Siete

Me ha pedido tantas veces dinero que ya me he cansado de decirle que sí. Es un caso extraño, el de esta mujer, porque su apariencia contradice su relato. Primero fueron diez euros, luego otros diez y otros diez y ahora veinte. Me los ha devuelto siempre, es verdad, pero por experiencia sé que hay una última vez en que el dinero ya no vuelve, y antes de que eso suceda, me he negado. Además, le he dicho que no soy un banco, ni un prestamista ni no sé cuántas cosas más. Su decepción ha sido enorme, pero aún así ha insistido, como si de la amistad que no hay entre nosotros dependiera su dignidad. Y no, no puede ser que yo, un desconocido al fin y al cabo, sea la única persona en el mundo que pueda dejarle dinero. Lo más sorprendente es que me habla con absoluta naturalidad de un marido que hace trabajillos esporádicamente, en lo que sale, y de una madre ingrata, “podrida de dinero”, que nunca ha llevado bien tener una hija que va a su aire. A mí todas esas cosas no me cuadran, pero a ella parecer ser que sí, y se ve que, en su conjunto, el mundo ha de agradecer que existan personas sensibles y comprensivas como ella, quien, a pesar de todo, no guarda a nadie ningún rencor. No, se acabó, ni un euro más, así que me ha pedido su book de acuarelas y, muy ofendida, ha salido de la tienda sin decir adiós.

En cambio, a mí, su actitud me ha dejado un denso poso de irritación. Por dentro, que no sé si es peor. Me ha pasado otras veces, lo de prestar dinero, así, a cualquiera, deben de ver en mi cara de tontaina o bobalicón. Como el joven aquél, pocos meses después de abrir la tienda. Entró una mañana a comprar unas barritas de incienso para su novia, “que le gustan mucho todas estas cosas”. Su desaliño no hacía desconfiar, su barba descuidada tampoco, su pelo revuelto o sin peinar menos porque le colgaba del brazo un viejo casco para la moto que seguramente acababa de aparcar. Lo dijo luego, además. Trabajaba de no sé qué, por temporadas breves, en el ayuntamiento, y venía desde no sé donde en la motillo de no sé quién. Bueno, era simpático y entretenía, y a lo mejor vendría un día con esa novia a la que tanto le gustaban aquellas cosas. Vino él, otro día, con no sé qué reclamo a cuenta de no sé qué asunto. Charlamos, me entretuvo, seguía sin afeitar. Que si le dejaba cinco euros, me dijo al final. Para la gasolina, que esa mañana se le había olvidado coger algo suelto. Me los devolvería, dijo. Y me los devolvió, pero no sé cuándo, ni cuánto, no conté aquel puñado de diminutas monedas que dejó sobre el mostrador. Con la misma camisa y el mismo pantalón, pero mojados, porque aquella mañana llovía bien, entró otro día en la tienda y con apremio y como con humilde necesidad, casi dando lástima, me pidió diez euros. Que ya no tenía la moto y tenía que ir en autobús, pero sólo unos días, hasta que le dejaran otra. Cómo no se los íba a dejar, así como estaba, empapado y triste, sin moto y a lo mejor ya también sin novia, si alguna vez la tuvo. No lo llegué a saber porque ni vino ni le he vuelto a ver más, desapareció para siempre y los diez euros desaparecieron con él, pero eso ya no importa, creo que en el fondo me gustaría verle aparecer, por verle aparecer, incluso estaría dispuesto a darle diez euros sólo por verle aparecer.

8 comentarios en “Siete

  1. Artesano banquero fabulador que cualquier día de estos se islamiza. Vas a tener material para escribir diarios o lo que te plazca.
    Si te sirve de consuelo piensa en el refrán que dice: Quien presta a un amigo, pierde el dinero y al amigo. En tu caso sólo pierdes el dinero. Un abrazo.

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    1. Gracias, Antonio, me has traído el refrán a la memoria, y haces bien en ser generoso cambiándolo, resulta más esperanzador. Acabo, por cierto, de leer tus tesis sobre el mal, que se acumulan y sedimentan como capas de conocimiento y análisis sin fin, tal vez como el mismo tema que tratas. Estimula mucho el enorme interés que, a tenor de los comentarios, suscitan, y te felicito por ello. Una abrazo, Antonio.

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  2. Un negro alto , delgado , con las gafas , siempre llevando un montón de distintos periódicos y leendolos sentado en el banco. Esta totalmente perdido y desorientado , se nota que no esta bien mentalmente . Lo veo así ambulando más de un año por nuestro bario. Hace una semana me pedió el dinero animado, alegre y con la esperanza me contó toda su vida diciendo que por fin le han curado de su profunda depresión. Creo que me sentí más feliz que el dandole diez euros. Hoy lo he visto otra vez leendo los pereódicos totalmente ausente y depresivo. ¡ Ojala! que vuelva a pedirme el dinero otra vez. …….ncluso estaría dispuesto a darle diez euros sólo por verle aparecer.

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