Notas para combatir el aislamiento. Tercer domingo.

Me paso la noche entera soñando, no hay quién lo entienda. O no duermes y pasas la noche en vela, contando ovejitas hasta aburrirte sin que suceda nada, o te duermes y empieza enseguida un torbellino de secuencias que no se detiene hasta que al tiovivo se le acaba la cuerda. Por lo general, salvo excepciones en las que me apresuro a dejar constancia escrita de ellos, no me acuerdo de los sueños. Dicen los expertos, los que han leído a Freud, maestro de esta disciplina, que la ausencia de los mismos se traduce en la experiencia de un buen descanso. No lo sé, yo sólo sé que esta noche no he parado y me he levantado a la hora de todos los días, con un regusto levemente amargo en la boca, pero feliz. Tal vez un poco cansado, sí, pero correspondía a ese tipo de cansancio que llega al final de un día colmado de satisfacciones. Estoy tentado de llamar a un amigo aficionado a estas fantasías, como él las llama, y dejarme convencer por los múltiples significados que hallaría, pero no sé si lo haré. Otras veces sí, otras veces se las transmito y él las redacta y construye una novela de aventuras con todas las interpretaciones posibles: las ortodoxas, aquéllas a las que él llama de manual, y las personales, las suyas propias, llevado por su desbordante imaginación. No me suelo decantar por ninguna de las dos, pero nos lo pasamos bien y así él poco a poco va acumulando material con el que rellenar los cuadernos que me compra. No quiero alargarme, pero es un personaje curioso, flaco y desaliñado, de permanentes ojeras, con ese aspecto fantasmagórico del que se pasa las noches enteras en vela, escribiendo sin parar los sueños de los otros porque él no los puede soñar. Yo creo que estos días le estará superando el trabajo, que ni dormirá de día ni dormirá de noche, ante la avalancha inédita de conocidos y amigos que querrán encontrar una solución al enigma de las pesadillas que padecen. Los expertos dicen que a un tiempo de pesadilla, sueños de pesadilla. Tal vez por eso me da un poco de cosa confesar que he tenido una noche tranquila y reposada, nada delirante, en la que no aparecían absurdos surreales poniendo el mundo al revés. De muchas cosas no me acuerdo, pero en algunos sueños estaban las terrazas de los bares llenas, las personas se abrazaban en medio de la calle, se conocieran o no, sonaban con estrépito y alegre tintineo las cajas registradoras de los establecimientos, como en los viejos tiempos, y en las plazas y en los parques jugaban a gritos los niños, corrían jóvenes vestidos con chandals luminosos y brillantes. Había en el aire una secreta transparencia de dicha que todos parecían compartir. Como era un sueño fácil, me ha parecido innecesaria la consulta de alguien experto como mi amigo o la de un tratado clásico y clarificador. Aunque no había, ahora que lo pienso, gente mayor o ancianos, eran todos rostros de jóvenes o personas maduras de fuerte o resistente complexión. Y es ahora, al recordarlo, cuando siento en la boca la incipiente expansión de aquel depósito amargo que originaba mi inquietud, al levantarme, y que poco a poco, sin resistencia, está invadiendo mi estimulado bienestar.

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