Trece

Amina me visita esta mañana envuelta en sus pañuelos de invierno. De una arrugada bolsa de plástico que extrae de su bolso saca una tartera y una crepe densa y olorosa. Lo que hay en la tartera no sé cómo se llama. Está hecho con harina y azúcar, con semillas de sésamo, con leche y con canela. Es una pasta de moderado sabor dulce, áspera y seca, para untar y comer acompañando algunos platos. Un regalo para tí, me dice. Este primer rasgo de generosidad de Amina, en cierto modo, me conmueve. Lo que hay en su cabeza y en su corazón todavìa es pronto para saberlo. Su intimidad está a cubierto de acechanzas y oportunidades. El caftán o chilaba, el pañuelo, el pantalón que tímidamente asoma y cubre el tobillo, el calzado siempre cerrado es algo más que una vestimenta con la que ahuyenta el deseo de los hombres. La protege también de análisis equivocados o de observaciones persistentes, la defiende de opiniones, de rumores, de habladurías. Pero debajo de esa ropa hay un corazón que late, y una cabeza que piensa y, iba a decir, que duda, pero no lo digo…Ciertos rasgos de generosidad no son incompatibles con el acatamiento ciego a unos dogmas. Al contrario. En el corazón de Amina hay disposición y agradecimiento, ternura y compasión. Lo que no sé es qué parte corresponde a su naturaleza y qué otra a esa obediencia temerosa de la doctrina. Aún no lo sé. Por lo demás, un rasgo de generosidad no convierte a Amina, ni a nadie, en un ser bondadoso. Rasgos inequívocos de generosidad se dan también en el malvado. Y una persona buena no es tampoco aquella que impone criterios o no admite réplicas o huye asustada de la razón. El Sáhara es marroquí y punto. A Amina, sin duda también por ignorancia, le basta una sola verdad. Y ahí es donde su generosidad mengua o desaparece. Y la verdad no admite recortes.

Luego está la realidad, la que no admite filosofías ni recreaciones poéticas o aventuras más o menos literarias. La realidad que advierte y manda callar al poema susurrante y melancólico que se complace a sí mismo, el texto pretencioso y edificante, el que eleva dictámenes y sentencia metafísicas. La de Amina, que empieza a conocer las carencias de su desamparo, el alejamiento de los suyos, el difícil día a día. Sin trabajo y sin perspectivas de tenerlo, con los ahorros de su cuenta a cero, qué le importa a ella cuál es la naturaleza de su bondad. Hay que comer. Y ahí viene, cargada de esa realidad urgente que no admite florituras de estilo, con el carrito de la compra colmado de alimentos donados por la Cruz Roja.

 

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6 respuestas a “Trece

  1. En realidad nos manejan los dogmas a todos , algunos del vestimenta y del Sáhara y otros pensando que solamente la cultura occidental es la mejor o la dieta mediterranea va a salvar el mundo etc. etc. Los dogmas no funcionan cuando se trata de sobrevivir , entonces vale todo. El texto tuyo es para reflexionar mucho.. Un abrazo

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