Cuaderno de verano. La foto

No soy amante de las fotografías pero conservo una que le mandé a mi madre, ya anciana, para satisfacer un deseo que la realidad no le concedería jamás. En ella aparece una joven vestida de novia, de oscuro perfil aindiado, moderamente hermosa. Eleva sus ojos tiernos y tristes a un individuo sonriente, repeinado para la ocasión, que recibe su mirada con agradecida magnanimidad. Soy yo. La mujer, ajado el rostro por horas de llanto, vendía su no estrenado vestido de novia en el rastro aquél. Le ofrecí tantos euros por él y añadí a la oferta una suma no menor para compensar la condición del trato. De ese modo pude inmortalizar el momento irrepetible con el que mi madre alcanzaría el sueño de verme dichosamente casado. Mis pocos ahorros se los llevó el coste de esa operación y el alquiler, caro, de mi traje también imposible, pero poco importa el dinero cuando está en juego la felicidad de una madre. Recuerdo que la mujer hablaba poco, con suave acento andino, y que mantuvo durante la sesión de fotos una impasible y humilde reserva. Le entregué al terminar el dinero del acuerdo y la promesa, que cumplí, de regalarle una copia. De aquello hace ahora más o menos un año, y hoy he vuelto a ver a esa mujer, que se ha presentado ante mí llamando a la puerta de mi casa con un niño en brazos. Nos hemos hecho una foto, los tres, y me ha confesado que, después de tantos años lejos de su tierra, la foto le haría ilusión a su madre.

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