Diecinueve

Hace tiempo que Amina no venía. Me ha dicho que estaba trabajando en X, haciendo jornales. No le desaparece del rostro, con todo, el pesar y la incertidumbre. La tristeza. A veces, cuando me habla de sus cosas, me da la sensación de que espera encontrar en mí una ayuda que resuelva en parte esa incertidumbre y ese pesar. Pero yo no sé cómo. La última vez sacó una carterita del bolso que siempre le cuelga del hombro y me enseñó algunas fotos. De ella y de sus dos hijos, que están en Marruecos, con su madre. En una de ellas Amina, más joven pero no menos guapa, posa sonriente, envuelta en velos. El escenario son los espejos y el modesto mobiliario de la peluquería que regentaba en Larache. La relación con su marido es turbia porque me da a entender que no lo es, pero no revela más detalles y está en su derecho. Yo me hago cábalas y deduzco narraciones paralelas que vale más que permanezcan en secreto. Sé, porque me lo dice ella, que su situación crea muchas dudas entre los paisanos que la conocen, y me imagino que para sobrevivir tiene que guardar celosamente esa parte de su vida. A mí me dice que se separó de su marido, pero no consigo hacer encajar ese relato en su contexto cultural. Barrunto que hay detrás un drama complejo y doloroso, pero no me meto.

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