Escrito a mano. Fábula y verdad.

En aluvión llegaban, no sólo a nuestro patio de vecinos, a otros muchos, a barrios y suburbios que acordonaban la gran ciudad por el sur desnudo y desnutrido, familias enteras que huían de la miseria rural. El éxodo y la carencia eran dos de las realidades colectivas de aquel tiempo. Las historias de cada grupo o de cada individuo se tejían con retales más o menos arrancados al mismo vestido generacional, la escasez y la represión moral y política. Renacer y sobrevivir eran palabras de afinidades semánticas. Y trabajar, la necesidad con la que alimentar el hambre de otras necesidades primarias. De modo que cuando, por fín, los asentamientos estuvieron más o menos completos y el flujo de rumores empezaba definitivamente a remitir, de entre todo ese barullo de invenciones y realidades que quería adquirir foma y cuerpo propios emergió, con respecto a la señora Lorenzo, una última verdad: tenía una hija, sí, pero no vivía en Francia, sino en Granada y que estuviera casada o no con un alférez que hizo la guerra en Rusia y obtuviera como consecuencia de ello míseras prebendas a las que su orgullo renunció, no era seguro. Se decía, decían, oíamos decir que no, que el marido ni era alférez ni batalló en Rusia. Fue soldado de algo, en el bando republicano primero y luego en el nacional, pero raso, y una herida de bala en el pecho casi le cuesta la vida. Para unos, cuando todavía defendía la República, en los primeros días del alzamiento. Para otros, en el bando nacional, que por eso fue nombrado alférez. Un hombre ya maduro, mayor, que se casa casi casi con una niña cuya madre, la señora Lorenzo, no puede tenerla en custodia vaya usted a saber por qué razones imaginables. Estas y otras parecidas fábulas sobre la señora Lorenzo o cualquier otro vecino no tenían la impugnación de los interesados. Corrían con autonomía por escaleras y rellanos y se dejaban hacer hasta que por sí solas se desinflaban, quizás porque el mero intento de corregirlas o censurarlas consolidaría su verdad o su realidad. Existían familias para quienes el pasado era un negro pozo de pobreza y abatimiento, y convenía sustraerse a él y al relato anónimo e intencionado que de él se diera. Subsistir, salir adelante, era la única consigna. Bajo el paraguas de esa consigna universal, para otras familias la tergiversación de su pasado era una conveniencia más oportuna que el conocimiento de la verdad. Si en la fábula había elementos punibles, o indeseables, se la dejaba correr. Si no los había, también, pero de modo indirecto se hacía llegar un consentimiento con el que era posible ocultar secretos mayores. En eso, la señora Lorenzo demostró tener un talento especial, una habilidad de agente doble, lo que hizo creer a algunos que tuvo compromisos de espionaje militar durante la guerra, al servicio simultáneo de los dos bandos. Una verdadera fábula.

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11 respuestas a “Escrito a mano. Fábula y verdad.

  1. “Las historias de cada grupo o de cada individuo se tejían con retales más o menos arrancados al mismo vestido generacional, la escasez y la represión moral y política. Renacer y sobrevivir eran palabras de afinidades semánticas. Y trabajar, la necesidad con la que alimentar el hambre de otras necesidades primarias.”

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    1. Gracias, Laacantha. La intriga persiste, sí, pero vendrán otras, que se añadirán y se mezclarán formando un todo, esperemos que lo más homogéneo. Y si no, pues heterogéneo, que tampoco pasa nada. Otro beso para tí.

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