Catorce

Siempre he sentido debilidad por las mujeres sin pintar, en pijama, con el pelo recogido en una improvisada coleta, o suelto, acariciado por una mano lenta marcada por el sueño, los ojos medio cerrados, los labios mohínos, casi pedigüeños. En pijama o en bata, una bata rosa y zapatillas de felpa del mismo color, arrastradas con pesadez por un cálido suelo de madera gastado por la rutina o por el amor. En pijama, en bata o desarregladas, vestidas con informalidad doméstica, con camisetas largas y anchas que marcan muy levemente sus pechos y distraen o acercan a contraluz sus formas, con camisetas cortas, agujereadas en las mangas, con pantalones anchos, descuidados, con sandalias, con calcetines gruesos, descalzas. La intimidad es la marca de su belleza, el sello de su sensualidad. Luego, cuando se visten, se pintan o se arreglan la marca de esa belleza secreta desaparece. Son otras. Veo a otras. Y a mi me gusta ver a A abriendo la nevera mientras bosteza, con el pelo despeinado sobre los hombros, y a C, que recoge su resplandeciente belleza nocturna en las rayas de su cálido pijama, vuelta hacia la ventana, recibiendo el primer sol de la mañana, y a M, en malla negra, desaliñada, siempre siendo lo que es, esté dentro o esté fuera.

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