Notas para combatir el aislamiento. La desescalada. 1.

Me gusta entrar en el taller sobre todo ahora que está límpio y ordenado. Comienza la desescalada. Los días de sol saco el material afuera y sobre una mesa de tochos y planchas de aluminio, trabajo. He empezado a cortar cartón y a trazar el diseño de las cubiertas de las libretas. Poco a poco. Mientras trabajas, vas pensando cosas. Sobre la mesa tengo siempre una pila de periódicos que utilizo como base para encolar el papel cortado. Coges una hoja, encolas y lo tiras. Cada vez que se encola hay que tirar la hoja del periódico. Normal, es la manera más segura de no pringar el material encuadernable. Muchos de los periódicos que utilizo son viejos, quiero decir que son ediciones antíguas, de hace cinco, seis o siete años. Si un periódico del día de ayer ya es antiguo, uno de siete u ocho años es un resto arqueológico. Trabajo con restos arqueológicos de usar y tirar. De vez en cuando, antes de encolar, leo esas relíquias de pie, parado frente a la mesa de trabajo, por la curiosidad de saber cómo era la normalidad en tiempos remotos. Y la verdad, no siento nostalgia, se parece mucho a la que tenemos ahora. A la confinada, de la que muchos no querrían salir nunca y otros no encuentran sítio en el que meterse, y a la exterior, donde los normales día a día se suceden amparados en desigualdad e intolerancias. Convertidas en papel de periódico, dentro de unos años una y otra devendrán en restos arqueológicos, pero todo seguirá con normalidad.

He ído a un pueblo vecino a comprar cola y barniz al agua. Es un establecimiento de ferretería, maderas y herramientas en general. En un patio lateral de la nave, una empleada atendía al público para evitar el acceso al interior. El servício era lento porque aplicaba con rigor las normas de seguridad. Hacía cola a unos metros de mí Amancio, a quien he reconocido por el espesor de sus cejas cayendo sobre la mascarilla. Me grita que ha venido a comprar cinta para las moscas. Esas cintas engomadas que se cuelgan de cualquier sítio donde se quedan adheridas las moscas al posarse, hasta que mueren. Cualquiera que haya visto una cinta de ésas llena de cadáveres sabe que es asquerosa. Yo las recuerdo de cuando era pequeño, pero no las había vuelto a ver nunca más, creía que eran una relìquia del pasado, un resto arqueológico. Se ve que no. La realidad que vivimos tiene un cierto parecido a esa cinta, una lámina pegajosa y única donde un día tras otro acuden a posarse nuestros obsesionados pensamientos. Tenemos pocos, casi todos iguales, y aunque poseemos la capacidad de imaginar otras realidades, acudimos en masa a colocarlos en esa, donde la libertad parece estar esperándonos. Luego resulta asqueroso ver todos esos pensamientos convertidos en cadáveres.

Leo antes de encolar una notícia en La Vanguardia del 15 del 06 del 2015 que relata la conexión con la Tierra de la sonda Rosetta, tras más de seis meses de hibernación de su módulo Philae, el primer artefacto que aterriza en un cometa. La misión tiene como objetivo viajar con el cuerpo celeste en su aproximación al sol y obtener datos con los que investigar el origen de la vida. Por haber caído en una zona oscura del pedrusco volador, Philae perdió su carga de energía y entró en coma, hasta pocos días antes de la fecha, recuperado gracias a la cercanía del sol y al efecto gravitorio constante del propio cometa. He leído más tarde que, a pesar de incidencias posteriores que temían el fracaso del proyecto, la misión finalizó con éxito en septiembre del 2016 con el suicidio programado de Rosetta, que ahora está, apagada para siempre, en una grieta del P67, el nombre científico del anfitrión estelar. Esa cinta sideral tiene ya sus dos primeros  cadáveres, y en el vientre de Rosetta, la obsesionada esperanza de que el universo azaroso proporcione alguno más: por si tal cosa sucede y tiene pintas raras quien llegue hasta allí, en el interior de la nave hay una placa de níquel con mensajes en 1000 idiomas. Satisface pensar que tal vez la esperanza dormita en su cuna de origen, donde se han encontrado moléculas de oxigeno y compuestos orgánicos precursores de proteínas. Y si en todo ello ni siquiera hubiera esperanza, al menos hay poesía. La poesía es lo último que se pierde.

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