Ocho

De Duvravka Ugresić desconozco absolutamente todo. Lo que ahora sé es lo que me cuenta la contracubierta de un libro de crónicas suyo que esta mañana, antes de abrir la tienda, he comprado, editado por Anagrama. Hace ya tiempo que no compro novelas a ciegas porque el riesgo de decepción es cada vez mayor, y mi bolsillo cada vez más pequeño. No me pasa con los libros de crónicas, que tan poco abundan, por cierto. Estoy encantado. Me ha gustado este fragmento porque es divertido y ameno, y contiene una forma de mirar que adelanta perspicacias e ironías brillantes. Espero encontrar muchos de estos. Pero internet me da otras pistas: Duvravka Ugresić nació en Croacia en 1949 y la abandonó en 1993, perseguida por su antibelicismo y su antinacionalismo durante la guerra de Yugoslavia, algo entonces imperdonable. En una entrevista para El País del año 2003 enumeraba las tres humillaciones a las que se vió sometida, ella y los que padecieron la brutalidad y la estupidez de aquella guerra: la imposición de una identidad, la paranoia como forma de vida y  el olvido forzoso del pasado: “La destrucción no fue sólo material, fue mental y de manera constante”.  Seguiré rastreando.

“Hay personas que escribirían sus memorias ellos mismos, pero no saben cómo hacerlo. Para éstos, los mercados ofrecen servícios de entrenadores y terapeutas con licencia, así como instructores de escritura creativa especializados en libros de memorias. Los instructores ayudarán al principiante a “desenterrar sus recuerdos enterrados”, a vivir la “experiencia creativa” que supone el acto de escribir las memorias. Además, los instructores le enseñarán al estudiante cómo encontrar citas que son hermosas y están bellamente escritas. (“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”, Marcel Proust; o: “Hay dos maneras de difundir la luz: ser la vela o el espejo que la refleja”, Edith Warthon). Y, lo que es más importante, los entrenadores convencerán al alumno de que su vida debe ser escrita. Porque cada vida es “especial y única”. Una alumna de noventa años, que se sometió a la terapia de la escritura creativa y escribió sus memorias, declaró: “He tenido una vida maravillosa. Sólo lamento no haberlo sabido antes.”  D.U.

 

Vuelvo al chalé de Tortosa, pero la habitación que yo ocupaba antes, la mejor, está ahora ocupada por C, que a su vez estaba en la que yo ocuparé ahora, más pequeña, sin cuarto de baño propio y más rancia de estilo, más “sólo habitación”. Una cama grande presidida por un crucifijo discreto, dos mesitas de noche, un tocador de estilo clásico sobre el que descansa un pequeño televisor de pantalla plana, una mesita para poner algún libro y el ordenador y un armario de tres cuerpos, fenomenal e igualmente clásico. Lo mejor es el sillón de orejas al pie del gran ventanal, y la calidez del suelo de madera y las pequeñas alfombras repartidas aquí y allá. No es de mi gusto, ni lo que deseaba, pero ya estoy aquí. La sintonía con el resto de los inquilinos, que ya son amigos, la doy por asegurada. Si no, no me quedaría. Hoy he comido con A.

Desplazándose en el espacio, el nómada se mantiene al margen del tiempo.

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