Cuaderno de verano. Siestas

Se cuentan, entre mis inclinaciones al caos, dejar en verano los libros sobre la cama como si tal cosa y dormir con ellos, bajo la misma sábana, o apartarlos con el pie o abandonarlos sobre mi hombro y rodearlos con el brazo, alzarlos con cuidado hasta mi rostro, que descansa de lado, y conversar con ellos de todo aquello que con belleza o sin ella encierran en su mundo. Y, también, dejar la ropa tal cual me quito, el pantalón, la camisa, una gorra tal vez, sobre el colchón, arrastrándola de aquí para allá, con los pies, mientras me devora un sueño de siesta interminable; o desplazarla, echarla abajo con impulsos ciegos y dejarla allí, por un tiempo, cerca del olvido, lejos de la luz. Con la pereza, también me pasa que dejo latas, vacías botellas de vino, vasos alimentados con ceniza, arrugadas servilletas de papel. A veces aparto algo, desplazo levemente el estorbo, o lo amontono todo en un rincón, lejos o cerca de algún libro, junto a la camisa o el pantalón, en un  extremo de la cama, y me tumbo a mis anchas mientras la tarde disuelve la monotonía del calor. Cuando me visita una mujer, dejo que traiga ella también sus libros, que los extienda, abiertos o cerrados, junto a los míos, que los amontone a su manera, sobre la almohada o debajo o en medio de la cama, que se mezclen y se lean entre sí, y que haga con la ropa que lenta o rápidamente se quita, según, un gurruño de nudos y lazos que aprisionen a la mía, que se fusionen y vivan al margen de nosotros su abrazo, que ardan y se consuman, más allá de las modas; y si, después, bebemos algo, que sus descuidos y los míos se apilen en desordenada confusión al pie de la cama deshecha, que los vasos o las copas, marcados con la huella de los labios saciados, disipen su ebriedad entre los pliegues de una sábana ya rota, que los licores se pierdan o se encuentren y se mezclen luego entre nuestros muslos abrazados. Pero este verano no, este verano viene a verme una mujer a la que no le gusta beber en la cama, es muy ordenada con la ropa y aborrece la lectura. Así es el amor, siempre marca un principio, siempre impone un final, siempre exige un cambio.

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