Cuatro

Maria Villa me llama para decirme que se va a Tierra Santa. Dice Tierra Santa aunque vaya a Israel porque Maria Villa es una mujer de devociones heredadas, respetuosa con las tradiciones, fiel a los santos principios. Ejerce, además, de viuda experimentada. Le gusta ver mundo, convocar a sus amigas en torno a un café y participar en torneos de brigde, ese juego de salón tan inglés en el que es una jugadora consumada. Maria Villa es una mujer de carácter resolutivo y firme que es al mismo tiempo el envoltorio transparente de sus intenciones rectas. Es aficionada a las novelas de grandes pasiones y discreta entusiasta de la música clásica. Por las mañanas escucha la radio en la cama. Lo sé porque su habitación, en la planta principal del chalé donde vive, coincide con la que durante los primeros meses del año ocupé yo en la planta superior. Me gustaba ese ronroneo ininteligible que llegaba desde abajo, al despertar. No era música, debían de ser las notícias, y yo me quedaba en la cama imaginando el despertar de la señora, que sería lento y quejumbroso primero, como el de alguna de esas viejas matronas que han dormido mal por el exceso de algún licor. Luego, espabilada por la presencia de la mucama, que entra cada mañana tocando suavemente la puerta, abriría sus ojos de búho y daría las primeras y enérgicas órdenes del día. Mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. La mucama existía pero no del modo en que yo quería imaginarla. Esa casa enorme, con tantas habitaciones, una viuda novelesca y una criada llegada de ultramar proponía una trama criminal, al estilo no de Agatha Christie, a quien apenas he leído, sino de Simenon, más negro, más compasivo y menos frío con sus personajes. Me ilusionaba imaginar a Maigret investigando el turbio caso de la muerte accidental de una viuda, una criada de la que se sospecha en primera instancia y una recua de inquilinos que ni vieron ni oyeron nada, todos asustados, hablando el mal francés de los bajos fondos de una París brumosa y húmeda. Lo cierto es que Mati, la asistenta, era ecuatoriana y se ocupaba de la limpieza de la casa, de las habitaciones de arriba, cinco, que María Villa alquilaba a precios más o menos discutibles, y de abajo, dominio exclusivo y personal de la patrona. La patrona. Probablemente, para Mati, el escenario y los personajes convocaban otros formatos de ficción más afines a sus intereses. Lo deducía yo por el rastro de su historial televisivo, el que registraba mi aparato durante sus turnos de limpieza, series y telenovelas que relataban amoríos y dramas al alcance de su fascinación. Además, como usaba esas formas de expresión respetuosa que heredan los pueblos colonizados, cuando me llamaba don Eladio me sentía superior e importante, uno de esos terratenientes de vastas y rancias herencias que sin duda aparecerían en sus melodramas televisivos. Me daban ganas de decir: mi bata, mis zapatillas, pon el agua a calentar. A lo que iba, que estoy aburrido de estar en X y quiero volver, por eso Maria Villa me llama, porque quiere confirmarlo antes de viajar a Tierra Santa.

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