Veintiséis

Al princípio, poco tiempo después de abrir la tienda, de vez en cuando entraba en el Street a tomarme una cerveza. Hace ya tiempo que no voy. Me gustaba ir porque era otro de esos sítios en los que, a mi modo, disfruto de los privilegios que concede el anonimato. Me tomaba una cerveza, escuchaba música aceptable y leía algún periódico deportivo. Los periódicos deportivos son la mejor anestesia, el mejor sedante cuando uno tiene entre manos alguna cosa que olvidar, y yo tenía una. El Street era un local estrecho y con poca luz atendido por una camarera brasileña joven y simpática. Se llamaba, se llama, Tais. Hablaba poco con ella, yo iba a mis periódicos. Poco tiempo después, el bar cambió su emplazamiento. El local era mucho más grande, tenía más estilo, una estética aprovechada en parte de lo que antes también había sido un bar. Era mejor. Seguí yendo, pero ya no encontraba la intimidad casi familiar a la que me tenía acostumbrado el anterior. Fuí espaciando mis visitas. En parte, también, por algunas manías mías que no justifican razonablemente una decisión. Por eso son manías. El dueño me caía bien, tenía un modo de vestir a medio camino entre el macarra y el dandy que le concedía cierta personalidad. A través de Tais supo que tenía una tienda y una tarde me hizo una visita. Tenía también un negocio de condones en Olot, de donde procedía, y otro en la calle Santa Teresa, muy cerca de mi tienda. Él me confesó que le íba bien, pero estaba sorprendido de que un negocio así funcionara en una ciudad como T. No sé por qué. En todas partes se folla, le dije, aunque sea con la luz apagada. O a lo mejor no, no sé. El caso es que se interesó por unas lámparas en forma de maniquíes y prometió regresar, pero no volvió más. Dijo que lo consultaría con su mujer, pero no volvió más. Y aquí está la manía. Su mujer. Alta, delgada, de pelo y piel agitanados, nunca me cayó bien. Me daba la impresión de ser una de esas mujeres que cada mañana preguntan al espejo quién es la más bella, la más grande, la más sabia…la más mala…Esta mañana Tais ha visitado mi tienda y me ha dejado un curriculum. Como no pagaban el alquiler desde hacía meses, el Street ha cerrado por desahucio y Tais se ha quedado en la calle. Sin paro, porque no estaba asegurada y tampoco lo sabía. Lo que son las manías.

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10 respuestas a “Veintiséis

  1. Esa querencia del protagonista por las intimidad de las cafeterías me recuerda mucho a Patti Smith, que llegó a confesar en sus memorias que su sueño era abrir una y limpiar las mesas con té, según ella para que olieran mejor, pero yo creo que era una manía suya. Saludos.

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  2. El texto es precioso. Lo de la intimidad de bares es totalmente mío, me lo has robado , tuve la idea escribir lo mismo. Nunca entro en los bares modernos , ámplios, blancos y bien diseñados….no tienen personalidad y escencia. ¿ Manias? Un abrazo

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