El piso 60

Desde el piso 60, el paisaje que HR y E contemplaban era un desierto blanco y helado. La nieve lo cubría todo. Ni siquiera era posible adivinar el estado de la hierba circundante. E aprovechó para relajarse y repasar sin ansiedades los resultados de aquel ascenso sin sentido. Subían, había que subir, subir, decía HR. Pues subirían. Mientras aquel paisaje blanco y cegador se mantuviera estable, irreferenciado, E subiría sin rechistar, se concedería una tregua y valoraría en positivo los logros obtenidos. El piso 60, qué barbaridad. HR, sin embargo, manifestaba una preocupación inédita, casi metafísica. Para no quebrantar el silencioso entusiasmo de su compañero, HR se calló. Subiría, era la consigna, pero le atemorizaba el enorme vacío aparecido bajo sus pies en el piso 57. El vacío, ese era el único miedo que HR sentía, un agujero tan hondo que tenía la sensación de subir sin cimientos. Era solo un vacío o era la nada? Por primera vez, la firmeza y la determinación de HR se tambaleaban. El ascenso le prometía lo absoluto, pero la nada aparecía bajo sus pies. No lo entendía.

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