Treinta

Mañana me cambiaré de habitación, probablemente. Podría hacerlo hoy mismo, pero me da pereza abandonar esta cama y despedirme de la maravillosa luz que cada mañana la inunda. A lo demás le he cogido poco afecto. Ninguno. El viejo sillón de orejas en el rincón no es suficiente, los libros los coloco mal, donde puedo, no tengo un espacio decente donde poner el ordenador (ahora escribo en la cama), y la decoración es rancia, anticuada: el armario, la cómoda, las mesitas de noche, el crucifijo…Y además, los ruidos de la cocina, que no pocas veces molestan. O los portazos imperdonables de C cuando cierra la puerta de su habitación y el chirrido enervante de no sé qué armarito de baño. Pese a todo, esa otra habitación que promete un mejor ordenamiento de propósitos, más comodidad y holgura, la habitación que han dejado D y E, no me acaba de convencer. Ha quedado en el aire un olor a la vida de otros que mi nostalgia no necesita. Meterse ya en alguna de sus camas es como arroparse con la piel de los que aún ayer dormían en ellas.

En aquella foto que ví en El País , Nelson Mandela, sentado en el suelo, se cosía un pantalón o una camisa en el patio de la prisión de Robenn Island, donde llevaba preso casi veintisiete años. El pie de foto anunciaba la probable liberación del lider del ANC. El impacto de la fotografía fue tan intenso que la imágen me quedó grabada para siempre en la memoria. Ayer fuí a ver Invictus, la película de Clint Eastwood que narra el triunfo de la selección sudafricana de rugbi en el campeonato del mundo y de cómo la capacidad de liderazgo, el carisma y el talento político de Mandela impulsa la reconciliación entre blancos y negros a través del deporte. La película, bueno… Comprendo que llevar a la pantalla un acontecimiento aún reciente, en el que la emoción desborda las fronteras de lo histórico y lo político es una tarea un tanto imposible para un creador. La grandeza de aquel acontecimiento es una obra de arte en sí misma, una obra original ante la que cualquier otra réplica artística está destinada a fracasar. Por eso, la película puede no emocionar al espectador, aunque sí emocione al admirador del lider sudafricano. Yo, que soy tanto un admirador del cine de Eastwood como de la figura política y humana de Mandela, me sentí simultáneamente frío y emocionado. El calor que recibía no me lo daba el personaje que interpreta Morgan Freeman, sino el espíritu y la personalidad de Mandela, esa obra de arte única y original, antepuesta a su representación o a su copia.

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