Veintisiete

Lo que otorgaba cierta familiaridad al viejo Street no era sólo su calculada penumbra. La hora en que yo entraba en él la propiciaba tanto como su escasa luz o su decoración y su mobiliario, cercano y doméstico, a medio camino entre ikea y un vestibulito de burdel. La barra estrechaba el espacio que conducía a un fondo algo más elevado, pero también reducido, donde había unos dardos y alguna cosa más. Para tomar mi cerveza yo elegía esa hora de clientela sosegada y poco numerosa en la que los hombres beben en silencio y las mujeres, o ya se han ído o ya no vendrán. Entraba, me sentaba en un taburete y Tais, después de servirme la cerveza, volvía a su parchis. Su compañera de juego era su hermana, una mujer de veintipocos años, delgada y con moderados sueños de modelo. Además de la sangre, a las dos las hermanaba la simpatía y la naturalidad. Mi silencio les caía bien. Yo, con mi cerveza y mis periódicos, me sentaba cerca de ellas para sentir mejor ese calor familiar, sin molestar. Me gustaba escuchar el sonido de los dados sobre el tablero y el batir de esa pequeña coctelera donde se gestionaba el azar. Y espiar sus rostros, con eficaz disimulo, para encontrar en ellos la vieja paz del hogar. La impresión de aquel cuadro era la de dos mujeres viviendo un instante tan cotidiano como feliz, un cuadro reconfortante para un corazón solitario. Snif. Luego supieron más de mí, yo también tengo mi simpatía.Vinieron a mi tienda, me compraron cosas, agregué sus nombres a mi cartera de clientes, se ensanchó nuestro círculo de relación. En definitiva, perdí el anonimato, pero yo seguía sin olvidar lo que tenía que olvidar. Luego el Street cambió de local y pasó todo lo demás.

La visita de Lina esta mañana, después de tanto tiempo, me trae de nuevo el recuerdo del Street. También aquello es recuerdo que hoy renace, porque Lina sigue presente, aún. Y el Street, con ella, también era otro. Me alegra mucho volver a verla. Lo que nunca sabré es de donde viene su fuerza, desde donde emana su belleza, en qué centro se origina el poder que domina mis sentimientos. El caso es que ese poder lo prejuzgo fatal, y me inhibo. En fin, el Street… que algo acabe indica no sólo que una época termina, también que contamos con un nuevo pasado. A la postre, todo acaba por perderse. Pero no hay memoria sin pérdida.

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