El viajero

El viajero entra en el pueblo por donde siempre, por donde entraba cuando era niño en algún verano y por donde todos entran, ahora en coche o a pie o a los lomos de un burro o de una mula antes, dejando la venta a la derecha y el río a la izquierda, una línea de agua escondida entre chopos por la que ya apenas circula como antaño vida alguna. Ahora entra el viajero mirando quizás con una curiosidad mayor el alcance de los campos abigarrándose en la vega, troceados, zurcidos y manoseados como un ajuar de rústicas sábanas. Dejando que la vista se nuble sobre el horizonte quebrado de aquellas lomas secas en las que se esconden los rumores aún latentes del hambre y la fatiga. Ahora es distinto. Ahora se sube por las calles sin la torsión y el peligro de piedras y cantos polvorientos, sobre el suave asfalto quemado el vehículo alcanza enseguida cumbres y miradores que en otros tiempos eran arduos o imposibles. El viajero llega a una plaza en forzado rectángulo que siempre le pareció fea y fría y desolada, circundada de remolques y pertrechos que le dan forma de coso, arenada toda ella con tierra traída de no sabe dónde para que los toros hinquen sus hocicos antes y después de ser mareados con alegría y cruel desenfado. El pueblo en fiestas. El viajero se siente allí extranjero, aunque no lo es. De la plaza hacia arriba y hacia abajo hay casas cuyas cortinas echadas en las épocas de más calor son como mantas de sombra y silencio, aromas secos y profundos que su memoria recupera en un instante y en un instante se vuelcan y se desmigajan solos, sobre el suelo de su extraña extranjería. Calles hacia arriba y hacia abajo y callejones y retorcidas y empinadas cuestas algunas de las cuales conservan aún el sudor de sus animales y el aliento cansado de sus campesinos. Recovecos rocosos que huyen hacia rocosas hendiduras por las que asoma una rala y humillada vegetación, esqueletos de tiempo, fósiles cenicientos en los que puede leerse la tardanza y la quimera. Restos, residuos de viejos corrales apresados entre rugosos riscos cierran sus salidas al mundo con maderas y travesaños inflados de agua y vueltos a secar por el frío cierzo, requemados y vueltos a quemar por el poderoso e inmisericorde calor de la llanura. Sobre las peñas y bajo las peñas y entre ellas, casas que fueron tumbas de pueblos hace siglos muertos resplandecen ahora en desordenado estilo con la cal fresca y nueva de los tiempos nuevos, vistosas fachadas de ladrillos, balconadas inéditas, enrejados primorosos y austera monocromía de tiempo detenido. Y arriba, en lo más alto de los montañosos cerros, ruina estricta en su definición, la torre de un siempre llamado castillo derrama su ciega mirada sobre el vallejuelo inalterado y magnético, olivos, almendros, explanadas extintas de mieses y sueños aventados entre sendas de tomillo y retama. El viajero desciende a pie ahora por una calle larga y tuerce y sube hasta una placeta con un centro de piedra y un banco contra la fachada de una casa, una de esas casas nuevas levantadas sobre las ruinas de antiguas viviendas con corrales y cuadras devorados por la oscuridad del tiempo. Sobre la casa que dicen que fue la suya y donde nació se levanta ahora ésta, pero el viajero no ve, no siente, y aunque quisiera sentirse parte no se siente parte ni halla sombras o arrimo de sombras que dibujen o trasmitan o deshagan su confusa convicción de forastero y errante. No halla nada allí en aquella casa enterrada aunque luche desde sus ocultos escombros la lenta y pesada memoria por emerger y agarrarse y sostenerse a algo vivo y presente.

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10 respuestas a “El viajero

  1. Ya sabía que no ibas a defraudarnos. La recreación es magnífica, visual. Se vive ese paseo por el pueblo contemplado a través de los ojos del viajero. El pasado está ahí. La casa no está enterrada sino camuflada. O, si quieres, transformada. Ese es el destino de los hombres y de las cosas: adoptar diversas apariencias sin dejar de ser ellos mismos. Incluso lo que ha desaparecido nos constituye también. Un abrazo.

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  2. “No regreseis nunca a los lugares donde estabais una vez feliz,” Algo así , creo que es de un poema de ¿Paul Eluard ? no lo recuerdo, pero me gustó. Es que nunca encontrarás lo mismo y destruirás el bello recuerdo y la sensación que albergaba tu memoria

    El texto es absolutamente sofisticado. Un beso..

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    1. Sobre ese verso he reflexionado siempre mucho, y yo creo que todos. A veces es irresistible, regresar a la felicidad perdida. En cuanto pasado, sabemos que es imposible. Pero podemos construir un presente que recoja aquel espíritu o sentimiento dejado atrás. Escribir es una nanera de hacerlo. Gracias, Tatiana. Un beso.

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