Compasión

Fui a verle al hospital. Las enfermeras decían que era un hombre de carácter difícil. Querían decir que era un paciente insoportable, desagradecido. Todos los turnos lo confirmaban. Insultaba y escupia la comida a la cara de quien se la daba. Escupía, no tenía otra cosa que lanzar, escupitajos y dardos verbales, palabras soeces, obscenas, una agresividad combinada con silencios eléctricos, fortuitos, como si una luz se apagara súbitamente en su interior. Atarle no hacía falta atarle, no podía moverse, la hidrocefalia normotensiva le había paralizado el aparato psicomotor, le dolían las piernas, la espalda y los hombros con el simple roce de la sábana. La debilidad en la que se encontraba no permitía la aplicación de una terapia inmediata. Había que esperar. Mientras tanto, le suministraban calmantes y analgésicos para mitigar el dolor. Cuando este desaparecía, gruñía e increpaba al enfermo que tenía de vecino, o gritaba, simplemente, y era un grito, decían las enfermeras, con una fuerza que parecía venir de otro ser que habitaba dentro de él mientras el de él se consumía, un grito de resentimiento y de odio que resultaba estremecedor. En las dos semanas y media que llevaba ingresado no había recibido la visita de nadie, quien iba a venir. Los vecinos tardaron dos dìas en echarle de menos. Para ser más exactos: sus pasos en la escalera, los sonidos de la radio o la televisión tardaron dos días en ser echados de menos. Llamaron a los bomberos y accedieron al interior. Lo encontraron inconsciente, pero milagrosamente vivo, con la cabeza boca abajo sobre un charco ya seco de vómitos. Cuando llegué al hospital estaba medio dormido y respiraba con dificultad. Me reconoció, pero no tenía fuerzas para transmitírmelo con palabras, y de tenerlas, le hubiera resultado dificil encontrar las adecuadas. Aquella misma tarde, la tarde del rescate, una brigada del ayuntamiento limpió y desinfectó el apartamento. La suciedad se comía todos los rincones de la casa, los pies se pegaban al suelo, costaba respirar en medio de aquel olor fuerte y agrio que se había adherido como un parásito a las paredes y los muebles, a la alfombra raída, a las lámparas, al aire. A todo menos a él, que salía cada tarde, decían las vecinas, hecho un pitillo, envuelto en una nube de colonia infantil a pasear por el puerto. Pocos, de entre esos vecinos, le querían. Pocos no, ninguno. Como mucho, logró sin proponérselo un pacto de indiferencia con algún indiferente, que siempre los hay. Con el resto encontraba permanentes razones para discutir, insultar o amenazar. Le pegaron, más de una vez. Era un viejo insolente, irrespetuoso y mal hablado. Me quedé de pie, al lado de la cama, mientras sentía cómo su respiración fluía con esfuerzo ayudada por el oxigeno. Ni siquiera en ese estado de indefensa lasitud era posible hallar en su rostro un mínimo grado de bondad. Tenía la fama que tenía, ganada a pulso, hecha a base de martillazos y despropósitos desagradables. Por segunda vez me preguntó la enfermera si era su hermano y por segunda vez le mentí. Rellené un formulario, marqué positivamente unas casillas y lo firmé. Tuvo, tiene hijos, dos o tres, de tan desconocido paradero como su mujer, que también la tuvo, en un remoto pasado hecho trizas para siempre. No había nacido para trabajar, ni para ser padre, solo servía para tener mal humor, ganas de estar siempre en los bares, incubando desprecios y violencias con las que luego desbarataba la frágil paz del hogar. No sé si le dije que me alegraba de verlo, sin ironías. Con esfuerzo, desvió la mirada hacia el lado de esa voz que parecía venir de algún remoto recuerdo y alzó levemente la mano, buscando el calor de la compasión que no merecía. La cogí, con indiferencia, con la misma indiferencia con la que antes había rellenado el cuestionario y la mantuve un rato entre las mías, midiendo el tiempo. Entonces, abajo, en el campo de fútbol iluminado por el sol radiante ví cómo jugaban unos niños y apreté su mano. Al fin y al cabo, por qué si no estaba yo allí, el único testigo de quien alguna vez tuvo inocencia, en las antípodas de este frío y desolado territorio donde ya no queda nada por recuperar. Nada. El definitivo instante en que debió por fin comprender. Minutos después, su pulso dejó de latir.

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27 respuestas a “Compasión

  1. Puede que la compasión nazca al margen del merecimiento, como pasa con las emociones, que tienen leyes y racionalidad propias y no siempre se ajustan a las de uno. O puede que precisamente ese inmerecimiento sea la principal causa de compasión. Duro en cualquier caso. La narración impecable. Un abrazo fuerte.

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  2. Muy buen relato Eladio. Ha logrado engancharme desde el principio. Has elegido un tema que mucha gente dejaría de leer desde el principio porque entiende que la lectura tiene que ser para disfrutar. Yo creo que no. O no solamente para disfrutar. Te felicito. Un saludo.

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  3. Coincido en mucho con el comentario de Bosque Boabab: el relato escuece, llega al nervio… Y la narración es impecable como el trabajo de un buen cirujano: no sé si has utilizado un bolígrafo o un escalpelo.
    Un auténtico placer tu vuelta, Eladio, me alegra mucho el reencuentro. Abrazos

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  4. Que alegría tenerte de vuelta Eladio. Y en plena forma además. El otro día te dije que tus relatos exigen lo mejor de todos nosotros y este que ahora nos dejas, lo confirma. No es un texto amable, es un poco como esa lija del ocho que en ocasiones mentamos… Y, sin embargo, es literatura. Es decir, es tal y como nos gusta. Un relato directo al mentón. Bienvenido Eladio. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Álvaro. Te digo lo mismo, la alegría del reencuentro es mutua, y tus comentarios, como el de otros amigos a los que valoro y aprecio, contienen un reclamo de exigencia permanente, y eso es bueno para la literatura. Un abrazo grande.

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  5. Regresas con un relato estremecedor. La descripción de la casa y del enfermo es de un realismo que no deja escapatoria. No era un viejo tratable ni que inspirase simpatía (un espécimen no infrecuente). Y sin embargo, al final, extendió la mano para sentir el calor humano ¿Es esa la última verdad? Un abrazo.

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    1. Buena pregunta, Antonio. Como autor no quería que el personaje pidiera compasión, por incidir aún más en su “coherente” manera de ser, porque no la necesitaba, pero son, como bien sabes tú mejor que yo, los personajes los que finalmente toman las riendas de la narración. Y más sobre tu pregunta: quizás la última verdad tiene su raíz en un origen desconocido, donde ya no quedan testigos que lo acrediten. Pero a veces los hay. Gracias por tu comentario y un abrazo, Antonio.

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  6. Muy duro y doloroso el relato, iba viendo la situación y me sentía como un espectador que quisiera participar y darle compañía y consuelo, pero a la vez pensaba que el nunca tuvo empatía, por ese motivo me ha gustado el final, muy bien cerrado el relato. Al menos, así lo he visto y sentido.
    Un saludo.

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  7. “Escupía, no tenía otra cosa que lanzar, escupitajos y dardos verbales, palabras soeces, obscenas, una agresividad combinada con silencios eléctricos, fortuitos, como si una luz se apagara súbitamente en su interior.”

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