujo, derrochar fortunas, despertar envidias…mientras tanto, se conforman con lo que son, se reúnen alrededor del banco y se tocan los huevos.

OPERACION TORTOSA (Un diario)  Eladio Redondo  ed. Beltronica

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Cuaderno de verano. La foto

No soy amante de las fotografías pero conservo una que le mandé a mi madre, ya anciana, para satisfacer un deseo que la realidad no le concedería jamás. En ella aparece una joven vestida de novia, de oscuro perfil aindiado, moderamente hermosa. Eleva sus ojos tiernos y tristes a un individuo sonriente, repeinado para la ocasión, que recibe su mirada con agradecida magnanimidad. Soy yo. La mujer, ajado el rostro por horas de llanto, vendía su no estrenado vestido de novia en el rastro aquél. Le ofrecí tantos euros por él y añadí a la oferta una suma no menor para compensar la condición del trato. De ese modo pude inmortalizar el momento irrepetible con el que mi madre alcanzaría el sueño de verme dichosamente casado. Mis pocos ahorros se los llevó el coste de esa operación y el alquiler, caro, de mi traje también imposible, pero poco importa el dinero cuando está en juego la felicidad de una madre. Recuerdo que la mujer hablaba poco, con suave acento andino, y que mantuvo durante la sesión de fotos una impasible y humilde reserva. Le entregué al terminar el dinero del acuerdo y la promesa, que cumplí, de regalarle una copia. De aquello hace ahora más o menos un año, y hoy he vuelto a ver a esa mujer, que se ha presentado ante mí llamando a la puerta de mi casa con un niño en brazos. Nos hemos hecho una foto, los tres, y me ha confesado que, después de tantos años lejos de su tierra, la foto le haría ilusión a su madre.

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