Escrito a mano. Introducción a la señora Lorenzo.

La señora Lorenzo era viuda y amiga y confidente de los Medrano. De su pasado de mujer casada circulaban rumores difusos y poco confiables. Oímos decir que su marido murió muy joven, al acabar la guerra, y que la señora Lorenzo trabajó como gobernanta en haciendas administradas por antepasados de su marido y por su propio marido, de profesión contable. Se decía que su única hija, que, a la sazón, vivía en Francia, fue el fruto bastardo de una relación proscrita. El cruce de habladurías se alimentaba de versiones peor intencionadas y fundamentos menos sólidos. Según estas, la señora Lorenzo gobernó o fue patrona de casas poco nobles y muy transitadas y requeridas por sus servicios venéreos. De su matrimonio con Anibal Lorenzo, que fue apuntador de teatro y no contable, nació Silvia, la primera y única hija del matrimonio, quien, a la muerte de su padre, al acabar la guerra, los poderes nacionales dieron en custodia a una familia de fabricantes de queso franceses,  conniventes con la ocupación alemana. Fue entonces cuando la señora Lorenzo, apoyada económicamente por la jerarquía falangista, regentó una hospedería para señoritas complacientes. Otras voces, menos creíbles aún, alimentaban un romance con el anónimo redactor de los discursos del caudillo, falangista entonces de primera linea, que la sacó del burdel en el que ejercía no de gobernanta, sino de pupila. Como eran rumores aderezados en los patios y en los rellanos del vecindario, pronto, al cabo de una semana de su llegada, fueron sustituidos por otros, horneados con masas semejantes, que aludían a la vida y a la obra de vecinos que, en aquel invierno de frío y cansancio, iban tomando posesión de sus viviendas. Instalada en el tercero B, del pasado pecaminoso y novelesco de la señora Lorenzo ni se habló ni oímos nunca nada más. Era viuda, sobrepasaba visiblemente la edad madura y tenía una hija en Francia, esa era toda la verdad.

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13 respuestas a “Escrito a mano. Introducción a la señora Lorenzo.

  1. “Otras voces, menos creíbles aún, alimentaban un romance con el anónimo redactor de los discursos del caudillo, falangista entonces de primera linea, que la sacó del burdel en el que ejercía no de gobernanta, sino de pupila.”

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