crónica de un sueño

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Blog herméticamente recto.artesanía en papel   Despacho de nuestro corresponsal en Lisboa

Algunas galerías comerciales navegan por Lisboa como barcos, igual que un barco navega en alta mar envuelto o disuelto entre jirones de niebla, encantado, habitado sólo por fantasmas atrincherados en sus sentinas. En algunas de esas galerías entro a veces por el gusto de entrar, por curiosidad, para deambular como un fantasma más entre pasillos flanqueados de locales la mayoría de ellos vacíos y abandonados. Pero son los locales que aún mantienen su actividad los que generan en el visitante una sensación de tristeza y desolación irreprimibles. Entro otras veces por necesidad, porque me han llevado hasta ellas pesquisas relacionadas con la compra de algún objeto prescindible que allí estaba seguro de no encontrar, o por obligación, por deber, por el compromiso de cumplir con la palabra dada en un sueño. En aquella galería comercial de Almirante Reis entré por eso, por la palabra dada en un sueño. Una mujer cuyo número de teléfono había encontrado en la página de contactos de un periódico, me citó allí a las diez. Prometí ir. Desde fuera, es un edificio de cristales oscuros que no dice ni que sí ni que no. Dentro, al final de un tramo ancho de escalones resbaladizos, hay una garita circular con un conserje en su interior. Toda la información acerca de lo que el usuario no va a encontrar en ninguno de los cuatro pisos que tiene la galería, es competencia de este conserje. Cuando le dije que mi visita allí se debía al cumplimiento de un compromiso ineludible, sacó una libreta de gastadas tapas con anotaciones y la consultó brevemente. Sin levantar la mirada, con la mano derecha me señaló un pasillo al final del cual había un ascensor. Llegué hasta él, se abrieron las puertas y entré. Extrañado, apreté el único botón que había en el cuadro de mandos y el artilugio, tras una sacudida brusca inició un descenso lento. Durante el trayecto a lo largo de cuatro o cinco plantas, a través de sus puertas acristaladas vi mujeres que se peinaban o maquillaban frente a un espejo, de espaldas a mí, desnudas o semidesnudas; o cómodamente sentadas en un alto sillón de orejas, vestidas con una larga bata de seda ligeramente abierta a la altura de sus pechos, que fumaban o leían o se depilaban las cejas. Mujeres altas y hermosas, rubias o morenas que enjabonaban sus brazos lánguidamente sumergidas en una bañera, o entregadas con mecánica indolencia a un bostezo sensual e inútil. Supuse que al menos una de entre todas ellas sería la mujer con la cual me había citado e intenté, sin lograrlo, detener desesperadamente el ascensor apretando una y otra vez el único botón del cuadro de mandos. Antes de que el ascensor acelerara su caída y se perdiera en una travesía larga y negra como un túnel, vi cómo una mujer de largos cabellos negros, arrimando su rostro a la última puerta acristalada, movía una mano de izquierda a derecha, como queriendo con ese gesto indicar que era ella la mujer con la que había hablado por teléfono o, en realidad, simplemente, como queriendo indicar con ese gesto que me estaba diciendo adiós. Al final, el aparato se detuvo y sus puertas volvieron a abrirse. Salí a una sala pequeña, iluminada por la luz de una lámpara encendida sobre un mueble arrimado a una pared. Había también un sofá, dos sillones y, en el centro, una mesita baja con revistas de alpinismo y catálogos de ferreterías. De una de las paredes colgaba un gran calendario atrasado con la imagen de un camión y a la derecha una puerta que se abrió minutos después de haberme sentado yo, nervioso, en un brazo del sofá. Me sorprendió ver que el hombre que salía por esa puerta era Joaquín, un amigo al que no veía hacía tiempo y al que, tras los primeros segundos de sorpresa, saludé efusivamente. El, sin embargo, parecía estar esperándome. Con el entusiasmo que otras veces le he visto poner en la explicación de cosas que son de su interés o provecho, se entregó de inmediato a relatarme los pormenores de la actividad que yo habría de desarrollar y agradeció el cumplimiento de la palabra dada. Por la misma puerta por la que él había salido me llevó hasta el centro de un almacén oscuro repleto de infinitas estanterías atornilladas y me entregó una llave inglesa. Luego arrastró una caja de madera que contenía tornillos y la colocó frente a mí. Le dije que estaría sólo un rato, hasta que me llamaran para encontrarme con la mujer. El me dijo que trabajara sin prisa, tranquilo, sin apuros, que había tiempo de sobra. Salió y cerró la puerta. Con llave.

Reproducción a escala natural de primitivos archivadores del blog. Pueden pedirse por correo a eladiore@yahoo.es al precio de 1500 ptas. Los originales se conservan en el MUSEO HERMÉTICAMENTE RECTO de la capital lusa.

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