Notas para combatir el aislamiento. Segundo domingo.

Salgo como cada día hasta el camino pero no hay nadie, no encuentro a nadie, hace días que no pasa nadie. Ayer, o antes de ayer, qué más da, me había parecido oir la voz de Amancio. Como su huerto está a cien metros de mi casa, al otro lado de un campo de avellanos que impide vernos, algunas veces le oigo. Le oigo a él o a quien esté con él o a la vieja radio que tiene colgada de la rama de un cerezo. Normalmente, no le hago visitas. Nos encontramos cuando nos encontramos en el camino, junto a la balsa, y yo le cuento las cosas que se me ocurren y él asiente a todo. Bueno, no asiente asiente, en realidad repite siempre mis últimas palabras, lo que en el fondo es un modo de asentir. Hace dos años, un mes de enero que no recuerdo si era frío o no, me había dejado crecer la barba y me encontré con él. Al cabo de unos días, o de semanas, volvimos a encontrarnos otra vez, los dos con barba, algo que yo entendí como un gesto retroactivo de asentimiento por su parte. Como estaba de acuerdo conmigo en tener barba, él también se la dejaba. Tal vez me esté yendo por las ramas, pero bueno, qué más da. Oí lo que creía que era su voz, o la radio, pero era temeraria esa suposición. Amancio tiene aspecto de hombre recio y fuerte, y seguramente lo fue, pero tiene también una edad proclive estos días a absorber el mal que sacude al mundo. Dudo, además, que un hombre como él, que asiente a todo con facilidad, se rebele así como así contra un decreto real. Por no decir que es un hombre bueno, castellano viejo, que si se enfada se enfada porque te enfadas tú, por seguirte la corriente, alguien a quien le cuesta mucho pedir un favor, a quien le cuesta mucho ser el primero en pedir un favor. Sabiendo esto, yo se lo pedí un día, para que pudiera usar su turno cuando tuviera una necesidad. Y aun así. Vino un día a mi casa, cosa rara, y como le vi indeciso vagando como una sombra por el porche, le hice pasar. Le ofrecí una silla, le puse un café, asintió unas cuantas veces y, dándome las gracias, se fue. Yo también se las dí, porque es de bien nacidos, y le recordé que aquí estaba, para lo que fuese menester. Volvió al rato, diez minutos o por ahí, y con la vergűenza humilde de un tomate, me pidió la furgoneta, esta vez sí. Pagando, pagando…me decía, como si le fuera a denunciar por semejante atrevimiento. Un hombre bueno, ya digo, pero me estoy yendo por las ramas. Qué más da… Me ha parecido oir su voz, la de él o la de alguien que esté con él, o la de la vieja radio que tiene colgada de la rama de un cerezo, aunque a lo mejor son imaginaciones mías.

2 comentarios en “Notas para combatir el aislamiento. Segundo domingo.

  1. El aismamiento nos tienta a ser más abiertos , claro… por la falta de comunicación. Hoy nos has invitado a tu porche para tomar café y ya sabemos que podrías prestar una furgoneta sin pagarlo. ¡¿ Que cosas podríamos saber de ti al acabar la cuarentena?!…ni lo imagino. Un besito.

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