cacahuetes

En el bar de ese barrio, cuando voy a comprar tachuelas, entro siempre después de las nueve. Si antes de esa hora he terminado mis quehaceres, mato el tiempo mirando la forma y el lustre de los zapatos de la gente, que para eso soy zapatero. No entro antes porque el camarero con bigote y pelo largo y lacio no me pone nunca cacahuetes como a los demás, no sé por qué. Me espero por eso, porque a las nueve entra en su lugar Manolo, un hombre más o menos de mi edad que celebra mi visita con natural cordialidad y me pone junto con la caña un plato de cacahuetes. El otro, sin embargo, es serio y ceñudo y me sirve la cerveza sobre la barra mojada como con desprecio, sin mirarme, como si estuviera haciéndome un favor. Todo lo contrario que Manolo. Manolo pasa primero un paño húmedo y coloca un posavasos de cartón de heineken y sobre él pone la copa. Y enseguida, al lado, el platito de cacahuetes. Ahí está, señor, su poquito de pienso. Con alegría, con soltura y con humor, como tiene que ser. No hay color. El otro se cruza de brazos, apoya la espalda en la cafetera y se pone a mirar la televisión. No me gusta. Por lo mismo, ya hace mucho tiempo que tengo el placer de no sentirme cerca de él. Más allá de esa seriedad y displicencia que define su manera de hacer, hay en él un poso melancólico y turbio, una suma de hastío y desgana en la que quizás, a la hora en que yo entro, ya no quedan fuerzas para para poner un puñado de cacahuetes. Algunas veces, por lo que sea, cuando llego ya pasadas las nueve, el relevo aún no se ha producido. Entonces me quedo agazapado en la sombra de la papelería de enfrente y espero a que salga el que no me gusta. Cuando aparece, aunque con dificultad, observo leves signos de mejora en su ánimo. Por un instante, el cambio de guardia parece proporcionarle un minúsculo chispazo de alivio. Aún en la puerta, bajo la marquesina, mira a un lado y a otro de la calle, enciende un cigarrillo y expulsa el humo como si expulsara una enorme masa de gas del interior de sus pulmones que le impedía respirar con normalidad. Luego se sube el cuello de la cazadora y echa a caminar calle abajo, con una barra de pan bajo el brazo. O con una bolsa de plástico de la compra, o a veces con dos. Hoy, serio y callado como no podía ser menos, se ha cruzado conmigo en la acera, camino yo del bar, y, sin querer, o porque es el hábito que me impone el oficio, he echado un vistazo rápido a sus zapatos. En realidad, no eran unos zapatos, sino unas zapatillas de andar por casa, una de esas zapatillas de cuadros marrones, viejas y gastadas, más propias de un anciano que de un camarero serio y ceñudo pero todavía joven, con un futuro aún por delante. Y lo que es peor, más propias del hombre que vive en soledad, y se abandona y deja que la vida le arrastre igual que el viento arrastra las hojas muertas en otoño. Entonces, sin poderlo evitar, he sentido lástima por él, pero pequeña, una lástima ruin y avara que desapareció enseguida, cuando llegué al bar y Manolo me puso una cerveza y un platito de cacahuetes.

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14 respuestas a “cacahuetes

  1. Ohhhh…que bien has escrito . Nos conmueven los textos donde nos identificamos totalmente con el personaje. A mi me asombra esa capacidad de los que escriben transmitir tan real lo que yo sentí tambien alguna vez en mi vida.
    Un beso de admiración.
    …que celebra mi visita con natural cordialidad. Es verdad , siempre se nota cuando la cordialidad es natural.

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