Cuaderno de verano. Oscura pasión

Años después, no encuentro en ella ningún rasgo físico sugerente o aleccionador. Está más delgada, al filo de lo invisible, ha perdido su cuerpo el dominio de la velocidad. El tiempo parece haber aplicado sobre su dicha una fórmula inconveniente y confusa. Tenía entonces, cuando la conocí, una mirada entre dulce y dura que nunca pedía socorro -la de ahora tampoco-, y que despertaba, sin embargo, sentimientos compasivos. Esta, no. Ya no hay error en sus manos pulidas, blancas, incorporadas por fin a su elegancia fantasmal. Habla más deprisa, con menos orden, quizás porque ya no asimila el lenguaje a la inteligencia. Tiene aquelo que desea, qué importa lo demás. La belleza de antes no es la de ahora. Era aquella cristalina, multiplicada por el fervor constante del agua en su pelo. La de ahora es seca, pálida, impersonal. Parece una puta. Se viste como siempre, bien, pero con menos riesgos, no hay en su ropa ningún signo de atrevimiento informal. Bebe más, fuma más, rie lo mismo por menos. Es otra y es la misma, eso lo sé. Todo lo que me gustaba de ella ya no está, no queda casi nada de lo que fue. Casi nada, algo debe de quedar cuando aún la deseo… y ella conserva la persistente costumbre de decirme que no.

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