las libretas son para escribir (RL2)

La cosa iba en serio, no quería perder esa oportunidad. La habitación era la habitación de mis sueños, lo tenía todo, la luz, las vistas, la cítara, un instrumento que desde niño deseé aprender a tocar. Todo. Tenía que contestar que sí, con rapidez y firmeza, evitar cualquier señal de duda contenida en una respuesta ambigua. Me parecía un signo más de incertidumbre preguntar por la clase de proyecto que me proponía. No era conveniente. Era necesario evitar a toda costa cualquier amago de vacilación. Además, podría proponérselo a otros, descartar mi opción, destruir en un instante la ilusión recién nacida. La posibilidad de esa pérdida me produjo un temor absurdo e infantil. Ahora o nunca. Reprimí a tiempo el leve carraspeo de los titubeantes y le dije que sí, claro que sí, le dije, naturalmente que sí, me disgustaría mucho que una negativa mía hiciera posible el fracaso de su proyecto, puede usted contar conmigo, no quiero que me suceda a mí lo que le sucedió a un amigo mío. Me salió sin querer, la última frase me salió sin querer, consecuencia inevitable de quien está poco acostumbrado a la confianza de los demás. Pero ya estaba dicha. Creí, por un instante, que mi dulce y brevísima estancia en la habitación de mis sueños había llegado a su fin. El pakistaní me miró como se mira a quien por torpeza ha dejado escapar lo mejor que la vida le podía dar. Con conmiseración, con tristeza, con amarga decepción. Hice un último esfuerzo por corregirme, balbuceé unas palabras ininteligibles, casi me pongo a llorar. Y qué le pasó a su amigo?, oí que me decía, en un tono de imprevisible curiosidad. Me sentí renacer. Qué poco sabía yo y que mal interpretaba los mecanismos de la psicología indoeuropea. Adelante, me dije, adelante, no vuelvas a cometer el mismo error. De modo que empecé a contarle la historia:”Un amigo mío, uno de los mejores que tengo, viajó con poco dinero a una ciudad del Sur, una ciudad sin calles asfaltadas, sensible a los terremotos, permanentemente ahogada en su propia luz y no muy grande, abierta a un pequeño mar sin ambiciones. El carácter de sus gentes le era grato, sus modestas viviendas acogedoras, su puerto pesquero un rincón de calma y tranquilidad. Se quedó. Escaso de recursos como estaba, se acostumbró a comer en grandes establecimientos de comida a granel, un tipo de locales endémicos de esa zona en los que por precios más que módicos cubría su necesidad básica de alimentación. Las salas eran grandes, atestadas de mesas alineadas de un extremo a otro, siempre llenas y ruidosas por necesidad. Inconvenientes superables, nada que no se pudiera asumir con el bolsillo vacío.Mi amigo, persona buena pero poco inclinada al trato social, por lo general comía solo, depositaba su bandeja en un hueco libre de la mesa y callaba y comía sin más. Casi cada día, y a pocos metros de él, se sentaban, frente a frente,un hombre y una mujer de edades inalcanzables con feos síntomas de enamoramiento. Comían mal, bien pero a disgusto, con los dedos de las manos entrelazados sobre la mesa llena de migas, mirándole ella con ojos de muñeca hinchable y él con ojos de muñeco hinchado, o viceversa. Disfrutando, en suma,de una tardía y transitoria felicidad terrenal. Con algo de envidia, mi amigo miraba esa botella de vino compartida entre humanos y se sentía tiernamente ridículo. Amaba a la gente, claro que sí, y la respetaba, naturalmente que también, pero abusaba y de negativa manera del sarcasmo. No es perdonable, pero no lo podía evitar. Hasta que un día…

Continuará (cuando llegue el día)

Libreta de autor. Medidas 9.5cm×7.5cm. Edición original. Precio de salida 1€

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