Notas para combatir el aislamiento. Tercer sábado.

La lluvia de ayer no es una lluvia cualquiera, ni el trozo de cielo azul enmarcado entre nubes de hoy, tampoco. El sol hoy calienta de otra manera, nunca había calentado así, y en el camino la tierra roja siempre ha sido roja, impregnada de un hierro fino y polvoriento cambiante y permanente. Pero la tierra no es la misma porque conserva aún la humedad de ayer y la calienta el sol de hoy. Todo lo verde, o azul o rojo hoy es distinto, y lo será también mañana y para siempre. Porque el sol o la lluvia de mañana también lo serán. Oigo mis pasos, reconozco el sonido de la presión de mis pies sobre la tierra mojada, pero es un sonido nuevo, distinto, un crujir germinado en el suelo que piso y transformado en la pureza inédita del aire que atraviesa. No puede ser esta corteza del árbol que ahora toco, la misma corteza que fue ayer, ni el vuelo del pájaro al que mi vista alcanza en el aire diáfano, es el mismo vuelo. En el vuelo del pájaro y en la corteza del árbol que ahora toco, son invisibles las huellas de lo extraordinario que acontece, porque en ellos no acontece nada extraordinario, pero son lo que son, nuevos y distintos, por las huellas que dejan en lo extraordinario que acontece en mí.

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