llámalo(RL4)

Sesimbra Fevereiro de 20130409Continué. Le conté al pakistaní lo que mi amigo me había contado a mí, que a partir de ese día estableció con ese hombre una amistad sólida y duradera. Sergio era un hombre de corpachón redondeado, barba enmarañada y sonrisa preliminar. Hablaba apenas sin mover los labios, con ademanes torpes y lentos, a veces daba la sensación de estar hablando no él sino alguien dentro de él que hilvanaba un discurso precipitado y confuso, un ventrílocuo sin preparación técnica, un aficionado, un mangui. La expresión de sus ojos, sin embargo, era tierna y transparente, no del todo en ese instante de vino y desconsuelo en el que la sensibilidad afloraba envuelta en una turbia película de lágrimas, en ese instante no, pero se adivinaba, se preveía. Empezó a contarle su historia en un tono desmayado, con pausas que dilataban la narración innecesariamente. A mi amigo no le importó, está acostumbrado a escuchar, sabe cuándo un silencio es saludable e higiénico y cuando no, conoce esa clase de silencio hueco que oculta verdades hueras y el silencio sintético, el blindaje dogmático e impenetrable al que se aferran los que tienen poco o nada que decir, un silencio inútil, estéril, absolutamente desaconsejable. El de Sergio era un silencio virtuoso y complacido, abierto, una solución impresa al pie en una página de acertijos. En esos intervalos, Sergio se servía vino, se enjugaba los ojos, lanzaba una mirada vacía al techo o se atusaba la barba, donde siempre encontraba algún resto de comida camuflado en ella. Callaba, sí, pero decía cosas. Finalmente, adquirió un ritmo de lánguida letanía y desarrolló la historia de un tirón, con ese sonsonete mecánico que le hacía parecer un autómata controlado a distancia: “Hace unas semanas conocí a una mujer, una mujer muy hermosa nueva en la ciudad, yo al menos no la tenía vista, esta ciudad es muy pequeña, nos conocemos casi todos, es difícil encontrarse con alguien y no reconocerlo, no asignarle un barrio una tienda o una cervecería, era nueva, acababa de llegar de París y estaba de paso, sola, visitando nuestra ciudad por unos días, conociendo sus gentes y sus costumbres de primera mano porque odiaba los viajes rápidos y organizados, le repelían, era guapa y sabía decir las cosas con gracia, tenía salero, pensé al verla que era una mujer seria de la que podría enamorarme sin faltarle al respeto, eso ante todo, luego ví que además era graciosa y sabía contar chistes inéditos en una ciudad pequeña como la nuestra, donde las novedades llegan cuando llegan con cuentagotas y la prensa casi no existe y la televisión se apaga y los terremotos inmovilizan, se lo digo con toda franqueza, me enamoré de ella así sin más, la ví allí, sentada en la taberna del puerto, con su paraguas chino medio roto, sus horquillas en el pelo y su rebeca de plástico verde sobre las rodillas y me pareció una venus moderna que me hechizó a mí yo un hombre de solvente indiferencia y frialdad en las cosas del amor me enamoró, solo con verla, que no es lo peor, porque luego te acercas más y la conoces de cerca y aún es peor conocerla de cerca, te sale sin querer una pregunta que nunca has hecho y ves unos ojos que te atrapan como un abismo irremediable y sientes vergüüüüeenza pero no te importa, ya lo que pase ya no depende de tí y ella saca un mapa y me pregunta donde está el lavadero antiguo y el viejo molino y el acueducto romano y yo siento un privilegio raro y sorprendente porque yo, mire usted por donde, yo soy el vigilante del viejo molino y encargado municipal en el lavadero y gestiono desde el patronato el mantenimiento del acueducto, trabajos modestos mal pagados que dicen mucho de mi amor por esta ciudad olvidada de todos, claro, le digo a ella, esos lugares están aquí y aquí y aquí le digo a ella señalando tres puntos en el mapa, yo puedo enseñárselos si usted quiere si quiere que se los enseñe, le dije, y ella dijo que vale, sí, quiero, pero con una condición”.

Continuará (si Sergio acepta la condición)

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